No han parado de salir en los medios historias de gente que tiene la misma edad que Felipe de Borbón. Son retratos de una generación, dicen. Cogen a seis o siete tipos nacidos en 1968, casi siempre excelentes en algo, modelos de triunfo, y sacan de ellos un mínimo común denominador. Así es la generación del rey, dicen. Y se quedan tan anchos. Otros se atreven a ir más allá y rubrican a esas personas como contemporáneos del rey. Como si los demás no lo fuéramos, contemporáneos.

W. H. Auden dice que el concepto de generación ha creado uno de los baremos más idiotas e inútiles de juicio literario. ¿Qué es ser contemporáneo? Todas las personas del mundo que están vivas en este mismo momento son contemporáneas mías. Tan contemporáneo mío es un recién nacido como una señora de 104 años residente en Sri Lanka. Un nacido en 1968 no es más contemporáneo de Felipe de Borbón que yo mismo. La noción de contemporaneidad es imposible de definir con un poco de precisión, es tan difusa e intuitiva como todo lo que procede de la filosofía de la historia y de la fenomenología del espíritu. Cositas hegelianas. Un je-ne-sais-quoi con el que se puede armar una cátedra en la Universidad Humboldt y hasta una escuela de pensamiento, pero que no sirve para entender nada.

Lo de generacional, íntimamente ligado a lo contemporáneo, va más allá. Es más pedestre, no está manchado por resonancias de filosofía alemana, pero es igualmente confuso. Parte de un malentendido popular: la creencia de que los jóvenes forman una comunidad de intereses con atributos parecidos a los de una clase social con conciencia de ídem. La juventud, que culturalmente es un invento de la posguerra europea y de la industria textil (que, a su vez, se inventó la industria del disco para poder vender pantalones vaqueros y minifaldas), en un sentido biológico, no es más que la forma larvaria de lo adulto. Más o menos elástica. Más o menos idiota. Más o menos reprimida o más o menos sexual. Pero el hecho de ser jóvenes no une a las personas. No las hace conscientes de pertenecer a un todo con unos atributos comunes, más allá de la constatación de la juventud.

Ahora tengo muchos amigos de mi edad e incluso más jóvenes que yo, pero toda mi vida han sido los menos. Es ahora, cuando las amistades responden con más pureza al patrón de las afinidades electivas, cuando encuentro formas de intimidad con “mi generación”. Porque son escritores que comparten mi pasión, personas con las que puedo entenderme de muchas formas porque nos hemos encontrado ya hechos, en una libertad absoluta, sin que nos juntara el azar autoritario del pupitre o de la oficina. Pero yo me he entendido siempre con gente mayor que yo. Me he sentido más cómodo con personas que me sacaban cinco o diez o incluso más años. He tenido intensísimas amistades con gente nacida en el mismo año que yo, pero mis mejores amigos, con quienes siento que tengo una intimidad más profunda e irrompible, me sacan cinco y doce años. Mi pareja también es mayor que yo. Sólo ahora, y a través de una afinidad electiva tan rara y hermética como la pasión literaria, tengo amigos más jóvenes o de mi edad con los que no me cuesta nada intimar. Me he encontrado a gente tan rara como yo, con la que puedo hablar de las rarezas de las que no puedo hablar con casi nadie. Me muevo en una burbuja agradable de obsesión y reiteración literaria. Pero toda mi vida me he sentido distante y raro con mis congéneres de año de nacimiento. Lo generacional, para mí, nunca ha significado nada.

Una amiga que sí que era de mi edad decía hace ya demasiados años que me envidiaba porque mi anacronismo era más llevadero que el suyo. Tú vives en los setenta, me decía, tus referencias están más cerca que las mías, porque yo vivo en los años veinte. Intimamos porque los dos nos sentíamos profundamente anacrónicos. No nos interesaba nada del momento en que vivíamos. Yo me pasaba el tiempo entre libros de viejo cuyas lecturas no podía compartir con nadie, ni siquiera con ella, y argumentando que la música rock había muerto en 1975, y ella citaba a Valle-Inclán y coleccionaba excrementos fósiles de Alejandro Sawa.

Yo era raro. Y sigo siéndolo, claro, uno no se sacude las rarezas por más que aprenda a ser sociable y a disimular la misantropía. Pero mi rareza no es la que algunos puedan suponerme: mi rareza consiste en ser consciente de ella. Todos somos raros, aunque muy pocos estén dispuestos a aceptarse como tales. Lo más cómodo (y lo más sensato, también) es reconocerse en los relatos “generacionales” y asumirse como uno más. Un tipo corriente, con un repertorio de preocupaciones y gustos asimilables a la mayoría. De ahí, a convencerse de que lo que a uno le gusta y le preocupa es lo que le gusta y le preocupa a todo el mundo, va un minúsculo e inapreciable paso. La creencia de que eso se puede proyectar sobre una generación es simplemente eso, una creencia.

Hay mucho miedo a ser raro, a no ser como los demás. Por eso, los raros conscientes de serlo son percibidos y señalados como una amenaza. Gente que distorsiona el relato que uno se ha construido del mundo en el que vive, alguien que rompe la homogeneidad. No es más que moral de pueblo. En las sociedades homogéneas y pequeñas es fácil de controlar. En una gran ciudad compleja, es imposible. Por eso los raros conscientes de serlo encuentran refugio en las babilonias. Porque, en ellas, los temerosos y los negadores de lo raro, los que aspiran a vivir uniformemente y en comunión con su colectivo asignado, no tienen fuerza suficiente para eliminar a todos aquellos que, con su vida, les recuerdan que no hay una sola forma de vivir, de sentir ni de entender.

Lo generacional es el último y sofisticado empeño en homogeneizar una sociedad imposible de reducir a un mínimo común denominador. Tener la misma edad que otro no garantiza compartir nada con ese otro.

Por eso la literatura naufraga cuando quiere hacerse generacional. Cuando se empeña de forma explícita en dibujar un friso en el que puedan reconocerse los nacidos en un país entre tal y tal año. Sin embargo, triunfa cuando indaga en lo raro. Cuando retrata desde la conciencia de lo marginal, de quien se opone al relato establecido, cuando adopta el punto de vista íntimo y desplazado del que vive a la contra o sin reconocerse en el relato de su tiempo. Lo otro es demografía y sociología, no literatura. No podemos reconocernos en un perfil elaborado con medias aritméticas, pero sí entendemos al marginal que narra desde su marginación. Y no lo entendemos porque ese marginal comparta nuestros gustos, nuestras fobias y nuestros atributos generacionales, sino porque comparte eso que muchos se empeñan en negarse a sí mismos: la sensación de extrañeza que produce una mirada detenida y pausada al mundo. La incomprensión, la falta de certezas, el vértigo. Es ahí, en esa condición humana y universal, donde nos encontramos, no en el hecho de que todos viéramos el anuncio de Tulipán o escucháramos Mediterráneo de Serrat.

Pero, claro, esto no cabe en una crónica de urgencia que pretende destacar que Felipe de Borbón es un tipo normal como tú y como yo.

Anuncios