[Empiezo aquí una serie de entradas disparatadas con lo que estoy viviendo estos días con mi nuevo libro. Van en diferido, porque no siempre están escritas en el momento, pero su orden es cronológico. Este primer texto corresponde a la presentación en Madrid, el pasado 24 de septiembre.]

DÍA 1. MADRID

Para Edu Galán, hacedor de amigos

Así empezó todo, en el hotel donde hice las entrevistas en Madrid. A mi lado, Carlota del Amo, jefa de prensa de LRH, recibe de mis enormes y torpes manos una Virgen del Pilar de goma y con pito. Comprada, claro está, en la Plaza del Pilar, y bendecida como corresponde. Bajo su advocación nos encomendamos a promocionar la novela.

Así empezó todo, en el hotel donde hice las entrevistas en Madrid. A mi lado, Carlota del Amo, jefa de prensa de LRH, recibe de mis enormes y torpes manos una Virgen del Pilar de goma y con pito. Comprada, claro está, en la Plaza del Pilar, y bendecida como corresponde. Bajo su advocación nos encomendamos a promocionar la novela.

En corral ajeno me dijo Víctor Manuel que se sentía, como si no se pudiera irrumpir en otros corrales, como si las cosas del cantar y las cosas del contar no pudieran cruzarse. Me lo dice a mí, que me canso de pasarme la vida dando explicaciones y que vivo pisando corrales ajenos, porque todos me lo parecen, porque aún no he reconocido ninguno como propio. No le replico que la gente como nosotros (porque venimos a ser lo mismo, gente de pueblo o de barrio, arribistas de una cultura que preferiría no tratar nunca con nosotros) no tiene nunca corrales en propiedad. Al menos, no los tenemos escriturados. Ocupamos parcelas que estaban pensadas para otros y nos instalamos en ellas mientras nadie se atreve a echarnos a perdigonazos, hasta que la fuerza de la costumbre, los hechos consumados, nos las otorgan en propiedad. Pero eso es porque ya nadie se acuerda de quién era el amo de esas tierras. No se lo digo, pero sé que Víctor Manuel sabe que no hay corrales propios para nosotros. Ni siquiera para él, que ha hecho de su corral latifundio. Y es esa impertinencia genial que ha hecho de su figura un mito la que le permite sentarse a mi lado una tarde de septiembre en la librería de los modernos malasañeros a hablar de cosas que repelen a los modernos malasañeros. Porque esa tarde somos antipop. Somos puro folk, pero folk del de verdad, sin imposturas ni recreaciones, folk del que da pudor mirar a la cara por si el ojo se pierde en una arruga de viejo satisfecho.

Acude un buen puñado de gente. Muchos escritores, muchos amigos. Me emociona verlos, pero tengo que aparentar que no mucho. Hay compañeros de viaje, gente que sabe lo que me he dejado en el camino porque lo han hecho conmigo o lo han recorrido antes que yo con parecidos tropiezos y enganchones en las zarzas. Escritores a los que admiro sin decírselo, y hasta una Belén Gopegui que se aparece fantasmal en mitad del acto junto a la puerta, para desaparecer tan espectral como vino, sin que pudiera darle dos besos. “Belén me ha dicho que esta presentación sí le ha gustado”, me dirá después Carlota del Amo, jefa de prensa de la editorial. Frase enigmática, que dice más de las otras presentaciones a las que ha ido que de la mía. Casi me gusta que Gopegui haya hecho una transmigración de su propio cuerpo, porque así permanece mítica en mi cabeza. Con su melena blanca y su mirada ceñuda, tan interesante, tan intocable. Ella no lo sabe o no lo recordará, pero la conocí hace años en Jaca (que ya es desgracia, irse a Jaca a conocer a alguien, cuando lo normal es ir a Jaca a desconocerse), en una época en que yo gastaba una barba que no era aún de escritor, ni siquiera de escritor en potencia. Ella estaba invitada a un curso de verano sobre literatura española actual al que yo me apunté porque aún creía que merecía la pena apuntarse a cosas. Y por algún azar extraño, acabé formando parte de un grupito que tomaba copas con los escritores invitados en una terraza de Jaca. Belén estaba enfrente de mí, junto a su marido, Constantino, y nos miraba beber como bendiciendo nuestra animalidad, condescendiendo a nuestros impulsos de mamíferos. Yo sentía que Belén estaba por encima de toda esa plaza. No por altivez ni por un orgullo pedante, sino por justicia. Tenía una presencia ante la que sólo cabía pedir perdón. Y, si no hubiera sido tan tímido, se lo hubiera pedido. En vez de eso, bebí mucho y me emborraché y sucumbí a mi ser mamífero más elemental, como solía, sin intentar siquiera demostrarle (a ella y al resto de estupendos escritores allí reunidos) que podía elevarme un poco sobre mi animalidad. Para qué. Ella no lo recordará. Nadie recuerda a un asistente a un curso de verano que dice muchas tonterías sobre la literatura cuando le sacan el tercer gintonic, pero yo sí me acordé de ella aquella noche lejana cuando apareció de repente al fondo de la librería mientras yo hablaba, y perdí un momento el hilo del discurso, aunque nadie pareció darse cuenta, ni siquiera Víctor Manuel, que me escuchaba como si las frases que salían de mi boca tuviesen una lógica y una gramática impecables.

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Antes de eso, Víctor sacó una libreta de hule, la abrió y se inclinó sobre unas páginas de caligrafía pulcra y apretada. Leyó un texto que me dejó casi sin reacción. Un texto sobre la impresión que mi literatura le había causado, sobre los puentes de identificación, sobre su Madrid y el mío, tan distintos ambos de ese Madrid malasañero en el que estábamos. Al terminar, como notó Manuel Jabois en la crónica que sacó unos días después en El Mundo, bajó la cabeza en una timidez inverosímil, y todos allí reprimimos las ganas de abrazarle. Porque ante alguien como Víctor Manuel sólo cabe el abrazo. Luego hablamos, ensarté las tonterías habituales y la charla fue fantástica y consumió el tiempo sin dejarse notar en los culos pegados a las sillas.

Hacia el final, Alberto Olmos levantó la mano para preguntar, y yo pensé que me iba a preguntar algo muy difícil que sería incapaz de responder. Porque Olmos quizá piense que yo pienso mi literatura cuando para mí escribir es una cosa tan de sin pensar. Si pensara, no escribiría. Escribo porque no lo pienso. Y con otro puedo inventarme discursos estéticos más o menos creíbles, pero a Olmos no le engañas con cuatro fintas de lógica elemental. A Olmos hay que darle sustancia teórica, que se note que has estudiado para el examen. Olmos es un teólogo literario, y yo le respeto como tal, pero prefiero que intimide a otros mientras yo aplaudo desde la grada. Por suerte, me preguntó algo sobre la influencia del periodismo en mi prosa. Me lo puso fácil, se lo agradecí. A Alberto le ha gustado mucho mi novela y fue el primero en decirlo públicamente, en una reseña que me hizo bizquear en cada párrafo.

No me está cantando al oído, pero casi.

No me está cantando al oído, pero casi.

Sentí mucho no seguir la costumbre de otras presentaciones y acabar todos a cuatro patas en algún antro apurando el agua de los tiestos, pero Carlota, con esas dotes de institutriz amigable que tienen muchas jefas de prensa (y que constituyen su virtud profesional más apreciada), nos llevó a un pequeño grupo hasta el restaurante donde había reservado mesa. No nos íbamos a llevar a Víctor Manuel, a sus años, a que le contagiaran una salmonelosis en cualquier tasca del barrio. Víctor merecía el reposo de una cena con sumiller, se lo había ganado (y yo también, qué coño). Así que me despedí a la francesa, lamentando no haber compartido más vinos y charlas con Olmos, con Eduardo Laporte, con Marta Sanz y Chema, con Carlos Granés, con Pilar Álvarez, con mis amigos de toda la vida Dani, Chela y Julio, con Alberto de Frutos, con Elvira Navarro, con Luisgé Martín, con Goyo y Ana, de Hispabooks, con Recaredo Veredas, con Andrés Pérez Perruca (que se encontró allí a Fran Nixon y supongo que hicieron algo de piña pop), con María Frisa y Ángel Gracia, y con tanta y tanta gente querida a la que sólo pude dar abrazos de refilón o ni siquiera eso y cuya cita omito sin perdón de dios pero amparándome en mi espesura cerebral. Hay algunos de cuya presencia sólo supe después por testigo interpuesto. Con todos me disculpo ahora, pero en el restaurante no aguantaban más la mesa. Se puede hacer enfadar a cualquier institución, pero los hosteleros son implacables, no admiten desplantes.

Lo demás lo contó Jabois en El Mundo. A traición, como cuentan las cosas los cronistas que saben serlo. No se avisa de los artículos. Se lanzan, y punto. Y luego ya se asumen las enhorabuenas o se celebran las broncas y las querellas, pero los cronistas de verdad nunca te preguntan si te parece bien salir en su crónica, porque tu opinión sobre si te apetece o no salir en ella puede estropear la crónica en sí, la mancha con algo ajeno a ella. ¿Qué le importa a la crónica que tú quieras salir en ella o no? ¿Qué le importa lo guapo o feo que tú aspires a salir en los papeles?

De izquierda a derecha: Edu Galán, Manuel Jabois, Myself, Víctor Manuel, Cristina, Melca Pérez, Carlota del Amo y el amable dueño del restaurante que tenía ilusión por retratarse con Víctor.

De izquierda a derecha: Edu Galán, Manuel Jabois, Myself, Víctor Manuel, Cristina, Melca Pérez, Carlota del Amo y el amable dueño del restaurante que tenía ilusión por retratarse con Víctor.

Esto dijo Jabois, y yo lo pego aquí porque no sé decirlo mejor (el artículo original, pinchando aquí).

En Tipos Infames presenta libro Sergio de Molino, escritor de La hora violeta y ahora de Lo que a nadie le importa en Random House. Son dos libros que hablan de su familia, y como siempre dirigen a la literatura, porque qué le puede importar a alguien lo que pase en la familia de un señor de Zaragoza. Pues depende de cómo lo escriba, de la misma manera que a quién le va a importar un tipo que se despierta convertido en insecto, y que además es mentira. Sergio del Molino es un desaprensivo que tiene mucho valor porque escribe primeras frases duras, impactantes. Normalmente alguien con dos dedos de frente nunca empieza tan arriba, salvo que esté loco o tenga mucha confianza en sí mismo, que es parecido. A Sergio esto le sale bien de momento, y ya son dos libros, así que lo que pase después ya no es cosa suya: lo importante son las primeras frases y los primeros libros, y esa mujer alta junto a él que avanzada la noche lo protege con delicadeza extendiendo los brazos como alas; me despido de ellos en Barquillo como si estuviésemos en Barajas. A Sergio lo presenta Víctor Manuel, que sigue envejeciendo para atrás. Viene de llenar en Gijón y se encuentra en la librería Tipos Infames una audiencia a la que lee un texto inteligente y hermoso, que cierra bajando la cabeza con tanta timidez que alguien le pide que cante.

Antes de que empiece el acto me presento a Sergio y le digo que enhorabuena por su éxito, y me mira con cara de loco porque es su segunda novela y aún no la leyó nadie. Yo pienso que el éxito nunca es lo conseguido sino tener lo suficiente para conseguirlo o no, y luego lograrlo ya es secundario. Sergio tiene escritura para ser lo que quiera, pero que después lo sea a mí ya me da igual y a él le tendría que dar aún más. Enhorabuena por tu éxito, le digo a Sergio como si en lugar de una cerveza sostuviese entre las manos, como un bautizado, un chorrito de Moet. Éxito es que un tipo tenga talento para hacer cosas importantes, independientemente de que las haga o no. Yo no leí aún el último libro de Sergio del Molino, pero sí el primero y es un libro que pueden escribir pocas personas en este país, en primer lugar porque hay que vivirlo y en segundo porque hay que escribirlo, y es aún más difícil lo segundo siendo tan duro lo primero.

Una cosa importante para los novelistas es que no se conviertan en millonarios. Los buenos están en la clase media y deben de ser cuatro. Los millonarios y los pobres acaban en la calle. Hay gente que se deja llevar y acaba escribiendo cosas maravillosas que luego adecentan por miedo a vender demasiado; además de pasar por comerciales, con la reputación que da eso, ganarían tanto dinero que lo primero que harían sería estropearse de la peor forma, normalmente muriendo. Esa tensión, ese equilibrio casi de esteta, ese pasearse al borde del éxito de masas y al mismo tiempo al borde del ridículo lo pueden hacer muy pocos y constituye todo un mérito. Recuerdan a Usain Bolt imponiéndose marcas entre 9,80 y 9,95 con más miedo a batir el récord del mundo que a quedar descalificado.

Cuando acaba la presentación nos vamos de cena unos pocos. Allí digo, ya consciente de que no tenía que haber sido invitado, sin nada que perder, que Íñigo Errejón es el hombre más inteligente de Podemos y uno de los más listos de España, y que la peor frase de la historia de la humanidad la pronunció Beatriz Talegón cuando dijo que no viajaba en primera clase «por principios». Todo lo que digo lo creo, y cómo acabaría la cosa que una de las presentes, entrada la noche, me dijo: «Mira que desmitifiqué a mucha gente al conocerla, pero lo tuyo está siendo brutal».

Desmitificándonos en Malasaña.

Desmitificándonos en Malasaña.

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