Segunda entrega de la serie sobre lecturas de mi columna La Ciudad Pixelada, de Heraldo de Aragón. Publicada ayer en papel.

Si el libro de la semana pasada (‘Lolita’) trataba sobre la belleza tierna y cárnica, el deseo, lo imposible, las barreras, el tabú y el delito, el título para el verano que les traigo este domingo habla de la belleza muerta, a la que esta crisis (¿o ya no es crisis, sino normalidad?) está a punto de acostumbrarnos. Ruinas, piedras rotas, cosas que fueron y ya no son.

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Seguro que usted ha dedicado más de un viaje estival a admirarlas. Hay ruinas que mueven regiones enteras, que dan trabajo a toda una ciudad y enriquecen a hosteleros y dueños de autobuses. Pero esto de visitar restos de ciudades perdidas es algo relativamente moderno. Hasta que no llegaron los románticos, a nadie se le ocurría hacer excursiones a sitios rotos. Los hermanos Bécquer eran unos perturbados que recorrían la España interior y abandonada en busca de sitios que no tenían interés para nadie.

No hay miradas objetivas ni limpias. Nuestra forma de ver y apreciar las cosas está condicionada por muchos factores que hacen que observemos de una forma y no de otra. Hasta el punto de que, según algunas teorías de la percepción muy sofisticadas, hasta los colores son una construcción cultural. Es posible que eso que usted y yo llamamos ‘amarillo’ sea un color distinto en su retina y en la mía, pero no tenemos forma de saberlo, porque los dos señalamos lo mismo cuando decimos ‘amarillo’, y creemos que el otro lo ve igual.

Algo menos complicado de entender es la historia que se cuenta en este ensayo (sí, anímense, los ensayos son para el verano, cuando se tiene el tiempo que su lectura requiere), ‘Roma quanta fuit. O la invención del paisaje de ruinas’, de la historiadora y filóloga belga Nicole Dacos. Un delicado libro traducido recientemente al castellano (en mayo de este año) por la editorial Acantilado. En él, como si fuera una investigación policial, se rastrea qué hay detrás de la firma Herman Posthumus, un supuesto pintor del que nada se sabe pero cuyo nombre aparece en unos grafitos de las ruinas del palacio de Nerón en Roma. La investigación reconstruye la vida de este pintor flamenco y de su grupo de maestros y discípulos, pero descubre algo más que está en el subtítulo del libro: cómo cambió la percepción del arte sobre las ruinas del pasado.

Posthumus pertenecía a un grupo de pintores que, en la corte romana de mediados del siglo XVI, cuando el Renacimiento ya ha dado lo mejor de sí, se llamaban con cierto aire despectivo ‘gli fiamminghi’ (los flamencos). Dibujaban y pintaban las ruinas romanas de forma obsesiva, y gracias a sus grabados y obras muchos arqueólogos han podido encontrar edificios y estructuras. Pero esos mismos arqueólogos descubrieron que algunos dibujos eran inexactos. Estaban idealizados y estilizados. Modificaban las ruinas, no se limitaban a copiarlas. Inventaban unas ruinas nuevas para darles otro significado.

Fueron los primeros en fijarse en los vestigios de un pasado muerto como fuente de belleza. Este verano, cuando retraten un yacimiento arqueológico, piensen en ellos.

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