Aquí, ya lo saben, nunca se ha hecho crítica literaria. Se han comentado libros desde una subjetividad intransferible. He utilizado este espacio como cuaderno de lecturas donde compartía mis impresiones de la misma forma que compartía mis impresiones sobre otras muchas cosas. Nunca me las he dado de crítico, ni siquiera fuera de aquí, ni siquiera cuando me han invitado a reseñar libros en publicaciones y suplementos especializados. El único valor intelectual de mis comentarios era que estaban escritos desde la honestidad, lo que incluía el reconocimiento de una subjetividad que el lector debía aceptar como apriorismo. No a una subjetividad que podría llamarse “estructural”, y que tiene que ver con la evidencia de que los artículos los escribe un sujeto, sino una subjetividad cultivada y voluntaria: no me resignaba a reconocer las limitaciones de lo subjetivo, sino que las potenciaba como recurso literario. Es decir, cabía la posibilidad (alta) de que la reseña acabara diciendo más cosas sobre mí como lector que sobre el autor o la obra reseñados.

Por eso siempre me resistí a hablar de reseñas y prefería el término comentarios. Los pocos de ustedes que sigan leyendo a estas alturas del post pensarán que eso es cogérsela con papel de fumar. Pues no han visto nada aún. Ahora es cuando me la voy a coger con el papel más fino del estanco.

A fuerza de publicar libros, yo mismo he acabado siendo un escritor, y esto, además de acercarme a la indigencia y la asocialidad, y de convertirme en la burla de mis vecinos y la vergüenza de mi familia, ha transformado radicalmente mi forma de ser lector. La subjetividad de mis comentarios se ha contaminado con muchos factores que a veces escapan a mi control. Como decía Auden, la mirada de un escritor sobre los libros de los demás está radicalmente condicionada por la idea que tiene de su propia obra. Mide las obras ajenas en función de su poética, de sus aspiraciones estéticas y de sus preocupaciones temáticas. Y esto es muy interesante. Hace tiempo que descubrí que comentar mis lecturas es una forma muy rica de pensar en mi propia literatura y de convertir en reflexiones argumentadas lo que de otra forma serían intuiciones en bruto. Esto me convierte en un lector mucho menos interesante para otros lectores. Especialmente, para los lectores que no siguen mi obra narrativa y entienden los posts y artículos como algo desgajado de ella. Como yo no lo percibo así y para mí esto es un todo cuyas partes cada vez convergen más y mejor, he ido limitando mucho las lecturas que compartía por aquí, y cambiando su tono.

Esta es una razón de fondo para moderar mis entusiasmos lectores en público. Hay otra superficial: conforme mi presencia en el llamado mundo literario se hace más intensa, hay más riesgo de que mis comentarios se tomen como varas de medir, y lo último que yo quiero es influir o prescribir. Nunca he querido ser crítico literario y no me gustaría convertirme en un sucedáneo de tal, algo que podría ocurrir si me dejo llevar y la gente se toma mis textos como algo más que notas al margen de un libro recién leído. No quisiera que algo que hago por puro placer diletante acabara siendo interpretado como parte de una estrategia profesional. Por eso, me estoy replanteando la forma en la que voy a comentar mis lecturas. No quiero dejar de hacerlo, pero he de encontrar un equilibrio. No quiero escribir sólo sobre autores extranjeros para que nadie piense que estoy pagando favores a un amigo o me estoy vengando de una zancadilla recibida por tal o cual autor soltando veneno sobre su nueva novela. Quiero que mis comentarios sigan leyéndose como lo que siempre han sido, y que sean escritos con la libertad con la que siempre se han escrito, pero aún no sé cómo hacerlo.

Mientras doy con una solución, me he hecho un pentálogo que seguramente incumpliré, pero que puede servir a otros escritores que se hayan planteado lo que yo me estoy planteando ahora mismo:

1. Me abstengo de comentar libros malos. El vitriolo es popular. Escribir a la contra siempre despierta aplausos, pero no ayuda ni a los lectores ni a los escritores. El lector informado no necesita que le desenmascaren libros o autores bluff o fraudulentos porque los sabe identificar él mismo. Todo se queda en un toma y daca de ocurrencias malintencionadas más o menos ingeniosas. En cambio, ese lector agradece mucho el descubrimiento de un libro en el que no se habría fijado de no mediar un comentario positivo de otro lector cuyo criterio le merece respeto. A partir de ahora, sólo hablaré de libros que creo que merecen ser leídos.

2. Raseros distintos para autores distintos. No se puede tratar igual la obra de un novel que la de un Nobel. En la primera me gusta identificar la voz, la audacia y aquellos elementos que señalan a un escritor con talento y capacidad para explotarlo. Al segundo se le puede afear hasta la errata más nimia.

3. La lectura es también vida. Por tanto, la trato como el resto de elementos de mi vida. No hay oposición entre mi vida y la lectura, no hay evasión de la realidad ni mundos paralelos. No hay fronteras. A menudo, leo mientras cocino. Con una mano sostengo el libro y con la otra remuevo el pisto. Las páginas se manchan del tomate de la cazuela, y esas manchas forman parte de la lectura y de su comentario. Leo sobre todo por la noche, tras acostar a mi hijo, y muchas noches salgo de su habitación con la espalda destrozada y agotado: sería ingenuo pensar que mi dolor lumbar y mis bostezos no afectan a las frases que leo. Una lectura no es sólo un libro: es el momento en que se leyó, la postura en que se hizo, la hora en que se leyó, quién te llevó a esa lectura. Mi ánimo influye en la lectura como la lectura influye en mi ánimo. Si leo enfadado, las páginas se crispan, y si me crispa una lectura puedo acabar enfadándome con alguien. Todo eso es importante. Forma parte de la apropiación de la lectura. Sin ello, no tendría ningún sentido: no leeríamos, escanearíamos páginas.

4. La amistad es lo primero. Si tengo que elegir entre ser honesto en un juicio lector sobre el libro de un amigo y herir a ese amigo, me rindo a la mentira (si no puedo escoger el silencio, mucho más elegante, pero a menudo más lastimoso que la mentira). No soy crítico, ni siquiera amateur, pero la amistad es un contrato a tiempo completo con cláusula de libre disponibilidad. Me debo a ella. Si joden a un amigo mío, me están jodiendo a mí. Si un capullo difunde insidias sobre un escritor amigo, que no me venga luego a mí con cariños. Es decir: si eres un aspirante a enfant terrible que ha jodido con sus eructos interneteros a un amigo, no me mandes tu libro con una dedicatoria amorosa.

5. Busco la voz del autor desesperadamente. No sé qué esperan ustedes de la literatura. Yo la aprecio más en la medida en que percibo la presencia del autor respirando fuerte entre las líneas. No me importa la forma exterior de esa literatura: hay novelas supuestamente autobiográficas en las que su autor no transpira porque viste a su narrador con neopreno, y hay novelas de ciencia-ficción que suenan como gritos de socorro o gemidos de amor. Los autores que se esconden y no se entregan, quienes no se dejan su cuerpo en las letras, no me interesan. No hablaré de ellos, no los busquen aquí.

Agradecería que tuvieran estas cosas en cuenta antes de reprocharme mis próximas lecturas.

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