Nueva entrega de la serie dominical publicada ayer en Heraldo de Aragón.

Recaigo en el vicio de traer una novedad de 2014 a esta pequeña lista de lecturas para el verano (que no necesariamente veraniegas). No me lo tengan en cuenta: la recaída está en la naturaleza de los vicios. Hoy les quiero hablar de una novela que empieza en una playa durante un verano austral. Un niño que casi se ahoga. Unos padres que no se dan cuenta. Un recuerdo infantil borroso. Una historia confusa de culpas y tragedias que pudieron pasar o fueron inventadas. La novela se titula así, ‘La parte inventada’, y la firma un autor argentino afincado en España al que quiero mucho, como lector y como persona: Rodrigo Fresán.

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Dirán que los afectos de quien manda en esta ciudad pixelada no son relevantes para el juicio literario, pero estarán muy equivocados si piensan eso. Miren: yo fui fan de Fresán mucho antes de conocerle. Devoré sus libros y me quedé un poco idiota, alucinado por su ritmo y su prosa siempre al borde del atragantamiento. Luego, le conocí y le traté y compartí mesa y mantel y chistes con él. Y eso, pensarán ustedes, es una suerte: el ‘groupie’ conoce a su ídolo y su ídolo le trata de tú a tú, con respeto artístico e intelectual. ¿Qué más quiere el ‘groupie’? Pero eso es muy peligroso, porque la mayoría de los ídolos devienen peleles soberbios y mequetrefes petulantes tras el primer apretón de manos, y yo no quería que mi querido Fresán se me cayera del pedestalito donde le tenía puesto. Pero no solo no se cayó, sino que me pareció un tipo entrañable. Descubrí que era como sus libros. Es decir, que su literatura era él, no una impostura más o menos trabajada. Porque yo aguanto mal las poses artísticas. Y esto es importante que lo sepan. A mí me gusta saber cuánto hay de carne en las novelas de un escritor que me gusta.

Por eso, el propio título es ya una provocación. ‘La parte inventada’ presupone que hay una parte en las novelas que no es fabulación. Pero otra parte que sí. O no. Puede que la parte inventada sea la verdadera, y viceversa. No les voy a engañar, es un libro complejo, como todos los suyos. Con muchas capas, vueltas y revueltas, lleno de referencias que puede que entiendan a medias. Sé que no les estoy invitando muy bien a la lectura, pero prefiero que vayan sobre aviso. Es una novela protagonizada por un escritor patético y está llena de metaliteratura. Pero es también, y esto es una novedad en su narrativa, una novela sobre la paternidad. Hay una mirada a los hijos desde la propia infancia, con momentos de enorme belleza e intensidad. Uno de los mantras del libro dice que los padres solo se atreven a mirar fijamente a sus hijos cuando estos duermen, porque si los niños sorprendieran esa intensidad en los ojos de los padres, no lo soportarían, les aterrorizaría la fiereza de ese amor.

Y yo leo cosas así y me cuesta sostener el volumen. Se me arrugan las páginas. Porque, si ustedes son padres, seguro que saben de qué mirada habla Fresán. Y si no lo son, pueden imaginársela y sentir su escalofrío nocturno y maldormido.

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