Hubo una época ingenua y esnob en que me enorgullecía de mis descubrimientos. Eran años de tiendas de discos y librerías, antes de internet, cuando navegar y bucear eran unas metáforas muy descriptivas para lo que hacían nuestros dedos entre el polvo de los anaqueles (hoy me cuesta relacionarlas con el teclado y el ratón). Hace tiempo que no me vanaglorio de descubrir nada. La vergüenza ha sustituido al orgullo. Ahora, cuando descubro a un autor desconocido por casi todos a mi alrededor, pido disculpas por mi ignorancia. Porque, al margen de lo escondidas o secretas que puedan ser algunas literaturas y algunos autores, el deber de un buen lector es conocerlas. No hace falta haberlas leído. Hay que asumir en algún momento que sólo vas a leer una ínfima parte de la literatura, que tus lecturas, por mucho que te dejes los conos y los bastones en ellas, van a ser limitadísimas, y que ni siquiera vas a conocer como merece tu propia tradición, esa de la que brota tu propia literatura como escritor. No hay que pedir perdón por no haberlos leído, pero sí por no saber situarlos en un mapa ni reconocer su existencia.

Así me sentí con toda una literatura, la venezolana, que había permanecido fuera de todos mis radares. ¿Qué sabía yo de escritores venezolanos antes de viajar a Venezuela? Nada. Sabía que daban un premio muy importante, el Rómulo Gallegos, que habían ganado escritores a los que admiro. Sabía que Andrés Bello, el preceptor de Bolívar, fue uno de los más eminentes filólogos que ha dado el idioma español. Y poco más. No se me ocurrían nombres de la Venezuela actual. Me sonaba el poeta Rafael Cadenas, al que no había leído, y algunos nombres más de los que ni siquiera sabía si pertenecían a autores vivos o muertos, a poetas o a narradores. Venezuela era un enorme agujero negro.

Fui consciente de ello al repasar otros países latinoamericanos y descubrir que de casi todos podía citar media docena de autores contemporáneos que había leído. Colombia, tan vecina, tan pegadita a Venezuela, es el país de muchos escritores bien conocidos y ordenaditos en mi biblioteca. De México he leído incluso a promesas muy jóvenes, como Saldaña París. Chile y Argentina son territorios literarios más familiares que mi propio sofá. De Perú, más allá de la supernova cegadora de Vargas Llosa, reconocía una tradición poética emanada de los versos (para mí, iniciáticos) de César Vallejo. Quizá Uruguay permanezca un poco en sombra, pero he leído bien a Onetti y eso me tendría que valer un aprobado, al menos. Incluso de Cuba conozco la obra de contemporáneos como Wendy Guerra, y hasta de sitios tan raros y al margen del universo literario, como la República Dominicana, me había llegado algún eco.

Quizá Ecuador sea una laguna comparable a la de Venezuela. Creo que no he leído nunca a un escritor ecuatoriano. Aunque creo que tengo una amiga que es escritora ecuatoriana, pero aún no he leído sus libros. Agradezco recomendaciones.

Venezuela, que no es una islita rodeada de tiburones en el Caribe, que no es un pequeño país que se pueda obviar en la esquinita de un mapa, estaba en blanco. No es una Guayana ni una ciudad-estado encajada en las montañas. Venezuela ocupa casi todo el norte de Sudamérica. Treinta millones de habitantes en una extensión de terreno que duplica la de España. ¿Cómo era posible tan grande desconocimiento? ¿Cómo podía haberme pasado tan desapercibido?

Puedo aventurar varias razones exculpatorias: un gobierno aislacionista, una industria editorial que no exporta a España los libros de los venezolanos, un panorama literario latinoamericano chovinista y centrado en cada país donde las alabanzas a la lengua común son cantos al sol que nadie cree, etcétera. Estas justificaciones quizá les puedan funcionar a ustedes, pero cuesta tomarlas por irremediables en un mundo hiperconectado donde es tan fácil conseguir información y comprar libros en cualquier país y en cualquier idioma desde un ordenador, incluso mientras se lee este post. Además, yo tengo lazos familiares muy cercanos con Venezuela. Y, de la misma forma que no he sabido justificar por qué no he viajado antes a un país que me ha intrigado desde pequeño y que forma parte de las mitologías familiares con las que he crecido, no encuentro explicación para un desconocimiento tan enorme de su literatura.

Sólo puedo disculparme y remediarlo cuanto antes. Porque, verán: en cuanto he empezado a leer un poquito, guiado por los nombres que buenos amigos me han dado, he descubierto una literatura rica y ambiciosa. Algunos de los mejores poetas que ha dado el idioma español en las últimas décadas son venezolanos. Vibra en el país una literatura inquieta, mutante, obsesionada con pasados recientes y futuros temibles, llena de voces atractivas que gritan en claves y octavas inimaginables para un lector acostumbrado a la música peninsular. Salvada la vergüenza inicial, con la nariz ya metida en los libros, me pregunto por qué unos países obtienen un reconocimiento universal y otros, con méritos parecidos, se mueven por debajo de los radares de los lectores que presumen de refinamiento y que aspiran a conocer la literatura actual.

No tengo respuestas a esas preguntas, pero sí puedo compartir con ustedes mi recién descubierta pasión por Venezuela, que debo, fundamentalmente, a dos editores del Penedés, Olga y Paco, yin y yang de la editorial Candaya, el sello que se ha atrevido a abrir una ventana en Europa a la fascinante y frondosa literatura venezolana. Son sus manos las que me señalan los puntos en el mapa que he de visitar primero, los nombres que no he de perderme, los puntos de referencia que debo memorizar.

En el siguiente post les hablaré de un narrador que me avergüenza haber descubierto tan tarde, pero que he tenido el privilegio de tratar, presentando uno de sus libros y compartiendo mantel y cervezas. Un autor que, si no son tan idiotas como yo, no se perderán: Ednodio Quintero. Hablaré de él en la siguiente pieza.

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