No temíamos a los bárbaros porque pensábamos que los bárbaros éramos nosotros. Los que vinimos del barrio, los que nos colamos en sus universidades, los que nos acostamos con sus hijas, los que escribimos en sus periódicos, los que nos bebimos su vino a tragos largos y los que publicamos los libros que por herencia y biblioteca les tocaba publicar a ellos. Nunca llegamos a desbastarnos del todo ni a sentirnos bien recibidos en sus salones. Aprendimos a vivir fingiendo que no notábamos cómo miraban nuestros pelos y nuestras ropas y cómo tensaban la sonrisa ante nuestra forma de decir mierda, joder y puta. Porque cuando uno de nosotros dice mierda, joder y puta suena a mierda, a joder y a puta; a la mierda que el ayuntamiento no limpiaba de nuestras calles, a fornicio de parque y farmacia de guardia con píldora del día después y a puta de verdad, a las que iban para puta empujadas por los profesores que se empeñaban en fomentar esa vocación con suspensos e indirectas. Cuando ellos dicen mierda, joder y puta suena a cosas de las que han oído hablar pero no se terminan de creer. Yo me entiendo. Y, en el fondo, sé que ustedes también. Nuestras mierdas, joderes y putas eran asertivas. Las suyas, despectivas. Nosotros constatábamos una realidad; ellos la juzgaban.

Pero no le dábamos más vueltas porque teníamos conciencia de bárbaros. Nos gustaba un poco ese rollo. Nos ponía sabernos en el sitio equivocado. Nos gustaba de vez en cuando soltar una carcajada borracha en un momento inoportuno, sacar algunas noches al chico de barrio que fuimos como si todavía nos sintiéramos orgullosos de él. Darles a entender que aún podíamos llamar a un par de colegas que les podían desguazar el coche que acababan de aparcar. Nuestra identidad era la del intruso.

Por eso no temíamos a los bárbaros, porque nos convencieron de que éramos nosotros. Que éramos los simios que habían aprendido a hablar. Los listos de la clase de los tontos que, a fuerza de dejarse las dioptrías poniendo letras unas al lado de las otras, se habían ganado un hueco meritocrático en los salones cuyos porteros no dejaban pasar a nuestros padres. Por eso estamos tan desconcertados. Nunca pensamos que seríamos nosotros quienes sufriríamos a los bárbaros. Nunca pensamos que lloraríamos al ver arder las cortinas de esos salones que nosotros habíamos ido a profanar con el eco de nuestras mierdas, joderes y putas. Estábamos de paso, no era nuestra intención apalancarnos en ningún sillón de orejas. Aspirábamos a ser siempre los mal recibidos, los que estropean la fiesta, los que se fugan al final de la peli con la hija del presidente del country club después de haberla pervertido con nuestra pelvis hipnótica y lumpen.

Y, sin embargo, cuando llegaron esos chicos de Esade con sus MBA y su carita afeitada y empezaron a repartir libros motivacionales (me duele hasta escribirlo) y aparcaron su carromato de elixires milagrosos en la puerta de cada empresa y nos marearon con sinergias y colonias de duty free, nos pusimos a la defensiva. Les reconocimos como saqueadores, pero sentimos que no nos saqueaban a nosotros, ya que los salones de la cultura que frecuentábamos eran, en el mejor de los casos, de alquiler (la mayoría éramos okupas o parientes lejanos que se hacen fuertes en la habitación de invitados). Como venían de escuelas de negocios y parecían llevarse bien con los inquilinos tradicionales de los salones, pensamos que eran de su misma cuerda. Como venían con camisas caras y citaban a Murakami, no reconocimos a primera vista su naturaleza depredadora. No llevaban puesto el casco de conquistador de México. Para cuando nos dimos cuenta de que eran ellos los bárbaros, ya era tarde. Se habían jugado la vajilla y la plata de los salones en la bolsa de Londres y unos chinos se llevaban los platos y los candelabros en cajas made in China. Y ellos se marcharon con sus citas de Murakami y su retórica de vendedores de crecepelo a otros sitios, a seguir saqueando con sinergias y keynotes y mesianismo de start-up y emprendimiento. Y nosotros nos quedamos ahí, en las ruinas de los salones que creíamos haber profanado, con un papel de alta de autónomos en la seguridad social. Sólo entonces supimos que habíamos ido a cuidar esos salones, no a destrozarlos. Que nuestra chulería y nuestra forma de decir mierda, joder y puta eran expresiones de amor. Que amábamos aquel lugar en el que éramos intrusos precisamente porque lo habíamos elegido, y el amor es elegir, como bien sabía Goethe. Los habitantes naturales de los salones eran herederos, y por eso no los amaban, como nosotros no amábamos nuestros barrios.

Ahora, helados de frío entre las ruinas saqueadas de parnasillos queridos, nos lamentamos por no haber sido lo bastante chicos de barrio. Por haber tratado con deferencia y educación a todos esos saqueadores con título de Esade y MBA en no sé qué Business School. Ay, si les hubiéramos tratado como se les trataba en nuestros barrios. Ay, si les hubiéramos arrinconado una tarde en la parte trasera de unos recreativos. Ay, si les hubiéramos citado a la salida del insti en el parque sin navajas ni golpes por debajo de los huevos. Eso tendríamos que haber hecho, sacar a pasear nuestro talante bárbaro para desenmascarar a los verdaderos invasores.

Pero ya es tarde. Se han largado con sus carromatos de crecepelo y sólo oímos sus carcajadas allá a lo lejos. Y creíamos que los bárbaros éramos nosotros.

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