Sé que les tengo terriblemente abandonados, pero entre viajes e incordios no encuentro momento ni lugar para sentarme a gusto a escribir en este rincón. Además, las pocas veces en que lo he encontrado, me he visto incapaz de seguir contando cosas, de seguir opinando, valorando, regurgitando ocurrencias. Llevo unas semanas en las que he concedido decenas de entrevistas y he hecho varias presentaciones. Estoy harto de mí, me cambiaría por cualquier otro. Mientras recupero el tono y la compostura, permítanme alimentarles con material reciclado. Este es el artículo que publiqué ayer en mi ciudad pixelada de Heraldo de Aragón. Se titula como el post, Amistad.]

 

En 1960, Orson Welles concedió una entrevista al actor Bernard Braden que se filmó para la CBS bajo el título de ‘The Paris Interview’. En una habitación de un antiguo y lujoso hotel de París, un gordo y avieso Welles responde con inteligencia e ironía a las preguntas de Braden (insistentes y, a veces, molestas) mientras fuma un puro que parece un cigarrillo entre sus dedos gigantes. Hacia el final, Braden pregunta, quizá esperando otra respuesta:

-¿Alguna vez ha contratado a un amigo en lugar de a un profesional más preparado para un papel o un puesto a sabiendas de que lo haría peor?

-A menudo.

-¿Alguna vez se ha arrepentido de haberlo hecho?

-A menudo.

-¿Lo volvería a hacer?

-Sin dudarlo.

Welles explica entonces que la amistad está para él por encima de consideraciones artísticas o de recelos profesionales. Es una idea en la que insiste a lo largo de la entrevista. Eso, se lamenta, lo convierte en un peor artista, pero le da igual, porque él mismo se considera un intruso, un ‘parvenu’, un aventurero. Alguien que no debería estar haciendo lo que hace, que no tiene las credenciales ni la convicción necesarias para ello. “Los que son capaces de poner el arte por encima de la amistad”, dice, “esos son los verdaderos artistas, esos son los que harán cosas que perdurarán. Desgraciadamente, yo no soy uno de ellos. La creación es para mí una expresión más de mi vida, y en mi jerarquía es una expresión que está por debajo de la amistad”.

¿Quién osaría admitir hoy algo así? Hay que llamarse Orson Welles, pesar mucho más de cien kilos, recostarse con desfachatez de gángster en una silla art-déco de un hotel de lujo de París y fumar puros con mucha displicencia para decir algo así. Anteponer los criterios de excelencia profesional a cualquier forma de afecto ha sido uno de los mandamientos de la sociedad occidental, una de las bases de la prosperidad capitalista. El compadreo, el nepotismo y las cadenas de favores son propias de mundos hampones y corruptos. En el trabajo, la amistad es un vicio, nunca una virtud. Y, sin embargo, ahora que los cimientos de esa prosperidad se exhiben agrietados y podridos entre las ruinas de lo que una vez fue un país rico, las palabras de Welles resuenan como frases del Antiguo Testamento. Hay una distinción radical entre el nepotismo al que la corrupción nos ha acostumbrado y la amistad de la que habla Welles. Él no se refiere a amigos unidos por un interés espurio, sino a pasiones humanas que se anteponen a objetivos individuales y profesionales. Hay un abismo moral entre el constructor conchabado con un concejal corrupto y un director de cine que da un papel a su amigo en una película. Sin embargo, a los ojos de muchos, son la misma cosa.

Yo estoy con Welles. Al final, todo se reduce a una cuestión de afectos, y sólo quienes así lo entienden pueden reír con su felicidad infinita y obesa. Las carcajadas de los puros de corazón que jamás flaquearon ante un amigo y siempre escogieron la dignidad del gremio nunca se contagian porque suenan en habitaciones vacías.

 

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