Una de las ventajas de ser escribidor (para algunos, desgracia, porque les obliga a leer) es que tu yo lector se relaja un poco. Ya no buscas tanto como antes porque te encuentras las cosas sin grandes esfuerzos. Ya no palpas a ciegas en el fondo de las librerías para descubrir autores nuevos fuera de todos los radares. Cuando eres un escribidor que va por ahí respondiendo preguntas sobre tus libros, te tropiezas con otra gente que escribe a la que, por pura simpatía, acabas leyendo. ¿Cómo no echar un vistazo a la novela de ese chaval con el que te lo pasaste tan bien la noche de la presentación de fulano? Es cierto que da mucha pereza a veces, y que sientes que lees por compromiso, mirando de reojo e impaciente otras lecturas mucho más apetecibles que aguardan turno en la pila de pendientes. Y es cierto también que muchas veces acabas hundiendo la nariz en libros infames, de presunta autoedición encubierta, horriblemente empaquetados por editoriales de las que no has oído hablar nunca (y mira que es difícil, llegado a cierto punto, que se me escape a mí un sello español). Textos pésimos de los que no quieres dar ninguna opinión, a los que respondes con un silencio misericordioso (a no ser que su autor se empeñe en saber qué te ha parecido; los escritores, en nuestros comienzos, somos muy aficionados al masoquismo). También hay lecturas que ni fu ni fa. Y libros a los que te niegas con delicadeza porque ves que no.

Pero, de vez en cuando, surge la chispa. Das con un libro en el que jamás habrías reparado si el azar no te hubiera cruzado una noche con el autor. Un libro que leíste porque te cayó muy bien quien lo firmaba, porque te pareció alguien interesante. Libros que te encuentras gracias a que eres escritor y tu condición de tal te los ha puesto delante. Cada vez pasa más. Cuanto más te metes en la cosa literaria, menos buscas y más encuentras. Y no hablo sólo de los libros que te regalan, que también. Yo debo de ser raro, porque suelo comprar muchos libros de gente que me ha gustado. Vengo entusiasmado de conocer a alguien en un viaje y lo primero que hago al llegar a casa es hacerme con uno de sus libros. Puedo tardar meses en leerlo, pero lo compro compulsivamente, sin mirar ni el título.

Eso me pasó con Mercedes Álvarez. Mercedes lleva los temas literarios del Centro Cultural de España en Buenos Aires, y como tal fue mi cicerone cuando me invitaron a presentar La hora violeta en el Día de España de la Feria del Libro de Buenos Aires. Tuvimos buen rollo. Cuando la conocí en persona, después de meses escribiéndonos mails, supe que íbamos a congeniar. Porque yo me había hecho a la idea, por mis prejuicios, de que sería la típica experta en cosas literarias, la filóloga desaliñada y torpona, tímida y miedosa que se pone piripi al segundo vino y está deseando cortar la conversación para encerrarse en su casa a leer en los versos de Salinas todo lo que su personalidad apocada no le deja vivir , sofisticada, brillante, noctámbula, de conversación inagotable, de esas que te tumban en la discusión más dura y con las habilidades sociales y seductoras de una Mata Hari. Qué quieren, llevaba doce horas de viaje en avión, son muchas horas para refinar los estereotipos. Pero resultó que no. Yo ya sabía que no, porque nunca confío en mis propios prejuicios, pero no dejó de sorprenderme encontrarme con una chica tan moderna, con un look cuidado y extravagante, ciertamente dandi y un poco agresivo (¿desvergonzado, quizás?). Con actitud chula y un poco altiva. Inteligente, claro, y con rotundas opiniones literarias de las que no escapaba ningún autor. Hacía bien su trabajo: su conocimiento de la literatura española actual era imponente. Me sentí muy honrado de que se hubiera fijado en mí para llevarme a la feria.

Tras mi presentación, me llevó a cenar. Yo estaba hecho trizas entre el jet-lag y las entrevistas y los nervios del sarao, pero pedimos una botella de vino y, tras unos tragos, nos animamos. Hablamos de literatura, cómo no, y recuerdo que me contó con detalle un cuento largo en el que estaba trabajando. Me gustó el planteamiento y, medio borracho y cansado como estaba, me atreví a sugerirle que desarrollara un par de líneas de la trama y le diese más recorrido a un personaje.

—Así —le dije—, te sale una nouvelle de ciento y pocas páginas y ya tienes algo que puedes mandar a un editor.

Mercedes soltó una carcajada:

—Típica respuesta de novelista. ¿Por qué os empeñáis en destrozar los cuentos, que tienen su tiempo y su extensión? ¿Por qué no sabéis apreciarlos como lo que son? Para vosotros no son piezas acabadas, sino bocetos de novelas. ¿Por qué siempre estáis pensando en cómo estirar los hilos de las historias hasta romper todos sus efectos?

Y yo pensé: típica respuesta de cuentista. Y de poeta. Cegada por lo formal y con mentalidad de orfebre, demasiado atenta al detalle como para apreciar las posibilidades del desarrollo narrativo.

Salimos un par de veces más (lo que incluyó una conversación beoda sobre destino y psicomagia en un bar de cócteles de Palermo) y creo que nos lo pasamos muy bien, creo que dejé a una amiga en la ciudad. Así que, aunque me regaló su último poemario, a la vuelta me hice también con Historia de un ladrón, la novela que había publicado en 2010 en la editorial Caballo de Troya. La puse en mi inmensa pila de lecturas imposibles, donde ha dormido hasta este fin de semana.

historia

Tras un falso comienzo que el editor (y la propia autora) han debido de intuir también como falso (esto es: que el libro puede prescindir de él), ya que han colocado el bueno como reclamo en la segunda solapa, me encuentro con el verdadero arranque de la historia: «Años después, cuando volvieron a encontrarse, el padre lo miró muy largo, como nunca lo había hecho durante su infancia.» Para mí, esa es la primera frase. Sé que hablo como un novelista empeñado en buscar trucos baratos para interesar al lector y obligarle a seguir leyendo, pero nadie puede negar que es un comienzo fantástico y prometedor. In media res, como son los grandes comienzos. Con dos planos temporales ya trazados de una sola vez, estableciendo la relación y el conflicto entre los personajes, conteniendo además el planteamiento, el nudo y el desenlace. La frase marca el tono del relato y lo condensa a la vez. Todo el libro no es más (no ha de ser más) que la disipación ordenada de lo que se concentra ahí.

Y, para colmo, tiene un cierto regusto a García Márquez. La primera frase de una novela es como el aroma de un buen café: ha de anticipar y contener el placer posterior, además de remitir a todos los mundos de los que procede el relato.

Pero esta primera frase está en la página 24. Ya sabemos muchas cosas de la historia cuando llega, y su efecto se diluye un poco. Aun así, si hemos llegado a la página 24 es porque el libro lo merece. La nouvelle, poco más de cien páginas, es rara y bella. Sabia y atrevida a veces. Una sorpresa, sí, para qué engañarles. Entiendo qué vio el editor al apostar por ella. No entiendo por qué su autora no ha tenido más recorrido. De momento, las cosas que no entiendo superan a las que entiendo.

He usado el muy trillado verbo arrancar para referirme al comienzo de la acción narrativa, pero aquí su uso era deliberado: Historia de un ladrón arranca porque es una road novel, y los viajes por carretera arrancan, no empiezan, de la misma forma que arranca On the Road, de Kerouac (en el rollo mecanografiado original empieza “I met met”, lo que muchos atribuyeron a una errata, pero no, ese “met met” es una aliteración que refleja el arranque de un motor de combustión interna, una señal sonora de que el viajero ha echado a rodar). Este libro es un viaje al sur, al sur de Argentina, pero a un sur también metafórico, con fríos metafóricos y pueblos destartalados metafóricos. Un ladrón, un hombre perdido, va a dejar a su hijo de diez años con su hermana. Lo abandona. Una parte de él sabe que no lo volverá a ver más, pero no puede mantenerlo a su lado en esa vida nómada de atracos y fugas. Su hermana es una buena mujer que vive en el sur. Una mujer que cuidará de él, que lo llevará a un colegio.

Uno de los méritos de esta novela breve es que utiliza un imaginario muy sobado, muy arquetípico (el de los fugitivos, el de la huida) para sacarlo de su contexto natural, la épica, y narrarlo en clave lírica e intimista. Con sobriedad de frase breve y cortante, no se engañen, pero minimalista. La acción no existe en realidad. Salvo al final, todo es interior, intimidad, silencio, sentimientos que no se expresan, añoranzas por mundos que no se conocen. Todo muy quedo, muy susurrante, como los hoteles tristes de pueblo en los que se hospedan el padre y el hijo. Un padre que no quiere abandonar a su hijo y un hijo que no quiere ser abandonado. Un padre que sacrifica su amor por su hijo para que tenga una vida y un hijo que no concibe más vida que estar junto a su padre.

¿Me habría acercado a esta novela de no haber cenado un par de noches con su autora? No. Es probable que no supiera de su existencia. Salió en un sello cuyas novedades no suelo seguir, que por aquel entonces (2010) ni siquiera tenía presupuesto para promoción (por lo que sus libros sólo eran noticia para los fans incondicionales de la editorial), y es probable que el título, el nombre de su autora y aun la sinopsis, de haberlas encontrado por casualidad, me habrían dejado frío. Habría comprado cien libros antes que este. Ningún librero me lo recomendaría (de nuevo, porque los comerciales del grupo editorial donde está no hacían labor de promoción ante las librerías) y no creo que llegara a leer ninguna reseña. Y, sin embargo, creo que un lector como yo merecía conocer este libro. Merecíamos encontrarnos, el libro y yo. Pero quizá todo lo anterior sean viles excusas. Quizá fuera culpa mía. Quizá un lector como yo debería de haber estado al tanto de un libro como este. Pero, ¿cómo?

Dicen que en España se publica muchísimo, y es cierto. Pero, en realidad, hasta los lectores supuestamente informados, hasta los enfermos de la literatura, tenemos problemas para traspasar la primera línea de prescripción. Se publica mucho, pero sólo unos pocos títulos llegan a nuestros oídos mediante reseñas, entrevistas y sitio en la mesa de novedades. Pocos, muy pocos. Y si hay, entre la gran masa de novelas que no nos llegan, pequeñas gemas como Historia de un ladrón, alguien lo está haciendo muy mal. Y no señalo necesariamente a la industria ni a la prensa ni a nadie. Quizá me señale sólo a mí mismo. Quizá somos nosotros, los lectores, los que nos equivocamos al no insistir en rebuscar en la parte de atrás de las librerías. Se quejan los libreros de que ya casi no hay librerías de fondo, pero es posible que hayan desaparecido porque ningún lector se aventuraba ya a escarbar en ellos, satisfechos y empachados tras pasar los dedos por las mesas de novedades de la entrada.

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