A propósito de Lolita, la belleza y, sobre todo, el placer. No creo, a diferencia de lo que se comenta machaconamente, que vivamos o hayamos vivido en una sociedad hedonista. [Según el DRAE, hedonismo: «Doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida.»] No creo que vivamos o que hayamos vivido para el placer. Si así fuera, las empresas que rentabilizan el placer ajeno no invertirían tanto dinero en persuadirnos de gozar. Lo cierto es que, al menos en esta cultura nuestra, el placer se acepta como medio, no como fin. Por eso, el placer, más que disfrutarse, se tolera.

Lo escribía hace unas semanas Ignacio Echevarría en El Cultural, a propósito de las campañas de fomento de la lectura: «Como de tantas cosas susceptibles de un uso no productivo, también de la lectura ha solido hacerse una propaganda tendenciosa, que apenas concede un valor residual a lo que bien podría constituir su principal reclamo: se trata de una formidable manera de obtener placer. Una fábrica de goce, de dicha.»

En vez de eso, se apela siempre a rendimientos productivos: si lees, serás más listo, más divertido, ganarás más pasta, ligarás más, serás el rey del Trivial y magnífico en Saber y ganar. Leer es bueno porque es útil, no porque es placentero. Dicen que aporta beneficios, salud mental, sabiduría. Pero no placer. O no, al menos, en primer lugar. El placer, en cualquier caso, se presenta como gusto adquirido: si te esfuerzas mucho, al final, leerás por apetencia. Al principio cuesta, te dicen, pero dale duro, que verás que luego se lleva mejor.

No es algo exclusivo de la lectura. Lo de la alimentación es paradigmático. En casa estamos suscritos a una cooperativa de agricultura ecológica que nos manda una caja de verduras y frutas cada semana. Sin embargo, yo no creo en las virtudes de la llamada comida ecológica. No creo que sea mejor que la del supermercado. De hecho, tras leer algo sobre el tema, he concluido que probablemente sea peor en términos sanitarios. Los controles de la fruta y verdura del súper son más rigurosos, es más difícil que se me cuelen bichos o que me coma algo que me siente mal. En nuestra caja a menudo hay insectos y tierra que hay que limpiar muy bien. ¿Por qué la prefiero, entonces, a la del supermercado? Porque sabe mejor. Por placer. Porque prefiero comer algo que sé que es menos seguro pero que está más bueno precisamente porque no está tan controlado. La producción industrial abarata y da seguridad, pero sacrifica texturas, aromas y sabores en el camino. Me gusta comer, y mis elecciones alimentarias se guían, principalmente, por el criterio del placer: como lo que me sabe más bueno.

No es así como se vende la agricultura ecológica, que posterga el tema del sabor al final del repertorio de argumentos. Antes hablan de que sus verduras son saludables para el cuerpo y buenas para el planeta. Comiendo sus frutos no te haces un favor a ti mismo, cerdo egoísta, se lo estás haciendo al planeta. Con cada mordisco eres mejor persona, más solidario, más guay, mejor que tu vecino. El placer del sabor es una recompensa a tu bonhomía. Te sabe bueno porque estás haciendo el bien, no porque la comida esté buena en sí misma. De la misma forma, el placer de la lectura es sobrevenido: no disfrutas de la lectura en sí, sino de saberte mejor ciudadano por haber leído.

Pero, si hay un ámbito donde la proscripción del placer se vuelve de verdad antipática e histérica es, curiosamente, aquel en el que el placer existe como absoluto amniótico: la infancia. El placer infantil es probablemente uno de los más penalizados. Puede parecer que no, que nos gusta que los niños gocen, pero los adultos nos esforzamos mucho por controlar y redirigir su gozo. ¿No se han fijado en que los niños no pueden jugar por jugar? Los niños, a diferencia de los adultos, no pueden perder el tiempo: tienen que aprender siempre. Su esparcimiento ha de ser productivo. Por eso se inventó una de las mayores aberraciones que ha conocido la humanidad: el juguete didáctico. Es como si a los adultos nos impusieran un ocio laboral o una siesta rentable.

Imagínense que un sábado cualquiera, mientras ustedes están con sus amigos, a punto de darle el primer sorbo a la primera cerveza, a punto de contar el primer chiste y de soltar la primera carcajada de la noche, llega un docto señor y les propone que deberían aprovechar ese tiempo de ocio para aprender alemán o para extraer algunas enseñanzas morales. Que no se admitan historias sin moraleja, que los juegos de beber incluyan repasar los afluentes del Miño y que toda la noche siga una estratégica escaleta de actividades conducentes a mejorar tal o cual aspecto de nuestra personalidad. ¿Qué les parece el plan? ¿Se apuntan? ¿No? Entonces, ¿por qué hacen eso con sus niños?

Cuando un niño juega, se piensa que el niño está perdiendo el tiempo. Pero, si se convence a los padres de que el juego contiene enseñanzas y entrenamientos en destrezas, el padre se queda mucho más tranquilo. Más tarde, al padre le gusta que su hijo esté apuntado a un montón de actividades extraescolares. Así sabe que no anda por ahí perdiendo el tiempo. Una pesadilla recurrente de padres y educadores es que los niños, simplemente, jueguen. Sin propósito, sin desarrollo cognitivo, sin aprendizaje de valores, sin enseñanzas de catequesis. Si a alguien le afean que ha dejado a su hijo de dos años enganchado a la tele durante tres horas para que no le dé el coñazo, siempre puede reponer: pero es televisión educativa, está aprendiendo inglés. Un niño no tiene derecho al placer. Un adulto sí, porque se lo ha ganado. Es padre. Come huevos.

¿Qué nos pasa con el placer? ¿Por qué tenemos que negarlo o travestirlo con coartadas morales o medicinales? No hablaré de los que ni siquiera pueden irse de vacaciones sin meterse a cooperante y sentir que dedican su tiempo a los demás. No hablaré de los que, antes de pimplarse una botella de Ribera, citan estudios de sociedades cardiológicas sobre lo buena que es para el corazón una copita de vino de vez en cuando. No hablaré de los que aseguran que follar es una excelente gimnasia que tonifica los músculos y ejercita las articulaciones. No hablaré de los que jamás visitan una exposición pero se embuten veinte museos en dos días cuando viajan para que su turismo sea provechoso y cultural. Sólo constato que el placer, en sí mismo, no mola. Necesita un propósito o ha de ser la consecuencia de algo beneficioso. Moral o sanitariamente. Indivudual o socialmente. En el mejor de los casos, un merecimiento por penalidades anteriores: el premio a un día de trabajo duro. El placer, ya lo he dicho, es la recompensa al final del viaje, casi nunca lo que se siente al caminar.

Por eso no es un buen argumento de venta. Porque necesitamos sentirnos mejores, y el placer por lo general se asocia a nuestro peor yo, al más oscuro, íntimo e inconfesable. Una apelación al placer sólo puede ser apreciada por un crápula, un indeseable, gentuza. Un libertino sin consideración por los demás. Sólo los burdeles, los traficantes de drogas y los coleccionistas de sellos utilizan el placer como reclamo. Por eso los tres son negocios multimillonarios, porque apelan a una verdad que otros no se atreven a invocar.

La última coartada es muy difusa y se llama “experiencia”. Ahora hay muchas empresas que venden “experiencias”. En ellas, el placer no viene proporcionado por el contenido de esa experiencia en cuestión, sino por el poso que deja en ti, por algo etéreo e intangible que modifica tu ser. En otras palabras: el placer no es follar, sino haber follado. Incluso poder contar que has follado. Lo que ha hecho el polvo contigo, la meditación postcoital. Dirán que es sutil y estúpido, pero es un desplazamiento de tiempos verbales que basta para desculpabilizar el placer, ya que (por muy poco, sí, pero lo suficiente para imbuirlo de misticismo) traslada el objetivo a algo trascendente y mejor. Porque lo que no se entiende es siempre mejor que lo que se entiende.

Esto, en el fondo, no deja de ser una reescritura del mito del pecado original. Seguimos pariendo con dolor y ganándonos el pan con el sudor de nuestra frente. Sólo los desviados y los malvados transgreden el mandato divino.

Anuncios