DÍA 2. ZARAGOZA

El día dos es en realidad el tres o el cuatro, porque las etapas de esta promo no son de un solo día, pero reduzcámoslo, Reducido, todo es mejor. Lo sabemos quienes hacemos caldos y salsas y lo sabían los jíbaros. Así que obviaré la resaca espantosa que arrastré por todo Madrid en otra jornada de entrevistas. Obviaré que aproveché para comer con mis queridos Ernesto Pérez Zúñiga y Juan Carlos Chirinos en un italiano de la calle Libertad y que Edu Galán me mandó un wasap para que fuera a comer al Thyssen y yo me excusé poniendo al pobre Pérez Zúñiga de escudo (“es un poeta sensible, no le puedo llevar a una de vuestras comidas en el Thyssen, me lo vais a romper”) y obviaré que acabé bebiendo agua mineral en la terraza del Círculo de Bellas Artes rodeado por escritores venezolanos que me advertían sobre el apocalipsis chavista.

Llegué a Zaragoza muy cansado, pero con la tranquilidad de jugar en casa, bien dispuesto para las entrevistas. La primera me tocaba bien de mañana en la tele, pero la chica de maquillaje ya me conoce y sabe cómo camuflar mis ojeras. Me saca como si hubiera dormido de un tirón y el café de la máquina fuera bueno. Creo que ni siquiera mi querida Iguázel Elhombre me notó demasiado hecho polvo en la reunión de dos horas que tuvimos para cerrar flecos de un proyecto muy bonito que vamos a hacer juntos y del cual daré noticia muy pronto. Llegué casi entero a la siesta y desperté de ella como un semidios griego (en calzones, claro).

Probando, probando... Foto: Vicente Almazán (que tuvo la gentileza, una vez más, de documentar en blanco y negro el sarao. Gracias, Vicente).

Probando, probando… Foto: Vicente Almazán (que tuvo la gentileza, una vez más, de documentar en blanco y negro el sarao. Gracias, Vicente).

Me presentaba Mariano García, que apareció nervioso y con una americana comprada para la ocasión. En menudo fregado metí al pobre Mariano. Yo creía que no me iba a presentar, que se iba a excusar, porque a él le gustan más los segundos planos, es hombre de bambalinas. Pero me dijo que sí al segundo de proponérselo. Y eso que se lo puse fácil para negarse. A mí me hacía mucha ilusión que me presentase él. Ha sido alguien muy importante en mi carrera. Ha sido el cuasiprimer lector de casi todos mis libros, y aunque no siempre he seguido sus consejos, todos me han hecho pensar, todos me han ayudado a darle vueltas a mis libros, a no darme por satisfecho. Es un lector sagaz, un devorador de papel, alguien con quien da gusto charlar de literatura. Lo conoce todo. Pero no son esos los méritos que me hicieron pedirle que me presentara la novela. Se lo pedí, en realidad, por las mismas razones por las que se lo pido a todo el mundo: afecto y admiración.

¿Saben aquel que diu...? Foto: Vicente Almazán.

¿Saben aquel que diu…? Foto: Vicente Almazán.

Mariano (lo dije en el sarao) fue quizá la única persona de todo el periódico que no se reía de mí cuando me atrevía a confesar que yo, en realidad, quería ser escritor. Es una historia por escribir, y puede que no la escriba nunca, pero yo era un bisoño melenudo en una redacción machorra y hostil donde aún estaba bien visto beber vino a media tarde. No es que Mariano me acogiera en su seno. Allí no había senos que valieran, pero el respeto que me concedía, incluso cuando era sarcástico (y el sarcasmo es en Mariano un arte) me ayudaron mucho. Además, es un periodista de los que ya no quedan. Un maestro en el sentido clásico del término: alguien no sólo docto en su oficio, sino con capacidad para transmitir su pericia a las nuevas generaciones. Lástima que se haya roto esa correa de transmisión. Yo la gocé. Yo aprendí de él. Me gustaría, algún día, ser la mitad de buen periodista de lo que es él. No llevo buen camino, la verdad.

Ay, Mariano, que me sonrojo. Foto: Vicente Almazán.

Ay, Mariano, que me sonrojo. Foto: Vicente Almazán.

Al Siete de Copas, el bar que escogimos por su cercanía a Portadores de Sueños, cuyo aforo se iba a quedar pequeño (como así fue) , se acercaron muchos buenos amigos. Cuando me tocó decir ese ya tópico de la cantidad de escritores que hay en Zaragoza, tuve el orgullo de decirlo delante de unos cuantos de ellos: Manolo Vilas, Daniel Gascón, Ismael Grasa y otros sospechosos habituales. Miguel Mena hizo una cosa muy de pueblo: avisar de que no se me oía atrás. En realidad, fastidió a los zagueros, porque cambié de micro y pudieron oírme, no les quedó más remedio que escuchar mis sandeces. Además, no les sirvió para escuchar al protagonista involuntario de la velada: mi hijo Daniel. Contenido a duras penas por los largos brazos de su madre (esa mujer de brazos largos, como la describiría Jabois en su crónica unos días después), se escapó, alcanzó la tarima y me preguntó: “¿Qué estás diciendo, papá?”. Es una pregunta clásica suya, pero no sé cómo se las arregla para que siempre suene pertinente. Ya lo escribí en otra parte: aquello fue una escenificación del espíritu de mi novela. Quizá porque Daniel ya da por supuesto, dado que su madre y yo así lo hemos establecido, que siempre va a tener una respuesta a sus preguntas. Aunque la respuesta sea un sincero “no lo sé”. Pero nunca se va a quedar con “a ti no te importa” o “calla, niño”, esos clásicos de la pedagogía del cinturón y la copa de brandy. Por eso, quizá, nunca escribirá un libro como el que yo he escrito: no le daremos motivos. Podrá escribir otros, pero esos silencios no los va a sufrir.

¡Anda, vete por ahí! Foto: Vicente Almazán.

¡Anda, vete por ahí! Foto: Vicente Almazán.

Acabamos borrachos, como era de esperar. Mariano no, porque no quiso seguirnos. Su sensatez es proverbial. Pero algunos desgraciados acabamos dándole a la liturgia del gintonic en alguno de esos cafés monísimos que ya son una peste de cuquería y que (espero) pronto sucumbirán ante una nueva moda. Personalmente, deseo que esa moda tenga que ver con ángeles del infierno y Motorhead. Ojalá el nuevo hipster sea el viejo heavy. Nos estaría bien empleado a todos.

Mientras tanto, pido que no se pasen con el cardamomo y brindo con mi amigo Santi, mi viejo amigo Santi, que se unió al grupo al final, por muchos años de amistad. Le destaco a él porque le quiero mucho y, como somos muy machotes, nunca nos lo decimos. Aunque estaba cansado y borracho (y aun resacoso de la paliza de Madrid), tuve el atisbo de conciencia suficiente para echar un vistazo a la mesa de la boîte y reconocer en ella a gente a la que quiero mucho. Amigos que, un libro más, me acompañan y brindan y se alegran de verdad.

Amigos que, también, se creyeron que Cristina y yo nos íbamos a casa, acompañados por el gran artista Óscar Sanmartín, que vive cerca de nosotros. Ninguno supo que les obligué a desviarnos hacia El Timple, probablemente el burguer más guarro de cuantos burguers en el mundo ha habido (pero también el que más tarde cierra), y les obligué a contemplar cómo devoraba uno de sus camperos con hamburguesa. Es mi ritual antirresaca. Es mi forma colesterolosa de celebrar el parto de mis libros. No se lo digan a mi médico.

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