Confío en que Pedro Zerolo no lea este post. Confío en que alguien le haya filtrado bien el ordenador y no reciba ni uno solo de los textos que le mencionan estos días. Incluso los de quienes, como yo, vamos a arroparle y a enfrentarnos a los hijos de puta que le desean la muerte. Ojalá pase estos días en una burbuja bien sellada en la que sólo quepa el amor de los suyos y no entren los gases tóxicos que expelen los malnacidos que braman en el mundo. Por eso, aunque escribo desde la solidaridad, espero que nunca le lleguen estas palabras y no tenga que reflexionar sobre nada de lo que yo digo aquí.

Ya saben de qué va la cosa. Pedro Zerolo, concejal socialista del ayuntamiento de Madrid y una de las cabezas más rizadas y visibles del movimiento gay en España, ha anunciado que le han diagnosticado un cáncer. Entre las reacciones a la noticia, han resonado, como eructos en un baile de gala, las excreciones miserables de un portal de extrema derecha y catolicón que no pienso enlazar ni citar, pero que pueden encontrar ustedes fácilmente por Google si tienen interés. En él, se alegran por el cáncer de Zerolo, a quien consideran algo más que un enemigo político, y lo presentan como el justo castigo a su depravación moral.

Atentos a lo que dijo un cura: «El pecado tiene su sanción, su castigo, entonces no me extrañaría nada que eso fuera un efecto de la divina providencia». El individuo se llama Jesús Calvo, se le conoce como el cura de Falange y es famoso por su bocaza fascista llena de invocaciones al odio que, por otra parte, no parecen incomodar a la jerarquía de la iglesia católica, pues no me consta que haya sido amonestado en modo alguno por la organización a la que pertenece. Debemos deducir, por tanto, que esa organización está satisfecha con el hecho de que personajes así la representen y hablen en su nombre.

Esto es una burrada propia de un hijo de puta malnacido. No merece más comentario que el desprecio hacia su persona y hacia la organización que ampara tales comportamientos. Pero, más allá de la burricie, es cierto que este concepto de la enfermedad como castigo por el pecado está mucho más enraizado en la sociedad occidental de lo que parece. La salvajada de este cura nazi es la manifestación de una creencia profunda y compartida por millones de personas, que se expresa de muchas y muy sutiles formas.

Confieso que es un tema que me obsesiona, como le obsesionó a Susan Sontag en ese ensayo breve pero iluminador titulado La enfermedad y sus metáforas. De la misma forma que la enfermedad es una de las obsesiones más recurrentes de los discursos públicos y de las narrativas íntimas.

La enfermedad se plantea en términos de pecado en los anuncios de productos contra el colesterol, por ejemplo. La enfermedad aparece como castigo por el placer y los excesos. Quien lleva una vida sana y virtuosa, se libra de las penitencias de la hipertensión y la diabetes, y quien vive deprisa, muere joven. One apple a day keeps the doctor away, dice el proverbio anglosajón. Hay millones de personas convencidas de que las verduras, la abstinencia y dormir ocho horas les librarán de la enfermedad.

Muchos van más allá. Sin llegar a los delirantes planteamientos de la llamada medicina holística, hay muchas personas convencida de que ser virtuosas en lo moral les va a garantizar la salud e, incluso, la felicidad. No son necesariamente religiosos, no hace falta que elaboren una sofisticada doctrina teológica del pecado y la virtud. Les bastan cuatro confusas simplezas sobre el concepto de karma. Haz el bien y recibirás el bien. Haz el mal y recibirás cosas malas. El refranero español lo expresa con mucha más vehemencia poética: quien siembra vientos, cosecha tempestades. Pero ya saben ustedes lo que pienso de los refranes.

Aunque se basen en ciertas premisas científicas (la principal de todas es que los venenos matan, y que, quien se envenena, enferma y muere), son asertos que pertenecen al campo de las creencias y, por tanto, a lo irracional. Es una moralización de la enfermedad cuyo desarrollo lógico lleva a plantear que el enfermo merece la enfermedad. Por eso, cuando la enfermedad se aloja en alguien puro, que no se ha trabajado su caminito al infierno, los afectados y todo su entorno alzan los brazos al cielo, cuales Cristos en el huerto, preguntándose: ¿por qué a mí? ¿Cómo es posible, si lo he hecho todo bien, si me he comido las cinco piezas de fruta diarias, si he subido por las escaleras, si no fumo y me acuesto a las diez? Si ni siquiera veo la tele y leo todos los libros que recomienda el programa de la 2. ¿Por qué la enfermedad me castiga a mí y pasa de largo de Fulano, que siempre está borracho, se acuesta a las mil y no come más que chorizo?

Pienso que aspirar a una vida limpia y sin manchas es renunciar a la vida, negar su condición de suciedad. Me parece un planteamiento que, desde la ingenuidad, puede acabar en algo nazi. Yo no quiero puros a mi lado. Yo no quiero virtuosos. El Tercer Reich estaba hecho de virtuosos. Líbrenos la mugre de los higienistas y de los obsesionados por el orden.

Pero esto es ya una cuestión personal, una deriva argumental del tronco principal de mi discurso que no cabe aquí.

De la misma forma que se da una moralización de la sociedad, se produce una “enfermización” (sic) de la moral. La enfermedad se usa como metáfora para todo lo que no gusta. Se proyecta sobre la sociedad y sus instituciones. La corrupción se presenta como una “enfermedad”, y las medidas contra ellas, como “tratamientos”. Un policía se percibe como un cirujano social que saja las partes gangrenadas de la ciudad. Un periodista, como un sagaz médico que diagnostica las enfermedades del mundo.

La enfermedad, en ambos sentidos de la metáfora (como castigo moral y como proyección y simplificación de los problemas sociales) es peligrosa, porque genera unas creencias que ofuscan cualquier debate y sirven de tribuna y parapeto de francotirador a quienes aspiran a un mundo limpio y puro, sin todas esas cosas que lo afean y lo corrompen.

Por eso, antes de asquearnos por las palabras del cura falangista, deberíamos entender que provienen de los mismos prejuicios y creencias que inspiran las campañas contra el colesterol malo. Si les parece mezquino y repugnante que alguien argumente que Zerolo “se merece” su cáncer, piensen que no es menos mezquino o repugnante argumentar lo mismo con un diabético que ha sucumbido a los encantos de un pastel o que un hipertenso amante de los espressos italianos cortitos y deliciosos.

Empiecen condenando el placer ajeno y acabarán poniéndonos el cilicio a todos.

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