A las tres de la mañana, cuando nos echaron del último bar, que ya cerraba, me convencieron para ir al siguiente. Mi anfitriona barcelonesa (esto ocurrió en Barcelona) terminaba ahí su noche, pero me instaba también a quedarme. Tienes las llaves de mi casa, me dijo, vuelve cuando quieras. Ella se fue a buscar un taxi y yo eché a andar con el grupo hacia ese país llamado “la última”. Pero, a los dos pasos, tuve una revelación. Como un retortijón del alma. Me paré en seco. El escritor alto (muy alto, más alto que yo; generalmente, en grupos de escritores, yo soy el escritor alto) que iba en cola del grupo se volvió. Me marcho, le dije, voy a evitar un desastre. Y me despedí a la francesa. O a la bielorrusa. Me escabullí cual roedor prehistórico en busca de mi anfitriona, que perseguía taxis, y me monté en uno con ella, apretándome las tripas en cada chaflán.

Fui asquerosamente sensato. Por eso puedo escribir hoy esto y no sufro los impulsos suicidas de la resaca metafísica, y la verdad es que no sé de dónde me brotó la sensatez. Nunca he sabido irme, nunca he sabido decir que no, jamás me han tenido que insistir más de una vez para tomar la siguiente. Por eso creo que fui poseído por alguna entidad. No fui yo quien se montó en el taxi y la durmió en el sofá de su amiga. Fue otro ser, en otro taxi, en otro sofá de la amiga de otro. Pudo ser la vampira del Raval, cuyo portal Jordi Corominas nos llevó a visitar (se encendió la luz del piso mientras él señalaba el lugar donde Enriqueta Martí secuestraba niños y nos contaba que Terenci Moix nació en esa misma calle y que presentó su primera novela bajo el seudónimo de Enriqueta Martí) o el fantasma mucho más sensato del Noi del Sucre (mi querida Pilar Argudo me había dado un paseo por el viejo Barrio Chino que concluyó en la esquina donde fundieron a tiros al anarquista que chupaba terrones de azúcar). Alguien sensato o cruel me poseyó y me ahorró la resaca metafísica.

O quizá fue una bilocación. Mi determinación fue tan repentina y rotunda que pienso que a mi cuerpo no le dio tiempo de asimilarla, y mientras mi espíritu se montaba en el taxi, mi cuerpo, pura inercia, seguía al grupo hasta el siguiente bar, y como la fuerza de la inercia se multiplica por mil a ciertas horas de la noche, les siguió a otro, y luego a otro, hasta que amaneció en el portal de Enriqueta Martí o en el sofá de un desconocido hostil que hablaba una lengua balcánica o en la zona de carga del aeropuerto del Prat con una cicatriz a la altura del riñón derecho. Lo sospecho porque no me encuentro el cuerpo desde anoche, me noto mucho más ligero y descarnado, atravieso las paredes y mi voz sólo suena en las psicofonías.

Si alguien ve mi cuerpo en algún lugar de Barcelona, por favor, que me lo mande por correo a Zaragoza. Sé que, como cuerpo, no es para tanto, pero yo le tengo aprecio y le añoro.

birras
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