Hoy me estreno en la revista bonaerense Continuidad de los Libros. Lo hago con este texto sobre por qué hay que decir las cosas y nunca afirmarlas, exclamarlas o apostillarlas. Esa indisoluble relación entre la estética y la moral. Les cuelgo el arranque. Si quieren leer el texto completo, pinchen en el párrafo citado y vayan a la revista.

Los escritores que venimos del periodismo estamos acostumbrados a que los personajes y las personas no digan nada. Las fuentes afirman, indican, subrayan, apostillan, se preguntan, se responden, se interrogan, exclaman, suponen, inciden o insisten. Incluso, en el colmo de la teatralidad, susurran, sugieren o musitan, pero nunca dicen nada. Decir es un verbo que se usa poco en las noticias. Nos enseñan a buscar sinónimos para las citas en estilo directo para no cansar al lector, y todos suponemos que el verbo decir dice muy poca cosa, que las cosas que se dicen no merecen salir en el diario, sólo las que se afirman o se exclaman tienen ese privilegio. Todo el mundo dice cosas, pero sólo la gente importante y solemne apostilla o indica.

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