En el primer bosquejo (llamarlo retrato sería desmesurado) de la figura de Ednodio Quintero que hice aquí utilicé el adjetivo consonántico, que nadie entendió, incluido el propio escritor al que calificaba. Tenía que ver (creo, pues soy el menos indicado para dar razón de mi propia retórica) con la inicial de su apellido, esa Q que es una consonante fantasmal o un noble venido a menos. La Q, en castellano y en otras lenguas romances, es la grafía para el fonema /k/. De las tres posibilidades de representación de ese fonema, la Q es la más alejada de su naturaleza. El fonema /k/ es oclusivo velar sordo. Es decir, es un sonido primario y seco, una de las formas menos refinadas y más esenciales de la lengua. Se emite desde el fondo de la boca, como si saliera de lo más hondo de la caverna. Escribirlo con una k es sensato y plebeyo. La k, tan nórdica, tan de fríos bárbaros, tan de pelos largos burgundios, es la grafía perfecta para ese sonido antiguo y salvaje. La c, qué duda cabe, es una muestra de civilización, un intento de domesticar el fonema para que se integre sin violencia en las conversaciones de la gente culta y educada. Pero la q es otra historia. La q es una consonante rara, que no sabe estar sola, que necesita siempre la compañía de una vocal, como los nobles necesitan un mayordomo. La q no sirve para domesticar, sino para distinguir. Con la q no se conversa. Con la q se firman leyes y se pintan capitulares miniadas. La q es una grafía literaria: inútil y reemplazable por alternativas más sensatas, como la k y la c, pero esencial. Por eso es la primera letra del teclado qwerty, porque nació para formar códigos indescifrables que sólo pueden componerse a máquina por hijos segundones de nobles de Yorkshire enrolados como voluntarios en la RAF. Como un buen poema, la q es prescindible y corre el riesgo de ser eliminada por engorrosa y fatua. Pero los buenos poemas son, para quien los lee y los ama, razones de vida.

Ednodio Quintero (su presencia, su figura) aparece en los salones como la Q de su apellido. Llama la atención, destaca con su forma de no destacar, sus maneras finas, su cuerpo frágil, su sombrero de dandi montañés (o su gorra de jugador despistado de béisbol, o su pelo semicano y abundante), su sonrisa blanca y su voz suave, siempre necesitada de vocales cerradas para no desfallecer en la segunda frase. Hice mal en escribir consonántico. Quise decir qonsonántico.

Ednodio-Quintero-1

Me impresionó mucho la figura frágil y a la vez traviesa de Ednodio Quintero. Tenía el ingenio de los duendes y la tristeza lejana de los dandis. Cuando lo leí, descubrí que su literatura era como él, tan Q, tan necesitada de vocales cerradas, tan prescindible como fundamental.

Quienes defienden la literatura como fingimiento y artificio no sufren decepciones cuando conocen a un escritor y se dan cuenta de que su persona no tiene nada que ver con su literatura. De hecho, esperan que así sea, para confirmar su prejuicio sobre la ficción. En cambio, quienes creemos que la literatura es una expresión íntima de la persona que la crea nos alegramos mucho cuando reconocemos, en la voz física de un escritor, los sonidos consonánticos, oclusivos, velares y sordos que escuchamos en su voz literaria.

Christophe Donner, en su breve ensayo Contra la imaginación, refiere una anécdota de unos libreros de París que invitaron a Le Clézio a presentar un libro. Le Clézio fue antipático con ellos y distante con el público. Su trato fue desagradable, tímido y altivo, y los libreros se quejaban a Donner de lo mal que se había portado el que aún no era premio Nobel. Donner les replicó que qué esperaban. ¿No habéis leído sus libros? ¿Por qué esperáis que el autor de una prosa antipática y altiva no sea antipático y altivo? Hemos llegado a tal punto de impostura, efectismo y teatralidad (escribía Donner y yo cito de memoria), que los lectores ya no conciben que un escritor pueda ser como los libros que escribe.

Con Ednodio me sucedió algo raro que no suele pasar. Primero traté a la persona y luego lo leí, pero creo que se puede aplicar la propiedad conmutativa. Si hubiera leído primero sus libros y le hubiera conocido después, me habría llevado una impresión idéntica. Y eso, en mi simplista e ingenua forma de apreciar y vivir la literatura, es un signo de grandeza artística. Fingir, al fin y al cabo, es una cuestión de técnica. Es algo que se puede aprender con esfuerzo, no tiene que ver tanto con el talento como con la disciplina y el trabajo. Todos mentimos de vez en cuando y casi siempre nos sale bien. Pero ser sincero y transmitir una sensación de verdad es algo mucho más meritorio. Algo que, para mí, tiene mucho más que ver con la literatura.

ceremonias

En Zaragoza, tuve el privilegio de presentar Ceremonias, el volumen que recoge los primeros relatos de Ednodio. Es, sin embargo, el segundo que se publicaba. Sus editores en España, Candaya, decidieron sacar primero sus cuentos más recientes, en un volumen titulado Combates. Hicieron bien. A quien quiera conocer la obra cuentística de Quintero, yo le recomendaría empezar por Combates, donde la voz suena fuerte y definitiva. Hay en ese libro un escritor original que sabe dirigir sus obsesiones, que ha aprendido a encauzar el agua torrencial que le cae por los ojos y que muestra un mundo que ya conoce, después de explorarlo a tientas durante años. Una vez asimilado el extraño y a ratos desconcertante mundo fantástico de Ednodio, el lector puede adentrarse en Ceremonias y descubrir de dónde viene todo. Leer Ceremonias es asistir al nacimiento y crecimiento de un escritor.

combates

A Ednodio le gusta difundir equívocos sobre su biografía. El mejor, que es japonés, que sus rasgos indígenas del interior de Venezuela son en realidad atributos samurais. Él vivió en Japón, claro, y los mitos y extrañezas de aquel país se han trasladado a muchos de sus cuentos. Pero la cosmogonía de Ceremonias procede de los Andes, de su tierra natal, en Trujillo. Unas montañas altas pero no alpinas, como aclara él. Sin fronda ni verde: una desolación parda, tirando a desértica, que en su literatura parece selva.

El influjo de Cortázar es muy claro en los primeros cuentos, pero se diluye conforme Ednodio crece como narrador y su voz se va haciendo más suya y menos imitativa. No voy a escribir un análisis de sus cuentos, no voy a repetir lo que ya apunté en la presentación porque mi intención es, simplemente, invitar a su lectura, pero les diré que hay dos relatos en Ceremonias que me parecieron magistrales, a la altura de la mejor cuentística en castellano. Cuentos que, si hubieran firmado Cortázar o Rulfo, figurarían en todas las antologías. Se titulan Volveré con mis perros y Cabeza de vaca.

En el primero creo que cristaliza la potencia narrativa de Ednodio. Técnicamente irreprochable, uno de esos mecanismos de relojería que parecen funcionar solos. Uno de esos cuentos que podría ahogarse en efectismo y devenir un artificio vacuo si no fuera por su hondura sentimental. Toda la parafernalia formal, incluida la terrible frase final del penúltimo párrafo, que da título al texto («Volveré con mis perros, viejo maricón»), está al servicio de la desolación y el espanto del protagonista, cuyo miedo comparte el lector.

El segundo, Cabeza de cabra, que cierra la colección, un viaje alucinado y criminal por una ciudad hostil y lluviosa cuya geografía se enmaraña en la misma trama del cuento.

Son dos piezas sobresalientes, pero no aisladas. Quintero es un narrador excepcional, cuyo descubrimiento tan tardío no me perdono y cuya lectura celebro. Ya no escribe relatos, está centrado en la novela. En estos dos volúmenes, Combates y Ceremonias, pueden encontrar su corpus cuentístico de forma definitiva. Creo que es una buena puerta de entrada a su mundo. Yo he entrado por ella y ahora me abro paso por la espesura de sus novelas, tan qonsonánticas como él.

Ojalá gocen también de este escritor tan raro y, a la vez, tan hijo del boom.

Anuncios