Se acabaron la complacencia y el whisky de los premios, volvamos a la lucha diaria.

Hace unos días, a propósito del asunto de los guardias civiles de Ceuta, alguien me dejaba un comentario que respondí con ánimo muy destemplado.

facilona

No sé si me pasé o no llegué. Lo que tengo claro es que mi tolerancia hacia la impertinencia ajena decae día tras día, y es nula en según qué temas. En este, en concreto, no aguanto ni media. Coincide con lo que está pasando en Venezuela y con los documentos que me están llegando desde la confusión de allá y los testimonios de los amigos. Coincide con los francotiradores disparando desde los tejados del centro de Kiev. Vuelvo a pensar en la responsabilidad del individuo y en la obediencia debida.

El experimento de Milgram al que aludía el comentario es un clásico de la psicología conductista. No voy a explicarlo aquí, porque es muy largo. Sus conclusiones venían a decir que más de un 60% de las personas están dispuestas a causar daño a alguien (incluso mucho daño) si se les ordena con vehemencia que lo hagan, incluso aunque se sientan incómodas, aunque no quieran hacerlo. La sola fuerza de la orden basta para convertirlos en obedientes matarifes.

Esto, en rigor, no prueba nada. En parte, porque los experimentos psicológicos se ajustan mal al método científico, y en parte, porque ese determinismo biológico ante la autoridad no cuestiona ni anula ninguna consideración sobre la responsabilidad individual ni sobre la cobardía. De probar algo, en todo caso, prueba que la mayoría de las personas son cobardes, que es como hacer un estudio para demostrar que la mayoría de las personas tienen ojos.

Cualquier tesis, por mucha coincidencia estadística que se produzca (el experimento de Milgram se ha repetido muchas veces y casi siempre da los mismos porcentajes de hijoputas pusilánimes), sobre la irresponsabilidad del obediente, justificada en cualquier forma de determinismo biológico o social, queda invalidada por cada persona que se niega a obedecer. Aunque sólo haya una entre millones. Las excepciones no confirman las reglas, sino que las rompen. Un solo valiente desmonta las excusas de cien millones de cobardes. Si él puede, los demás, también.

El discurso ambiental, ese mejunje de ideas y tópicos que buscan explicar la conducta humana enmarcada en un contexto cultural, converge en una paradoja. Por un lado, hay una acusación constante e incómoda de culpabilidad generalizada. El planeta se hunde porque tú lo ensucias, los niños de Bangladesh son esclavos porque tú compras en Zara, los bancos desahucian a la gente porque tú eres su cliente, la televisión emite mierda porque tú la ves, las mujeres de África son violadas porque tú te ríes en el bar de chistes machistas, etcétera. Por otro lado, todas las ideas derivadas del estructuralismo dicen justamente lo contrario: no tienes la culpa de nada porque los procesos sociales, culturales e históricos suceden al margen de cualquier voluntad humana. Los mercados financieros funcionan solos, los regímenes políticos responden a dinámicas que los partidos no pueden controlar y hasta los libros dicen cosas al margen de lo que quieran decir los autores, pues hasta el concepto de autor individual fue negado en los años más delirantes de los cultural studies. ¿En qué quedamos? ¿Compro chocolate de comercio justo para ayudar a los aimara de Bolivia o me zampo tres tabletas de Nestlé hechas con cacao transgénico cultivado por aimaras esclavos porque mis actos no influyen en nada?

Ese es el dilema que plantea el mejunje moral en el que vivimos. Y, en medio de la confusión, es lógico que los apuntes sobre la responsabilidad individual suenen ingenuos. Pero creo que esa responsabilidad es el único punto de partida plausible, moral e intelectualmente, para cualquier debate. Si no colocamos la voluntad humana en el origen de todos los conflictos, nos perderemos en sofismas y en nuevas paradojas. Por ejemplo, somos capaces de sentirnos responsables del desamparo y el hambre de un niño de Sudán del Sur de cuya existencia ni siquiera tenemos constancia, pero podemos humillar a cualquier compañero o subordinado en el trabajo sin sentirnos en absoluto culpables porque atribuimos nuestra crueldad a una cuestión de profesionalidad.

Un sofisma recurrente es el de la complejidad. Cuando alguien se asquea por un acto violento y exige que los culpables asuman sus culpas, muchas voces saltan pidiendo matices [nota al margen: los matices sólo se piden cuando hay un interés en justificar la violencia aludida, pero desaparecen cuando se quiere condenar. Ejemplo: muchos de quienes piden mesura en la atribución de culpas de la guardia civil en Ceuta están dispuestos a acusar de complicidad criminal con ETA a cualquiera que vaya a un concierto de Soziedad Alkohólika]. Aluden al contexto. Las fotos están descontextualizadas, dicen. Y es cierto: todas las fotos están descontextualizadas. Todas manipulan la realidad, no la muestran. Pero hay muchas veces en que no caben peros ni matices. Esta imagen, por ejemplo, que me remitió hace unos días por una amiga de Venezuela:

venezuela chica

No sé dónde se hizo la foto, ni cuándo, ni quién la hizo, ni quiénes son los que aparecen en ella. Me falta todo el contexto. Pero, a no ser que se trate de un montaje con actores, lo que veo es a un policía tirando de los pelos a una chica indefensa. Estoy viendo una escena brutal. Puedo suponer que el policía ha recibido órdenes de ser bestial, y ejecuta las órdenes recibidas, pero es su brazo el que tira del pelo. Él, voluntariamente, maltrata a una persona que está en el suelo, notablemente más débil e indefensa que él. No hay contexto exculpatorio en términos éticos. El policía puede elegir hacer daño o no hacerlo. Y elige hacerlo. Ninguna circunstancia atenúa su voluntad.

No hay determinismos biológicos ni sociales. Hay voluntades y conciencias de voluntades. Y formas de enmascarar esas voluntades. La cobardía se expresa de mil formas y aduce millones de sofismas. La valentía, en cambio, se manifiesta en un repertorio limitado de escenificaciones, y una de ellas, la más común, tiene dos letras: NO.

Pueden recorrer muchos matices conceptuales entre el SÍ y el NO, pero, lingüísticamente, son antónimos, lo que significa que son excluyentes entre sí. O se dice sí o se dice no. O se obedece o se niega. No hay formas de obedecer desobedeciendo, ni desobediencias obedientes. Se pueden inventar a posteriori, con experimentos psicológicos o teorías sociológicas y políticas. Pero, al final de todo, en el núcleo de las cosas, hay una persona que decide hacer o no hacer algo. En Venezuela, en Ucrania y en la playa de Ceuta. Móntenselo como quieran, pero el gatillo siempre lo aprieta alguien que ha decidido apretarlo. De la misma forma que yo elijo pulsar cada tecla para formar cada letra de este texto, que no es fruto de ninguna contingencia ni dice nada más que lo que yo quiero que diga, porque es una expresión de mi voluntad. Y me responsabilizo de ella.

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