Toda desconfianza estética es en realidad una desconfianza moral, por eso no puedo evitar pensar que tras cada cursi se esconde un hijo de puta. Esto lo piensa (con mayor o menor conciencia o refinamiento) la mayoría de la gente con sensibilidad. Hay un rechazo instintivo hacia lo cursi entre los buenos lectores. Ser acusado de cursi condena al escritor señalado a los márgenes del prestigio literario. Quizá su cursilería le consiga un buen lugar en las listas de ventas y en las tribunas de la prensa, pero los gatekeepers de la elite cultural no van a consentir que traspase jamás los cordones de terciopelo que conducen al Nobel y a todas sus antesalas intermedias.

Hay mucho de esnobismo en eso, claro, pero también una inexpresada (y no razonada) prevención moral. No es que al otro lado del cordón de terciopelo no abunden los cínicos ni los hijos de puta, pero son de otro tipo. Muchos, incluso, se convirtieron en cínicos e hijos de puta una vez sortearon el cordón. Porque para llegar allí es necesario haberse dejado algo en el camino. Nadie forma una voz propia sin mudarla varias veces, sin experimentar algún tipo de metamorfosis dolorosa. Quienes llegan a “lo literario” han pagado un peaje en el que se les ha exigido algún tipo de autenticidad, sea lo que sea eso. Puede que dentro del parnasillo el baile sea de máscaras, pero la entrada ha de hacerse a cara descubierta. Cada cual desde su lugar de origen, cada cual desde sus propias traiciones. El cursi es un enmascarado, y la literatura se escribe sin maquillar. A menudo, sin peinarse y sin ducharse, recién levantado, en calzoncillos. El cursi no distingue la verdad de su representación, siempre escribe perfumado y con la espalda muy recta, cuidando el decorado. Como no sabe cuándo conviene llevar la máscara y cuándo quitársela, prefiere llevarla siempre puesta, por si acaso.

De ahí vienen los reparos morales que muchos ni siquiera perciben así. Se quedan en la repulsión estética sin saber que toda repulsión estética es necesariamente moral. Se tiene la sospecha de que el cursi oculta algo, que nos toma por idiotas, y la gente sensible desconfía enseguida de quien trata a los demás como niños. Algunos, ni siquiera tratamos a los niños como niños. Pocas cosas irritan más a un niño que la condescendencia (en realidad, le irrita tanto como a los mayores, pero los niños tienen la suerte de poder expresar su irritación sin ofender a nadie).

Creo que es esta intuición, mucho más que las sofisticadas razones artísticas que se han formulado en los últimos cien años, la que condena a los cursis a las regiones extraliterarias y, complementariamente, la que ha intelectualizado e hipertextualizado (en el sentido de la obsesión por el significante en detrimento del significado que ha demostrado buena parte de la literatura del último siglo) la narrativa de ceja alta. Nunca las cejas se alzaron tanto como en el siglo que ha pasado entre 1914 y 2014, y en parte se debe al temor paranoico de muchos escritores a ser considerados cursis. La paranoia ha tenido momentos cumbre en los que cualquier sombra de sentimentalismo ha sido ridiculizada. La paradoja llegó a su máxima expresión en los años sesenta y setenta, cuando varias postvanguardias (Oulipo en Francia y muchos otros emuladores), en nombre de la supremacía de “lo literario”, casi lo redujeron a un juego de palabras no mucho más sofisticado que un crucigrama.

Sigue habiendo mucho miedo entre los escritores a que se confunda la intensidad emocional con la cursilería, pero creo que se trata de un delirio paranoide, porque cualquier lector refinado que no esté ofuscado por un cinismo de brocha gorda distingue al momento una de la otra. Desde la primera página. Como se distingue al vendedor de crecepelo de un comerciante honrado, o al ligón de piscina de un conversador agradable. Lo cursi es siempre barato e impostor, se le nota el peluquín, suena ridículo y grotesco desde la primera palabra. La literatura intensa en las emociones, en cambio, huele a piel limpia recién duchada, sin perfumes, y se siente como una conversación entre amigos, como una confesión íntima sin público ni ánimo donjuanesco. Sólo un idiota puede confundir una con la otra. O un lector muy acorazado que ha renunciado a la experiencia sentimental de la literatura y sólo se siente seguro en un tablero de juego estrictamente cerebral.

Es muy triste que un más que razonable desprecio hacia lo cursi lleve a muchos a extender ese desprecio a las emociones como eje de la expresión literaria, cuando esto último es precisamente lo contrario de lo cursi. Porque lo cursi no expresa ninguna emoción. En la medida en que intenta establecer juegos de seducción más o menos cutres, niega las emociones mismas. Simplemente, se vale de las emociones ajenas para vampirizarlas. Explota emociones primarias para enajenar a los incautos. Explota sus miserias, llenando sus ojos y oídos de palabras supuestamente reconfortantes, abriéndolos a paraísos artificiales de gama básica y llevando de paseo al lector por parques de atracciones de estereotipos. De la misma forma que el ligón de piscina sólo consigue seducir a la más ingenua de la pandilla, el escritor cursi aspira a llevarse al lumpen de los lectores, porque sabe que jamás engañará a los listos.

La literatura nucleada (perdón por el palabro) en la intensidad emocional, aunque puede enamorar a esos mismos lectores lumpen, porque su sentimentalidad rompe las barreras intelectuales, tiende a repelerlos por un exceso de sinceridad. Porque dice cosas duras e intensas, pero no “bonitas”. Si los lectores “listos” le dan la espalda por miedo a caer en lo cursi (demostrando así no ser tan listos), esa literatura se queda sola, hablándose a sí misma, arrinconada en un salón literario donde se la mira con sospecha, a un adjetivo y media metáfora de ser expulsada de nuevo a la calle, donde los cursis profesionales llenan de aforismos con ripio a una troupe de divorciadas que recuerda con nostalgia el último concierto de Sabina que vio.

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