Así van a ser mis homilías dominicales en Heraldo de Aragón hasta el 31 de agosto. La selección de los siete títulos responderá a los criterios ya conocidos por los lectores de este blog. A saber: capricho, arbitrariedad, ignorancia, filia, enamoramiento y miopía. Esta es la primera de mis siete afinidades electivas para leer en verano. Las colgaré aquí los lunes. Los domingos, pueden leerlas en papel en Heraldo.

Ahora que empieza la canícula, permítanme que yo también cambie el tono y el propósito de esta ciudad, que no por pixelada es menos ciudad que otras de estas latitudes, y sabe ponerse también estival, sesteante, piscinera y con horarios reducidos en sus ventanillas municipales. Desde hoy y hasta el último domingo de agosto, me propongo compartir con ustedes una serie de lecturas para acompasar el ocio, aquellos que tengan la suerte de tenerlo. Libros clásicos y modernos, antiguallas y novedades de este mismo año que tendrán en común su capacidad de hipnotizar, pero no necesariamente su ligereza. Por lecturas de verano, en esta ciudad, no entendemos lecturas idiotas. No apagamos el cerebro por vacaciones. Ni la pasión. Quizá lo parezca al ver nuestros cuerpos derrotados en la tumbona, pero por dentro hervimos con más fiereza que los rayos del sol que rebotan contra el toldo y derriten los hielos de nuestro cóctel vespertino.

Si no he calculado mal, son siete los domingos que quedan hasta el 31 de agosto, así que, con su permiso, son siete las lecturas que les propondré. El siete es un número imponente. En la cábala, se corresponde con la letra zayín del alfabeto hebreo, que simboliza la presencia divina (siete días tardó Dios en hacer el mundo). Pero no se dejen intimidar por eso. Quédense con que estas siete propuestas son expresiones literarias divinas. Así las considero yo, siguiendo el ejemplo de los viejos judíos, que escogieron un libro como símbolo de lo más sagrado.

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Aunque, en literatura, lo sacro y lo profano se tocan constantemente. Incluso se confunden. Así sucede en mi primera propuesta lectora, que es ‘Lolita’, de mi querido y ya poco leído (al menos, en España) Vladimir Nabokov. Rechazada durante años por todos los editores importantes de Estados Unidos, que la consideraban obscena, acabó siendo publicada en una colección pornográfica de París en 1955, a pesar de que solo una concepción muy generosa de lo porno podría etiquetar esta obra como tal (una concepción que metería a buena parte de la narrativa contemporánea en ese casillero). Este despropósito, a la larga, la benefició, ya que cubrió a ‘Lolita’ de un seductor manto de transgresión erótica en una época muy moralista que estaba a punto de descubrir la revolución sexual, y acabó por convertirla en un fenómeno social y literario.

Si la traigo a una lista de lecturas veraniegas no es por su trama de perversión sexual (ya saben: Humbert Humbert, un decadente europeo cincuentón que se enamora de una niña de doce años), incapaz de escandalizar a un lector de 2014, sino porque es una novela de viajes, una odisea moderna con Estados Unidos en vez del Mediterráneo, y un coche en vez de un barco, pero con sirenas y monstruos mitológicos. Y, como todo viaje, es interior, una inmersión en la belleza hecha desde la propia belleza. La belleza perdida y la belleza encontrada. ‘Lolita’ es una de las más hermosas reflexiones sobre lo bello y el placer. Por eso se disfruta más en verano, cuando belleza y placer tienden a fundirse entre soles y sombras.

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