Ayer por la tarde presencié un accidente de tráfico junto a los columpios donde Cris y yo llevamos a nuestro hijo Daniel. En realidad, no lo presencié. Oí dos golpes muy fuertes y, cuando me giré, vi una moto destrozada en medio del cruce y un coche empotrado contra una farola, junto al paso de peatones por el que cruzo a diario de la mano de mi hijo de veinte meses. El motorista se había levantado y se quejaba de un dolor muy fuerte. Unos viandantes le transportaron hasta una jardinera. Estaba blanco de dolor. Junto al coche, que parecía siniestro total, con el motor hundido y un lateral destrozado, una chica joven con cara de susto hablaba por el móvil. Era la conductora, no parecía dolerse de nada.

La cuestión era que el ayuntamiento ha cambiado esta semana los semáforos y las señales en el cruce para incorporar un nuevo carril bici, y ayer era el primer día que se ponía en servicio tras las obras. Por eso, todos los curiosos, que a esa hora eran muchos, coincidieron en echar la culpa al alcalde del accidente. Al alcalde y su puta manía ciclista. Primer día de nuevo cruce y primer accidente, decían. Esto ya se veía venir, decía uno. Este tío no va a parar hasta matarnos a todos, decía otro, moderado él. Adónde vamos a llegar por las putas bicis, decían otros más. Ninguno había visto el accidente. Ninguno de los que estábamos allí éramos testigos. Les había pasado lo que a mí, que habían oído un ruido y se habían girado para ver qué pasaba, pero ignoraban todo acerca del suceso: quién había golpeado a quién, en qué dirección venía el motorista… Pero la culpa era del alcalde y sus carriles-bici. Eso lo tenía todo el mundo claro.

Me costó mucho dar con dos personas que estaban esperando para cruzar la calle en el momento del accidente y lo habían visto. Afirmaban que el coche se había saltado el semáforo a mucha velocidad y la moto, que venía por su derecha, se empotró de frente en la puerta del copiloto. Tras el golpe, el coche dio un volantazo y se estrelló contra la farola. Eso decían dos personas que aseguraban haberlo visto. Ninguna hablaba de carriles-bici ni achacaba el accidente a la nueva señalización. Pero en torno a mí se estaba formando un relato que halagaba los prejuicios de quienes lo construían. Un relato que muchos estaban bien dispuestos a creerse y que sin duda se creyeron.

A casi nadie le importa saber qué ha pasado. Nunca, en ningún caso. Todos prefieren confirmar la visión del mundo que ya tienen. Cuanto más estrecha y burricéfala es esta visión, con más ansia husmean los relatos que pueden confirmarla. Para seguir viviendo cómodos, para tener siempre la razón, para aprisionar toda la complejidad del mundo en sus cuatro refranes de aldea. Lo que me sorprendió no fue eso, pues es un fenómeno que cualquiera que conozca de qué va el periodismo y los mecanismos de la narración entiende fácilmente. Lo que me sorprendió fue la velocidad de propagación. Aún no había llegado la policía y ya se había asentado un mito imposible de refutar. Pocos segundos bastaron para ello.

Si lo piensas un poco, aterra. A mí me aterra.

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