Como nunca he sentido nada parecido al orgullo de ser español, pensé que estaba libre de sentir su antónimo, la vergüenza. Es imposible experimentar un sentimiento si se niega la existencia de su contrario. Porque no es sólo que no sienta orgullo por ser español, sino que no concibo circunstancia o suceso que me lleve a experimentar tal cosa. Me parece tan absurdo como sentirme orgulloso de lo bien que amanece o de la lluvia. ¿Cómo puedo sentir vergüenza? Para sentirla, hay que estar predispuesto al orgullo, de la misma forma que, para sentir odio, hay que reconocer que se puede sentir también amor.

Y, sin embargo, me avergüenzo. Y siento que debo disculparme por ser ciudadano de una nación en la que pasan cosas como lo de Ceuta.

Me avergüenzan muchas cosas de mi país, pero pocas me dan tanto asco como compartir nacionalidad con gente que dispara a gente que se ahoga en el agua y con quienes justifican los disparos y las muertes.

ceuta

No deja de sorprenderme, en muchos de los comentarios que oigo y leo, la exculpación de los guardias civiles que apretaron el gatillo. Cumplían órdenes. La cosa va con los jefes, con quienes dieron las órdenes. Ellos son los responsables. ¿Quién ordenó disparar?, se preguntan en las tribunas. ¿Quién es el culpable de esto?

El preboste, claro. El cargo que dio el visto bueno o que instó a que se disparase. La estructura que ampara sucesos así. Toda la cadena de mando, sin duda. Pero eso no disculpa a quien dispara. El último eslabón de la cadena, cuando aprieta el gatillo, no es un sujeto pasivo. Está ejecutando un acto de voluntad. Es él quien activa los mecanismos del sistema nervioso para que su dedo se coloque en el gatillo, sus brazos orienten el cañón al lugar deseado y sus músculos se contraigan con la fuerza suficiente para activar el arma y dispararla. Podría negarse. Podría argumentar incluso que esas órdenes son una salvajada, que no está dispuesto a cumplirlas, y dejar quieta el arma. Pero no lo hizo. Le dijeron: dispara, y él disparó. En el momento en que disparó, se convirtió en alguien tan culpable como todos los que emitieron órdenes y diseñaron los protocolos de actuación. De su sargento al general y al ministro. Quizá no en términos penales. La ley dirá y matizará las cosas. Como decía Albert Camus, la justicia es una cuestión de aproximación. Pero, desde una ética de la responsabilidad, sus actos no admiten exculpación.

Estoy leyendo estos días un libro raro y magnífico. Los Informes diplomáticos de Carlos Morla Lynch. Morla fue agregado de negocios en la embajada chilena en Madrid durante la guerra civil. Era un tipo elegante, bon vivant y un lector muy sensible y agudo. Le gustaba rodearse de la farándula literaria y frecuentó a muchos autores del 27, hasta el punto de ser amigo íntimo de García Lorca. La dedicatoria de Poeta en Nueva York dice “A Bebe y Carlos Morla”. Cuando estalló la guerra, miles de derechistas (algunos, muy significados, como los falangistas Sánchez Mazas o Foxá) se refugiaron en la embajada, solicitando asilo político. Muchos pasaron años encerrados en los edificios bajo pabellón chileno, en medio del Madrid republicano sitiado, y fue Carlos Morla quien, en calidad de máximo representante diplomático de Chile en Madrid (el embajador titular huyó en cuanto la cosa se puso fea, como la mayoría de embajadores y miembros del cuerpo diplomático), se responsabilizó de la suerte de esas personas. Cerca de dos mil asilados estuvieron bajo su protección. Gente perseguida y condenada en el Madrid republicano, candidatos al paseo y al juicio popular.

Conforme la guerra avanzó y la situación en Madrid se complicó más, el gobierno chileno instó a Morla a cerrar la embajada y a salir de España discretamente. Morla Lynch, que vivía en Madrid con su mujer y su hijo (y acogía a cincuenta asilados en su propia vivienda del barrio de Salamanca), respondió con una carta educada pero firme. En ella, pedía al gobierno que reconsiderara su decisión, ya que el cierre de la embajada condenaba a una muerte casi segura a los dos mil asilados que amparaba. Les pedía que cambiasen de idea, pero advirtiéndoles de que pensaba desobedecer las órdenes. Yo seguiré en Madrid al frente de la embajada, con su apoyo o sin él, decía. No seré responsable de la muerte de los asilados, dijo.

Morla Lynch era un tipo muy valiente. Excepcionalmente valiente. Sorprende que sobreviviera a la guerra, pues otras personas que se arriesgaron mucho menos encontraron la muerte. Fue pura suerte que no le encontrase una de las muchas balas que llevaban su nombre. La Pasionaria lo denunciaba como encubridor de fascistas y quintacolumnistas. Pablo Neruda difundió un montón de insidias sobre él. Pero Morla Lynch no rebló, y miles de personas le debieron la vida. Estuvo dispuesta a sacrificar la suya. Estuvo a punto de perder la suya y la de su familia muchas veces, pero siempre hizo lo que creía que debía hacer. Las consecuencias (serias e irreparables) nunca le impidieron tomar una decisión.

La lectura de los Informes diplomáticos es fascinante por el retrato del Madrid en guerra y por muchas otras razones literarias y documentales, pero hay una razón ética que atraviesa todo el libro: es la confesión de un hombre valiente y dueño de su voluntad.

Por supuesto, no le dieron ningún premio. Nada más terminar la guerra fue destituido de su cargo y sometido a una campaña de injurias. El embajador se atribuyó los méritos de haber salvado a esa gente y él fue marginado de la carrera diplomática. Por eso publicó esos informes, de su propio bolsillo, para avergonzar a quienes le acosaban y acallaban.

Pienso en Morla Lynch, en su bravura tremenda, y pienso en los guardias civiles que participaron en los sucesos de Ceuta y en la rapidez con la que todo el mundo les exculpa. La obediencia debida. Como si no hubieran tenido otra alternativa. Como si la única respuesta a una orden fuera acatarla. Como si la obediencia exculpara al obediente.

Morla Lynch no habría apretado el gatillo aquella noche. Y probablemente le habrían expedientado por incumplir órdenes. Y sancionado. Y puede que hasta expulsado del cuerpo. Pero no habría disparado si él pensaba que no había que disparar.

La embajada de Chile en los años treinta estaba en la calle del Prado número 26, junto al Congreso de los Diputados. El edificio, un palacete del siglo XIX, sigue existiendo, aunque ya no es una legación. He pasado muchas veces por delante. No recuerdo haber visto nunca una placa en recuerdo de Carlos Morla Lynch. He mirado en Google Street View y tampoco encuentro nada en la fachada. Es lógico, cuando hay tantos cobardes y asesinos dando nombres a calles y a plazas. El callejero y la memoria es para los que acatan las órdenes.

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