DÍA 5. BILBAO

Ya les he advertido de que los días de este diario son falsos y suelen contener dos o tres días reales, pero reduzco las etapas para hacerlo más llevadero. Tras Málaga, me llevaron a Bilbao, como una bola de billar en carambola por la Península o golpeada por un jugador torpe como lo soy yo, que jamás he sabido meter una bola en su agujero y he destrozado varios tapetes con el taco. Miopía obliga.

Llego a Bilbao en tren, a una estación rebautizada con el nombre de Indalecio Prieto, que es como no ponerle nombre a las cosas. Usar una figura que no molesta a nadie. Porque a ver quién diantres se va a acordar ahora de quién era Indalecio Prieto. Y quienes se acuerden, se encogerán de hombros. No fue ni malo ni bueno. Fue un ni pa ti ni pa mí. El representante perfecto de la Tercera España si no hubiera sido una figura importante de una de las dos (cuando se habla de las dos Españas, ¿cuál es la primera y cuál la segunda?). Pienso que mi abuelo habría sido de Indalecio Prieto si le hubiesen dejado ser algo. Un matizador, un gris entre blancos y negros, un señor educado que prefería llegar a un acuerdo antes que perpetrar un asesinato. Un tío raro, vaya.

Nieves y Pedro Pablo, responsables de prensa de la editorial en Euskadi, me tienen preparada una agenda de no poder ir al baño, por eso me dejan hacer un pis en el hotel antes de empezar la marcha. Luego, nada. Hablar y hablar y hablar. Hablo tanto que ya no recuerdo con quién hablo ni lo que digo. Al principio, soy consciente de que estoy en Bilbao. Sé que cuando digo “el país” en el contexto de mi libro puede que los oyentes-espectadores-lectores entiendan algo muy distinto a lo que yo entiendo. Por eso piso muchos huevos al principio. Me la cojo con papel de fumar. Un papel finísimo. Hablo a veces del Estado español. Otras veces, para variar, me refiero vagamente a la Península, al sur de los Pirineos o me centro en las ciudades del libro sin entrar en más detalles. Pero a la tercera o cuarta entrevista estoy agotado de buscar el eufemismo o la forma más decorosa de decir España sin decirlo, así que hablo de España y el ambiente se relaja. Yo me relajo, por lo que el ambiente, también.

Disfruto de dos entrevistas excepcionales que estoy obligado a destacar. Una es en Radio Euskadi, en el programa de libros Pompas de Papel. Me entrevista Félix Linares, maestro absoluto. A Félix le disfrutaba yo hace años en el programa de cine de ETB 2, donde se hizo popular comentando pelis clásicas con un estilo personalísimo y muy cachondo. En la radio lleva muchos lustros haciendo este programa, uno de los más veteranos y prestigiosos de la radio española, poco pródiga en contenidos literarios. Félix me subyuga con su voz antigua, su oralidad inconfundible, su dominio del ritmo y su capacidad para dejarme fuera de juego con preguntas inesperadas. Un lujo, de verdad. Una belleza rara que debería preservarse como se preservan los espacios naturales.

La otra entrevista me la hace César Coca para El Correo. Coca es otro de esos periodistas que uno se atreve a llamar maestros y que el periodismo español ha declarado prescindibles. Un superviviente lleno de lecturas, un sabio en un mar de infraasalariados que jamás abren un libro. El fotógrafo de El Correo se curra una foto preciosa: como ha oído de qué va el libro, me coloca delante de una silla vacía, como si mi abuelo estuviera sentado en ella y yo dialogara con él. Casi me emociono ante su idea e intento posar con dignidad. Luego, César Coca charla un largo rato conmigo sin grabar, como hacen los periodistas de oficio, y anotando todo en unos folios blanquísimos con una pluma que deja un rastro de letras verdes. Me siento como embrujado. Es tan raro ver un periodista “old school” manejándose con la soltura de los grandes.

Hubo muchas entrevistas, pero me siento obligado a comentar estas dos. En Bilbao encontré lo que cuesta tanto encontrar en otros sitios: periodistas literarios con criterio refinado, maestros en lo suyo, tíos a los que nadie puede toser.

Pero en Bilbao tocaba también hacer una presentación. Tras la última entrevista, grabada en una radio por Txani Rodríguez, una grande con novela en Lengua de Trapo, esa editorial amarilla, nos fuimos a la Librería Cámara. Allí me esperaba Jon Bilbao con Katixa Agirre, su pareja, que también es escritora (pero, como escribe en euskera, idioma que Jon no lee, se libra de ser comentada/criticada por su chico) y su pequeña cachorrita, que en su año y pico de vida ha ido a más presentaciones literarias de las que he ido yo. Jon, meticuloso como sus novelas, había preparado un cuestionario hondo que me costó responder, pero creo que al final la cosa quedó medio lucida. El ambiente se relajó tanto que, en un momento, confesé al respetable cuál fue el primer título que tuvo la novela, el que rechazó sin posibilidad de recurso el editor.

Lo dije.

-Joder, Sergio, es un título horrible -gritó desde la primera fila Iván Repila, roto de la risa. Y yo sólo pude darle la razón.

Iván Repila es otro de los escritores de Bilbao, ciudad pródiga en novelistas. Le conocí en Barcelona años atrás y nos emborrachamos indecentemente. Tanto, que nos caímos muy bien. Pero no habíamos podido coincidir de nuevo. Melca, de prensa de la editorial en Madrid, es muy madre conmigo y me dice que no puedo andar saliendo por la noche después de cada presentación, que esta promo es muy larga y que voy a acabar con el hígado colgandero. Y tiene razón, pero es que en esta girilla me estoy encontrando con amigos que no veo nunca o casi nunca, así que no me queda más remedio que sacrificar mi salud hepática por ellos. Es una cuestión de justicia.

Iván Repila, servidor y Jon Bilbao, en pleno debate intelectual.

Iván Repila, servidor y Jon Bilbao, en pleno debate intelectual.

Ya que estábamos en Bilbao, nos fuimos de pintxos. No entendí la mecánica de pago de rondas. Sólo sé que yo, por ser de fuera, no podía pagar. Era una cuestión casi violenta. Cada vez que echaba mano de la cartera y me acercaba a la barra con ánimo abonador, una maraña de brazos de leñadores vizcaínos me lo impedía. La sola idea de que el forastero pagase algo les ofendía muchísimo. Entre ellos se entendían. Tenían un sofisticado e incomprensible sistema de pago de rondas.

Yo, desolado por no saber comportarme ante tanto hecho diferencial, me manché la camiseta con grasaza. Una de mis camisetas favoritas. Aún no he conseguido quitar la mancha.

Nos acompañó buena gente: Galder Reguera, que tiene uno de los trabajos más raros del mundo (dirige proyectos artísticos en una fundación del Athletic de Bilbao); Txani Rodríguez, que me dejó con las ganas de leer su novela, si es la mitad de cáustica y mordaz de lo que es su autora; Txetxu Barandiarán, muy cariñoso; Pedro Ugarte, sensacional; Javier Cámara, el librero de Cámara, que es una institución bilbaína, y unos cuantos más que fueron descolgándose como gotas hasta dejarnos solos a Jon, a Iván y a mí.

Cosa terrible.

Ahí empecé a probar la elegancia bilbaína. Existe, yo la he visto. Me llevaron a un bar de cócteles con una botellería digna del mejor club de caballeros inglés, y allí me dieron a probar un Tom Collins, que es la versión ultraseca del gintonic. Jon, más refinado que Iván y que yo, prefirió el Old Fashioned.

No sé cuántos Tom Collins bebimos, pero los suficientes para arreglar la literatura española. Al final, acordamos, casi entre abrazos, que teníamos mucha suerte de pertenecer a una generación tan heterogénea. Que tenemos algo que nuestros padres y abuelos literarios no tuvieron: respeto los unos por los otros. Y cariño. No hay tentaciones hegemónicas, no hay literatos leninistas, no hay asaltos al poder ni idioteces. Nos reconocemos en nuestra polifonía, aprendemos de nuestra diversidad.

Quizá fue el efecto del Tom Collins. Quizá fue la emoción de pasar por delante de la casa del monje shaolín asesino de prostitutas, nuestro Jack the Ripper vasco, quizá fue lo a gusto que me hicieron sentir Jon e Iván en su casa, pero me fui de Bilbao con la sensación de que era un escritor afortunado. La vida me ha rodeado de la gente correcta.

Hics.

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