El otro día, en la presentación de La gota contra la primavera (Edhasa), la última novela del amigo Mario de los Santos (háganse con ella y háganse un favor), empecé hablando de lo que significa ser alto. Mario es más alto que yo, pero mis ciento ochenta y siete centímetros (ciento ochenta y seis o ciento ochenta y cinco según los metros, los zapatos o calcetines que lleve o el pulso del que mide) me bastan para contemplar desde arriba a la inmensa mayoría de las personas. Ser alto, ideal estético de quienes no lo son, es una tremenda putada si has nacido sin dinero ni perspectivas de ganarlo. Incluso aunque al final, ya de muy adulto, consigas vivir con mucha pasta, te dará igual. Los millones no compensarán las décadas anteriores.

Porque lo peor no es ser alto, sino serlo en un mundo de prêt-à-porter. Los altos millonarios se fabrican un mundo a su medida, con sus sastres italianos, sus diseñadores barceloneses y sus arquitectas iraníes. Pero los altos de barrio nos resignamos a encajar nuestros huesos oversized en realidades diseñadas por y para personas de estatura media. De niños, cuando la ropa se tallaba por edades, llevábamos camisetas y zapatos de chicos mayores que nosotros. Nuestras madres nos cogían de la mano con una rara desesperación, perdidas de tienda en tienda, incapaces de adivinar nuestra talla, maldiciendo la desproporción de su progenie, tirando de amigas modistas para acortar perneras o estirar mangas. Se nos vestía como se viste a Frankenstein. De adultos, la frustración de nuestras madres se remansa en una resignación quieta cuando preguntamos a la dependienta por zapatillas y camisas de nuestra talla y sabemos de antemano que nunca hay de los modelos que nos gustan, que siempre hemos de conformarnos con la segunda o la tercera opción.

Aprendimos a ser retráctiles. Encajamos nuestros esqueletos en butacas de cine pensadas para el espectador medio y en asientos de autobús pensados para el viajero medio. Agachamos la cabeza para no darnos en dinteles de puertas diseñadas para habitantes medios y combamos la espalda para besar a novias pensadas para novios medios que, aunque hacían el generoso esfuerzo de ponerse de puntillas, nunca alcanzaban nuestros labios con la naturalidad apetecida. En la adolescencia voraz, repetíamos tres veces en platos pensados para el comedor medio que nunca nos saciaban, y bebíamos de trago jarras de cerveza pensadas para el bebedor medio que nos dejaban insatisfechos. 

Pero lo peor no era eso. Lo peor es la combinación de altura, miopía y torpeza. Los altos cegatos nos movemos a cámara lenta por un mundo lleno de lámparas bajas, cuadros mal colgados y mesitas puntiagudas invisibles desde nuestra altura. Nos pasamos media vida golpeándonos contra los marcos de las puertas, tirando al suelo óleos de ciervos abrevando, tropezándonos con los cordones de terciopelo de los museos y rescatando en el último segundo (con reflejos aprendidos a fuerza de añicos) figuritas de Lladró y ceniceros recuerdos de Cuenca que salen disparados cuando movemos los brazos o intentamos alcanzar el plato de aceitunas que alguien ha puesto al final de la mesa. 

Al final, nos adaptamos. Quienes no mueren de un cabezazo en una zona de techos bajos del metro de Madrid o electrocutados por una lámpara de araña, acaban encajando en el mundo prêt-à-porter. Pero la incomodidad persiste. Nunca desaparece, simplemente, se asume como los dolores crónicos. Se aprende a vivir incómodo. Al menos, a un nivel funcional, porque la desazón maquina por debajo toda la vida. Se vive con la conciencia de que el mundo no está hecho para uno, de que uno ha de esforzarse por encajar en él si quiere sobrevivir, y eso genera una tristeza y un alejamiento que contaminan todas las miradas. Uno se siente extraño. Llega a pensar que quizá haya un mundo de altos en otro lugar del universo de la cual él procede. Que sus verdaderos padres lo añoran en un un planeta que orbita generosamente alrededor de Alfa Centauri, donde las sillas son grandes y no hay que empujar hacia atrás los asientos de los coches para que las rodillas no se incrusten en las costillas. Donde el cuarenta y seis es un número de calzado normalito del que se fabrican en abundancia todos los modelos y donde nunca hay que agacharse en los pasillos del metro. Un planeta donde las novias siempre son altas y no existen fisioterapeutas porque la columna vertebral jamás sufre de contorsionismos. 

Es esa extrañeza la que a muchos nos lleva a escribir. A construir casas de palabras donde sentirnos al fin cómodos, con techos altos y platos grandes. Escribimos desde la extrañeza que da sentirse ajeno a un mundo cuyos diseñadores no contaron con nosotros. La extrañeza del que no encaja en los promedios. Se empieza por no vestir la ropa que corresponde a la edad que se tiene en la infancia y se acaba por no compartir ningún gusto mayoritario. Dejan de gustarte el fútbol y los cuarenta principales. No puedes leer las Cincuenta sombras de Gray. No votas a ningún partido. Tampoco militas en ninguno. Puede que lo intentes, pero te sales tan pronto descubres que su organización está pensada para el término medio. Al final, no ves ni la tele. Te disocias del mundo de promedios y generas tus propias estadísticas. En algunos casos, eso significa convertirte en literatura. Una literatura difícil de encajar en géneros y cánones y etiquetas de librería. Una literatura que camina torpe y grácil a la vez, ajena a los estantes de las bibliotecas, en cuya clasificación decimal no sabe encajar (siempre lleva una talla de más). 

Me dicen que mi hijo es bastante más alto que la media de los niños de su edad. Lógico: sus padres también lo fueron. Altos. Te lo dicen con alegría, como si fuera algo para celebrar. Y yo le muerdo los pies, unos pies que intuyo gigantes, que calzarán un cincuenta o más, que no encontrarán número en ninguna zapatería, y le compadezco. Me gustaría construirle un mundo a su medida, que no tuviera que dislocarse los hombros para encajar en sus puertas. Pobre hijo mío, tan alto y tan risueño, a punto de no caber por el tobogán de los pequeños, pero demasiado pequeño para el tobogán de los grandes. Siempre en tierra de nadie, siempre con la extrañeza de no pertenecer a ningún sitio. 

Anuncios