DÍA 4. MÁLAGA

Tres pesadillas me despiertan tres veces en la madrugada. Las tres veces me levanto y me asomo a la ventana para intuir un mar que ni veo ni oigo. Las dos primeras veces me duermo sin problemas. A la tercera, me corroe cierta basurilla entre las articulaciones de los huesos que no se va hasta que el sol se alza un poco y descubre el mar. La primera pesadilla tiene que ver con el libro. Una serie de malas críticas, un desastre que no puedo controlar, algo que se me escapa y me destroza. La segunda es de terror más clásico. Alguien me persigue. Alguien muy fuerte, que hace temblar el suelo con sus pisotones. Los muebles se caen, las lámparas se hacen añicos, yo me tambaleo y no puedo correr. Reconozco los pasillos del hotel, me siento sin escapatoria. Es todo lo que recuerdo de ambas. En la tercera, Cris me abandona mientras yo estoy cambiando el pañal a Daniel. No hay vuelta atrás, se acaba todo, me tengo que ir. Intento agarrarme a Daniel, pero no hay caso, me lo arrebata y me quedo a la intemperie. Me esfuerzo mucho, elijo las palabras, me pongo muy retórico, doy lo mejor de mi modo persuasivo, pero Cris ha conocido a alguien (ha conocido a alguien, como en los divorcios de los telefilmes), Cris ya no me necesita. Daniel tampoco me necesita. Me lo quita de los brazos. Mi hijo ni siquiera se vuelve a despedirme y me quedo en una calle que no conozco y no sé qué hacer ni adónde ir. La calle es larga, infinita en ambas direcciones, y estoy solo en ella. Despierto con el corazón muy acelerado, hiperventilando. Afuera empieza a amanecer. Intento dormirme pero no puedo.

Hace mucho tiempo que no tengo pesadillas. Cuando las tengo, sé que he dormido bien. Muy profundamente. Rara vez alcanzo la profundidad del sueño necesaria para tener pesadillas ni sueños que pueda recordar al día siguiente. Sé que he descansado. No me duele la cabeza, eso es un buen síntoma. Mi cerebro está bien. Mi ánimo, no. Estoy confundido, me creo todavía en el sueño, la angustia de la calle infinita persiste horas después, y aún me hace efecto cuando bajo a desayunar y meto dos rebanadas de pan en una de esas tostadoras de hotel cuya rejilla se desplaza para expulsarlas por abajo. Un señor inglés ha metido dos rebanadas de pan bimbo después de las mías. Sale una de mis tostadas, pero la otra no. Salen las del señor inglés y la mía no. Sospecho que se ha perdido por el camino y no quiero indagar, me marcho con mi plato y su tostada solitaria. Cuando el señor inglés me toca el hombro y me dice “the other one is right here”, señalándome mi segunda tostada, que acaba de caer, doy un respingo muy exagerado. El inglés me mira con desconfianza y no responde a mi thank you. El pulso se me ha vuelto a disparar. Pero no hay dolor de cabeza, me digo, estás descansado.

María, la chica de la agencia de comunicación, llega cuando empiezo a tomarme el café. Me obliga a beberlo de trago y me mete a empujones en un taxi. Llegamos tarde a la primera entrevista. Menos mal. Las prisas me quitan la angustia. En el taxi, me toco las sienes: sigue sin dolerme la cabeza. No soy supersticioso, pero no es normal que me importen las pesadillas ni que la cabeza no me duela. Estoy inquieto.

Las entrevistas, sin embargo, van bien. Son varias radios. Grabo una para la Ser de Andalucía que emitirán el fin de semana, y la chica hace una entrevista de premio, me tengo que esforzar por estar a su altura, por no traicionar las altas expectativas de sus preguntas. Salgo agotado, pero sin dolor de cabeza. El resto de entrevistas me exigen menos esfuerzo y pronto estamos paseando por la calle Larios y yo insisto, cual guiri, en ir al café de Chinitas. Porque puedo permitirme licencias guiris sin quedar como un hortera. Comemos queso y jamón y compruebo alarmado que aún no me duele la cabeza y que estoy de un humor excelente. Estoy bajando la guardia, siento que ya he cumplido mi trabajo y presiento que se aproxima un desastre, que delante de mí hay un acantilado de rocas puntiagudas que no veo y contra el que me voy a dar, pero no le hago caso al vértigo (mi humor se pone negro en los sitios luminosos y cálidos; en cambio, en un invierno ártico, me siento optimista e indestructible) y me subo a otro taxi para ir a comer con quien me va a presentar la novela esa tarde, Guillermo Busutil.

Conocí a Guillermo unos pocos años atrás. Mi hijo Pablo sufría leucemia y yo intentaba ganar unos pocos euros con algunos trabajillos, más por no perder comba y seguir activo fuera del hospital que por otra cosa. Uno de esos trabajillos era llevar la prensa de la editorial Tropo. Busutil sacaba allí un libro de cuentos titulado Vidas prometidas, con mucha carga autobiográfica, y yo me peleaba un poco para que le hicieran caso en los medios. Cosa fácil, porque a Busutil le quiere todo el mundo. Guillermo vino a Zaragoza a presentar el libro y se quedó algunos días en casa de Félix Romeo, y uno de esos días nos cruzamos por el centro de la ciudad. Él con su mujer, y yo con Cristina y Pablo. Era un día bueno. Pablo estaba en casa, tenía las defensas un poco altas y podíamos sacarlo a dar un paseo. Era un día muy bueno. Y Guillermo nos vio, y yo vi las caras de Guillermo al ver la cara amodorrada de Pablo, y desde entonces me ha recordado muchas veces ese encuentro. Dice que nos vio felices. Que parecíamos muy felices. Porque lo estábamos, le respondo. Porque era un día feliz. Y él asiente y me dice que nunca se le olvidará la cara de mi Pablo, que la tiene muy presente, que fue salvaje aquel encuentro con Pablo y sus padres, aquel niño calvo que se esforzaba por verle la gracia a una tarde de paseo.

Me lo vuelve a recordar en Málaga, cuando nos sentamos en un restaurante de la Malagueta y pedimos pescaíto y vino blanco muy frío y me comenta lo que le ha parecido mi libro, con su abuelo de fondo haciéndole la sección rítmica al mío sobre el fondo montañoso de Granada, y empezamos a vaciar la botella y nos animamos y elevamos el tono y las risas ya casi no dejan oír las palabras. Busutil tiene una o varias novelas en su vida, pero no le da la gana escribirlas. Es un periodista de la vieja escuela con un anecdotario más grueso que las páginas amarillas con el que llena primeros platos, segundos, postres, cafés y sobremesas a la orilla del mar con un chorrito de ginebra y el resto bien de tónica. Trabajó en la agencia Efe en un Marruecos chungo y policial, entrevistó a Kundera en París en un francés literario de los que los periodistas cultos españoles ya no usan, y una vez, en un programa de radio que dirigía, una poderosa política le gritó en directo (creyendo que el micro estaba cerrado): “Me cago en tu puta madre, Busutil”. Yo aquí lo dejo, en plan telegrama, pero él tiene la obligación de convertir estas sobremesas en libros de los que dan que hablar. Le animo, como otros le han animado antes, y él hace un gesto como de déjalo estar y se pone a contar otra anécdota.

Si seguimos así, con otro chorrito de ginebra y el resto bien de tónica, se nos va a echar la hora de la presentación, así que María pone orden, que para eso la ha contratado la editorial, y me vuelve a meter en un taxi. Me maravilla la capacidad que tienen estas chicas tan educadas y discretas de meter en taxis a tiarrones zafios como yo. Confieso que yo no sabría meterme a mí mismo en un taxi, yo no sabría llevarme a una entrevista.

De charla con Guillermo Busutil (Foto: Felipe R. Navarro).

De charla con Guillermo Busutil (Foto: Felipe R. Navarro).

En la librería Luces hablo ante una ridículamente exigua aunque muy participativa audiencia de escritores del lugar. Audiencia que ha leído el libro, que me pregunta por él y que me obliga a responder en serio y con mucho esfuerzo cuestiones que sólo se les pueden ocurrir a escritores que han leído el libro. Tanto es así, que seguimos preguntándonos unos a otros en una terraza, mientras los vasos vacíos con la espuma de los días se amontonan en la mesa y la conversación ya pasa a otros registros.

El escritor Santiago Fernández Patón, último ganador del premio Lengua de Trapo, me lleva a conocer entre tapa y tapa La Casa Invisible, un centro ocupado que es un referente nacional, un centro cultural que gestiona el colectivo de ocupantes y al que van conferenciantes de nivel y exponen artistas internacionales. Me quedo maravillado. El sitio está a reventar, la programación es inagotable. Y yo, paleto, pregunto por qué esto no se conoce por ahí. Y Santiago me dice que claro que se conoce, que el director del Musac de León lo tiene por modelo de organización, que Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, ha dado varias conferencias en La Casa Invisible, que llegan gestores culturales de toda Europa, que no dan abasto para ir a contar su experiencia en congresos y foros de todas partes. El ayuntamiento, por supuesto, se lo quiere cargar. Y yo entiendo que quiera cargárselo: un centro así le saca los colores al concejal de cultura más hiperactivo.

Vuelvo al hotel muy cansado. Arrastro los pies y pienso en meterme en la cama, pero tengo miedo de retomar la pesadilla, como me sucede a menudo. Puedo pasarme meses sin un mal sueño, pero en épocas de mucha excitación puedo tener pesadillas que duran semanas. No es que sueñe la misma pesadilla noche tras noche, sino que se me aparecen por entregas. Son pesadillas-serie, siguen donde se quedaron. Por eso huyo del sueño, abro el ordenador y empiezo a escribir.

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