DÍA 3. SEVILLA

Peor, mucho peor que coger un tren a las siete de la mañana es que tu asiento quede encajonado junto a seis señoras de Zaragoza orgullosas de hacer el bien y que presumen de saberse el directorio de parroquias y curas de la ciudad como un forofo del Madrid se sabe las alineaciones de hace cincuenta años. Sevilla queda lejos, aunque parezca cerca en el AVE, y las señoras se bajan en Córdoba, pero a mí tanto me da, porque Córdoba también está muy lejos y a mí me duele la cabeza porque no he dormido apenas y aspiro a echar una cabezada entre Calatayud y Ciudad Real, pero no lo consigo porque las seis señoras, al parecer acostumbradas a madrugar para no perderse ni una sola de las misas celebradas en la ciudad de Zaragoza (y entusiasmadas ante la idea de conocer las parroquias de Córdoba, con curas nuevos de acento exótico y hostias para untar en salmorejo), no paran ni un segundo de hablar. Eluden el silencio, lo tienen dominadísimo, no le permiten adueñarse ni de una porción de segundo. Quizá, pienso yo a la altura de Guadalajara, cuando renuncio al fin a dormir e intento concentrarme en un libro, hablan tanto y tan seguido porque temen al silencio como un feo teme a los espejos. Puede que les aterre la posibilidad de que unos instantes de silencio les permitan escuchar el flujo de su pensamiento y descubran que más que flujo es un chorrillo, un goteo, un grifo estropeado. Hay gente que habla para no escucharse.

De vez en cuando, me fijo en su conversación y, tras unos segundos de cacareo, empiezo a distinguir sílabas, palabras y, al final, frases enteras que me permiten seguir su conversación. O su monólogo a seis voces. Y reconozco en estas señoras a una subespecie humana muy extendida que tiene la capacidad de llenar horas y horas de palabras sin decir nunca nada. Cuanto más habladoras son, menos cosas tienen que decir. Una sucesión de recetas de croquetas (en el mejor de los casos) y de lugares comunes meteorológicos que me dan ganas de accionar el freno de emergencia y seguir el camino a pie. La cosa sólo se pone interesante cuando compiten por quién de ellas hace mejor y más el bien. Quién deja más ropa en Cáritas, quién se pide los turnos más antipáticos para atender en el comedor de la parroquia y quién recibe mayores alabanzas de los pobres y desarrapados que andarían mucho más pobres y desarrapados sin su beatífica intervención. Una mujer sevillana de unos cincuenta años está sentada delante de mí, cara a cara, y busca en mis ojos una complicidad de hartazgo. La rehuyo al principio, no quiero hacer frente común contra las señoras de Zaragoza, pero al final le concedo un vistazo de solidaridad, un brevísimo contacto visual que significa que nos acompañamos mutuamente en el sentimiento. Después, cada uno volvemos a nuestros respectivos libros. Porque la señora sevillana, educadísima y discreta, lee en el tren, y yo reverencio a las señoras sevillanas educadísimas y discretas que leen en los trenes. Así que le regalo otra mirada de propina, una mirada que es una disculpa en nombre de todos los zaragozanos por lo que esas zaragozanas le están haciendo pasar. No todos somos así.

Al llegar a Sevilla me espera Nuria, de la agencia de comunicación a cargo de la promoción en Andalucía. Nuria es menuda y simpática, un encanto de mujer con el que es imposible no congeniar y que me reconcilia con el día estropeado por las señoras que, aunque se bajaron en Córdoba, dejaron la estela de sus perfumes y sus letanías. Tengo por delante una maratón de entrevistas cronometradas. Me cuenta Nuria que la agenda está muy completa, que han salido entrevistas muy buenas, con medios y periodistas culturales de mucho peso, que tengo que estar contento, que el libro despierta mucho interés. A lo largo de la jornada compruebo que no son palabras huecas.

En esos días empieza la bienal de flamenco, pero yo no voy a poder ir a ningún recital. Algunos de los periodistas con los que hablo son eminencias en flamenco, y el que no es una eminencia, se disculpa diciendo “bueno, sé un poquito, muy poquito”. Pero yo sé que su “muy poquito” es del tamaño de un universo y medio al lado de mi verdadero “un poquito”. Porque yo he cometido la osadía de meter en la novela algún pasaje flamenco, y si hubiera sabido que me iba a tener que enfrentar a doctores en la materia, me lo habría pensado muy mucho. Son educados, no obstante. Nadie me señala, nadie se burla. Me paso cada entrevista esperando con terror el momento en que mi afable colega, tras un carraspeo, abra la novela por la página flamenca, señale un paisaje subrayado con mucha saña y me cante por soleás. Nadie lo hace, ya lo he dicho, y no sé si es porque son muy educados, si porque piensan que no merece la pena corregir a un iletrado bruto de las tierras salvajes que quedan más allá de Despeñaperros o porque, al final, no he puesto tantas tonterías como suponía haber puesto. Presumo lo primero. En Sevilla, todos son muy educados. Y no es porque mi término de comparación sean las señoras del tren.

De tapas y entrevistas con Alejandro Luque.

De tapas y entrevistas con Alejandro Luque.

En Sevilla no hacemos presentación. Paso dos días de entrevistas intensos, pero también disfruto de un par de comidas excelentes con Nuria. El segundo día, en vez de comer-comer, pedimos unas tapitas junto al Archivo de Indias. Yo pido manzanilla, porque soy muy localista en cuestión de vinos blancos y aperitivos, y mientras como y bebo, charlo con Alejandro Luque, de El Correo de Andalucía. Alejandro es un gran periodista cultural y crítico literario, además de un poeta y un cuentista bien premiado. No le conozco, pero le leo, sé de sobra quién es antes de encontrarme con él y me siento muy honrado de que me entreviste. Sin embargo, como llevo dos manzanillas y apenas he desayunado, no dejo de llamarle Antonio. “Me pasa mucho”, dice, “es por el Señor Chinarro, Antonio Luque, todo el mundo se confunde”. Pero a mí no debería de pasarme, porque no me gusta el Señor Chinarro, no soy de su cuerda, aunque gaste camisas parecidas. Y, sin embargo, reincido. “Anda, fírmame el libro”, me dice Luque, Alejandro. Y yo se lo firmo gustoso, con una dedicatoria larga de las que suelo poner. Será después, a las horas, cuando se me encienda la bombilla y, muy avergonzado, saque el móvil del bolsillo para mandarle un mensaje: “Alejandro, tío”, le escribo, “creo que te he dedicado el libro a Antonio. Joder, lo siento”. Luque, Alejandro, responde cordial: “Jaja, no te preocupes, un día de estos me pongo yo a dedicar discos del Señor Chinarro”.

Sí, muy entrañable este cruce de identidades, pero yo me sentí mal.

Para consolarme de mi estupidez, empiezo a hacer inventario de errores en los presentadores. Mucho más comunes en los de los magacines de las radios y en los de las teles, que van más deprisa, no han leído el libro y miran de reojo el autocue o el guión en el monitor. Le quitan el “le” a Lo que a nadie le importa, pero se equivocan mucho más con mi anterior libro. Oigo La hora violenta, La hora de Violeta, Las horas violetas y La hora de las violetas, entre otros. Nunca corrijo, a todo asiento. Todo me parece bien. Valle-Inclán ya sabía que lo importante es que hablen. Que corrijan otros.

Además, en Canal Sur, mientras esperaba para entrar en maquillaje, una azafata me puso un café riquísimo que no era de máquina de pasillo, con su tacita de porcelana, y me sentí como se debían de sentir los que iban a la tele en los tiempos en los que ir a la tele era algo. Con azafata. Con café. Con sala VIP de sillones de cuero donde esperar a entrar en plató. ¿Cómo voy a corregir a unas gentes que aún creen en el protocolo y en la nobleza de su oficio? ¿Cómo voy a corregir a gente que me guía hasta el plató diciéndome cuidado con el escalón, señor Del Molino, con esa forma tan natural y profesional de usar el usted? Estoy en un lugar a punto de extinguirse, de una cortesía antigua, como del Un, dos, tres.

Todo en Sevilla parece tener una cortesía antigua. Siempre me siento bien en Sevilla, es una ciudad que no deja resquicios para el lamento o la queja, como las señoras del tren no dejaban hueco para el silencio.

Con Daniel López García, en el cielo enrejado de Sevilla.

Con Daniel López García, en el cielo enrejado de Sevilla.

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