Nueva entrega de la serie publicada ayer en Heraldo de Aragón.

El 31 de agosto es un día triste. Melancólico. The Doors cantaban una canción titulada ‘Summer almost gone’ (El verano casi se ha ido). Que el 31 de agosto caiga en domingo solo puede atribuirse a una canallada propia del inventor de los calendarios. Un subrayado innecesario, lo que en literatura se llama un pleonasmo. Como si el fin del mundo cayera en viernes o como si la novia nos abandonase el día que nos va a despedir al aeropuerto. Una despedida cada vez, no las amontonen, por favor.

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Sé que hablar de libros del verano cuando ya la mayoría de ustedes piensa en ponerse la cara de invierno es un poco inoportuno, pero me niego a adelantar el otoño. Por eso he reservado para el final el plato fuerte. La recomendación más obvia y a la vez más atrevida de todas cuantas he hecho este verano. Hablo de Marcel Proust, claro. Quizá, junto a James Joyce, el novelista más citado y menos leído en proporción a sus citas.

Me quedaré en el primer tomo de los siete que componen ese monumento inagotable titulado ‘En busca del tiempo perdido’: ‘Por el camino de Swann’. Sobre todo, la primera parte de ese primer tomo, que transcurre en Combray, un pueblo del Loira. Porque toda la obra de Proust es una sublimación de la memoria, es un trabajo obsesivo del recuerdo y una reflexión implícita sobre la nostalgia y la forma en que lo recordado nos conforma el presente y el futuro. Y eso, por muy abstruso que suene, es absolutamente veraniego. ¿Qué hacemos en esas largas tardes de tumbona y sombrilla sino masticar sabores de otro tiempo, revivir todas las personas que fuimos? Proust escribió esta novela tumbado. En el fondo, no era más que un veraneante, y su novela, una siesta espesa de agosto.

Porque el verano es la época en la que uno vuelve al pueblo, y en el pueblo está el fantasma del niño que fuimos. Todos tenemos una magdalena que se abre como un origami al rozar el té. Ya saben de qué va la historia: en una habitación, en plena noche, el escritor se encuentra con las sensaciones de cuando era niño en la casa de veraneo de Combray. Recuerda sus sentimientos de niño hipersensible y enfermizo, y reconstruye (o inventa) un mundo ya desaparecido, el de la Francia aristocrática de finales del siglo XIX. Lo evoca en torno a la Primera Guerra Mundial, y sigue escribiendo mientras caen bombas en su Francia verde, ciclista y llena de sombras de muchachas en flor. Y eso lo hace mucho más interesante. Saber que mientras Europa intentaba uno de sus muchos suicidios fallidos pero casi logrados, un escritor enfermizo yacía rodeado de cuadernos llenos de recuerdos de los salones y paseos de las grandes familias de París, me reconforta. Quiero creer que ahora, mientras Europa ensaya su enésimo suicidio, alguien escribe febril y encamado, ajeno a los periódicos, a la crisis, a todo y a todos, atento tan solo al despliegue de sus propios recuerdos. Mientras eso suceda, habrá esperanza para la literatura, que es lo mismo que decir que habrá esperanza para la sociedad occidental. Pero eso lo cuento otra semana, cuando el verano se haya ido del todo y nos toque ponernos serios.

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