[Dijo A. H. Auden que toda crítica y teoría literaria desarrollada por un escritor ha de leerse en relación con su obra. Es decir, que, cuando un escritor hace crítica o teoriza, en realidad está pensando más en su literatura y en sus ideas estéticas que en las de los autores y formas de las que tratan sus ensayos. Porque sus esfuerzos críticos y teóricos son parte de su reflexión creativa y de la construcción de su obra. Estoy de acuerdo, y así creo que ha de leerse este artículo que les ofrezco a continuación. En él hablo de preocupaciones que están hondamente incardinadas en mis libros, muy en especial en el que estoy terminando ahora. Este texto ha aparecido publicado en el último número de la revista Excodra, dedicado a La luchaque se puede leer aquí.]

Hacia nuestro primer cumpleaños, mes arriba o mes abajo, vivimos uno de los acontecimientos más emocionantes, vertiginosos e inexplicables de nuestras vidas. Por muchas aventuras que corramos, por muchas cicatrices que nos dejen los años por vivir y por muchos mundos más allá de Orión que tengamos la suerte de contemplar, ningún episodio de nuestra biografía tendrá más importancia ni exigirá más entrega y pasión. Que no lo recordemos no le quita épica y, en cualquier caso, quienes elegimos ser padres tenemos el privilegio de revivirlo en nuestros hijos.

No entiendo cómo algo tan fascinante ha podido ser despreciado e ignorado durante tantos siglos. La ciencia no se fijó en ello hasta que Jean Piaget fundó la psicología infantil, pero ni la literatura ni el arte le han prestado ninguna atención. El mundo entero lo ignora porque es una gesta de alfombra y dormitorio, tan íntima que parece resistirse a toda forma narrativa, y hasta los padres procuran no enfatizar demasiado sobre algo que, sin duda, les tiene asombrados y emocionados con una intensidad que no podían suponer. Pero no lo mencionan mucho fuera de casa, por miedo a que los tachen de cursis y estúpidos.

En torno a los diez meses, se produce un quiebre en el proceso de adquisición del lenguaje del bebé, que pasa del balbuceo a la llamada fase holofrástica. Más allá del sobrevalorado instante de la primera palabra, en esta etapa, el bebé construye holofrases, es decir, neopalabras, conjuntos de un par de sílabas que comprimen una oración o varias palabras. El proceso es diferente en cada bebé. Cada uno de nosotros escogemos holofrases distintas, según nuestro carácter y nuestro entorno. Hay niños más atrevidos o imaginativos que otros. Hay niños que juegan con las palabras con más audacia que otros. Pero, cualquier padre que preste un poco de atención, no dejará de maravillarse ante la fuerza de su voluntad.

La palabra que los científicos han escogido para este proceso no le hace justicia. Adquisición del lenguaje. La adquisición remite a un acto burgués y contractual. Se adquiere una casa o una corbata, no un lenguaje. O a algo pasivo: el colchón adquiere la forma de nuestro cuerpo. Pero ni lo notarial ni lo pasivo son características de la forma en que los niños aprenden a hablar. Lo suyo es una lucha. La mayor lucha que se nos plantea.

No existe un lenguaje como tal. El idioma, por más que la academia se empeñe en limpiarlo, fijarlo y darle esplendor, es distinto en cada hablante. No hay dos personas que hablen igual, más allá de dialectos y sociolectos. Cada ser humano hace suya su lengua, y su forma de expresarse es sólo suya. El niño, cuando empieza a formar holofrases, no es parte de un aprendizaje pasivo, sino que está entregado a una operación de conquista. Aprender a hablar significa en realidad apropiarse del lenguaje. No lo adquiere, sino que lo toma por la fuerza, entre peleas y dolores. Desde su primera holofrase hasta que domina todos los recovecos de la gramática (en torno a los tres años), los niños viven en un combate que ningún adulto tendría fuerza para emprender. Ni el más complejo sistema filosófico puede comparársele en audacia.

Yo asisto maravillado a la conquista del lenguaje de mi hijo. Registro sus avances, celebro sus posiciones ganadas, le ayudo a mantener la retaguardia para que la gramática no recupere el terreno que mi hijo le ha ganado. Se esfuerza por hacer suyo, radicalmente suyo, un lenguaje que sus padres le hemos puesto delante. No lo toma de la escuela. No lo toma de la versión académica y domesticada de los libros de texto, sino de nuestra expresión salvaje, personal e intraducible. Es una lucha animal, contraria a toda civilización. En la escuela le enseñarán a hablar bien. Es decir, le enseñarán a deshablar, pero no conseguirán anular del todo su forma única de decir. Ningún colegio sabe fabricar hablantes normalizados puros. Ningún manual de gramática tiene fuerza para penetrar en el núcleo de la persona y subvertir su identidad.

Al contemplar los triunfos de mi hijo sobre el idioma, me doy cuenta de que los escritores planteamos nuestro trabajo en unos términos parecidos. El oficio de escribir es una réplica a escala de la lucha por la apropiación del lenguaje. La diferencia, además de la modestia de nuestro empeño (un niño es mucho más ambicioso que el más sublime de los escritores), es que no luchamos contra el lenguaje, sino contra su forma literaria. Un escritor no cultiva la literatura, sino que se enfrenta a ella. Las obras literarias se escriben contra la literatura.

Escribir es una forma de apropiación de la literatura. Una apropiación violenta, de conquista y sangre. Se escribe contra una tradición, contra la propia infancia, contra las propias formas de decir, contra los libros que se leyeron. El escritor busca una forma radicalmente única y personal de decir las cosas. Una forma tan personal e irreductible que trascienda las barreras del propio idioma y se reconozca incluso en las traducciones. A Cavafis se le siente Cavafis en cualquier lengua. Porque Cavafis no escribe en griego. Ha destruido el griego para crear un idioma que sólo domina Cavafis, y que se entiende y se percibe pese a todos los intermediarios y traductores que se pongan en medio.

Yo fui consciente de que la escritura era una forma de lucha cuando escribí mi libro más violento y dulce, La hora violeta. Cuando quise decir la enfermedad y muerte de mi primer hijo, la literatura devino enemiga. Luego me he dado cuenta de que la literatura ha sido un enemigo para todos los escritores que han querido escribir sobre algo que les importaba y les dolía de veras. La retórica no sirve en esos empeños. Las normas de construcción narrativa no sirven. El canon no sirve. A veces (sólo a veces), ni siquiera sirve la norma gramatical. La literatura y sus leyes y tradiciones, en lugar de sublimar la experiencia, la banalizan, amarrándola al lugar común. No se puede decir con palabras de otros lo que sólo uno siente y sufre. El escritor ha de encontrar su propia forma de decir, y al hacerlo, ha de romper la literatura. De esa lucha paradójica nacerá la literatura.

Porque la literatura surge del combate contra la literatura. Quien no se atreve a entablar esa lucha jamás escribirá literatura, aunque externamente lo parezca. Su trabajo se parecerá tanto al arte como el de los pintores que hacen copias de cuadros clásicos en los bancos de los museos. Serán amanuenses, copistas, filólogos, pero no literatos. La literatura sólo existe en el momento en que se destruye. Fuera de ese instante, no es nada. Polvo de biblioteca, saludo de catedrático a las autoridades presentes en la sala.

Pero, con toda su inexplicable e irreductible grandeza, no hay una sola obra de la historia de la literatura que iguale en belleza y emoción a la forma en que un niño conquista, sílaba a sílaba, su propio lenguaje. Es una suerte que no lo recordemos, pues nos fatigaría la sola evocación de esos años, pero también es un privilegio presenciar esa lucha desde la atalaya del padre, desde la tranquilidad que da saber que el hijo va a ganar la guerra, que va a salir victorioso por ardua que sea, que el lenguaje no tiene nada que hacer contra él. Yo, en mi vida, no he contemplado nada más prodigioso.

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