DÍA 6. PAMPLONA

Llueve en Pamplona. Llueve toda la tarde y está a punto de llover toda la mañana. El momento de estar a punto de llover me pone más melancólico que la lluvia en sí. Llego con Pedro Pablo desde Bilbao y nada más bajar del coche estoy con la primera entrevista. Una periodista estupenda del Diario de Noticias de Navarra, Ana Oliveira, me espera en el hotel, y yo no me puedo concentrar porque me han llevado a un establecimiento que coquetea con el delirio estético. Se llama Palacio de Guendulain, pero yo no voy a dejar de referirme a él como Palacio de Gwendolyne. Ana tiene la novela leída, subrayada y machacada. Se nota que le ha gustado, hace preguntas de las difíciles, y yo soy incapaz de enhebrar una respuesta coherente porque se me van los ojos a los óleos, a los repujados, al mobiliario ancien régime y al aire versallesco de los artesonados. Llevo ya unos días viajando por hoteles que se parecen mucho entre sí. Incluso la disposición de las habitaciones es idéntica. Te puedes mover por ellas en la oscuridad sin tropezarte porque ya sabes cómo son todas. Pero Gwendolyne es distinto. No es que sea distinto, es que ni siquiera parece un hotel.

Para colmo, mi entrevistadora es simpática, me cae bien y me recuerda demasiado a muchas de las periodistas jóvenes con las que he trabajado y con las que he estudiado, así que no me puedo tomar la entrevista en serio. Cuando no me distrae el sillón Luis XV, me distrae la calidez de la conversación, que me lleva a hablar confianzudamente de periodismos y miserias de plumilla. Así que intuyo un desastre. Al despedirnos, no recuerdo una sola palabra de las muchas que he dicho, pero ella se las lleva en la grabadora y sonríe satisfecha. Maldición, pienso. Porque reconozco en sus ojos un brillo profesional que me resulta familiar. Porque yo también lo he tenido en mis propios ojos. Ese brillo que se te queda cuando sabes que has conseguido relajar al entrevistado hasta el punto de hacerle decir lo que no quería decir. Y huyes de ahí apretando fuertemente la grabadora y tu cuaderno de notas, con el titular ya compuesto en tu cabeza. Huyes antes de que el entrevistado salga de su aturdimiento y te suplique que no publiques eso que has dicho, que no querías decirlo.

Ojalá supiera qué he dicho que no debería haber dicho. Porque esa frase existe, está grabada, lo sé por ese brillo en los ojos.

Me paso la siguiente ronda de entrevistas inquieto. Sólo un poco, la verdad. Porque cuando cito un nombre propio siempre es para bien, así que no cabe la ofensa personal, que es lo único que podría preocuparme, molestar a alguien gratuitamente. Pero también sé que el mecanismo de la ofensa es impredecible y elástico, y mi boca, torrencial y demente, así que nunca sé a quién puedo molestar. La ofensa genérica, sin embargo, me trae sin cuidado, no la considero. Sólo me aterra la posibilidad de señalar a alguien con nombre propio. Eso es lo que me escuece. O quizá no. Quizá sea esa no lluvia de Pamplona, ese a-punto-de-caer que no cae lo que me crispa y me hace hablar hasta el aturdimiento en las siguientes entrevistas. Paseo por todas las radios. Una detrás de otra. Pienso que si un navarro me escuchara en su emisora y quisiera huir de mí, no podría, pues al mover el dial, escucharía mi voz en la siguiente estación, como una pesadilla. Acabamos muy tarde, en un magacín televisivo en el que entro en plató en directo después de una tertulia sobre el ébola. Para entonces, la lluvia ha empezado y yo lo agradezco, como si las nubes negras fueran vejigas mías que se liberan. Desaparece el malestar. Pedro Pablo, de la agencia de comunicación, se despide y vuelve a su Bilbao, y yo me quedo solo en el Palacio de Gwendolyne.

Pamplona no es una ciudad neutra para mí. Nunca he vivido en ella, pero tengo muchos afectos y cariños pegados a las piedras. Mi mejor amigo es pamplonés. Algunas de las personas que más he querido en la vida son de Pamplona. En Pamplona he tenido noches que no me atrevo a volcar en novelas. Por suerte, mi cuate pamplonés, con el que había planeado cenar, está de viaje en Vietnam. En parte, me apena, porque su ausencia me obliga a encerrarme en mi habitación versallesca, y en parte, me alivia, porque su ausencia me obliga a encerrarme en mi habitación versallesca. La última vez que estuve en la ciudad fue unos meses atrás, cuando el ayuntamiento me invitó a dar una charla en un ciclo de narrativa española. Entonces, mi cuate (que también es periodista, es sorprendente la endogamia de mis amistades) no estaba en Vietnam, por lo que se tragó parte de mi conferencia. En compensación, le acompañé a cerrar todos los bares de la parte vieja, hasta que no dejamos ni uno y quise morir al día siguiente.

Tengo trabajo, así que enciendo el portátil, pido algo al room service e intento abstraerme de la decoración (más apropiada para un matrimonio que intenta recuperar una pasión perdida en una segunda luna de miel que para un escritor agotado que tiene que madrugar al día siguiente). Contesto los mails que me ha mandado mi socia Iguázel Elhombre, con la que estoy montando un programa en Aragón Radio (que se estrenará finalmente el 10 de noviembre). La llamo, ella se cachondea de mí porque ya me ha perdido la pista y cada vez que hablamos estoy en una ciudad distinta. «¿Desde dónde me llamas hoy, Del Moulin?». Le describo el hotel de Gwendolyne, le hablo de la lluvia y repaso con desgana todas las cosas que deberíamos haber hecho para producir el programa y aún no hemos tenido tiempo de hacer. Mando mails a mis jefes de la radio, invito a gente que me importa a participar en el proyecto, compongo un guión para el primer programa, calculo minutos y cierro escaletas. Pero lo hago todo a medias, adormecido, como poseído por una pereza absolutista que supongo que será más bien carlista, foral, de noble montañés y valle-inclaniano.

Hablo un rato con Cris por teléfono. Nos reímos y casi me quedo dormido en mitad de la conversación, sobre una montaña de almohadones forales que me invitan a soñar con partidas antiliberales, cantos en Montejurra y vivas a Don Carlos. Caigo en un sueño carlista y tradicionalista, hecho a partes iguales de la decoración rococó de la habitación y de la digestión de los pimientos rellenos que he cenado.

PD.- Días después, confirmo que dije muchas inconveniencias en la entrevista con Ana Oliveira. Por eso me dieron dos enormes páginas en el periódico. Aquí sólo tengo la primera.

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