DÍA 7. BARCELONA

Le pido a Melca (que empieza a ser algo así como mi consejera espiritual, lo que seguramente no figure en su contrato como miembro del staff de prensa de la editorial) que me retrase el tren en el que voy a ir a Barcelona porque tengo que hacerme unos análisis. En realidad, lo pido con la boca pequeña y llego a decirle que no importa, que no cambie nada, que ya me los haré otro día, pero ella, agenda en mano y con tono admonitorio de madraza, me pregunta cuándo tengo la consulta con el médico y me hace entrar en razón: «Pero, Sergio, ¿qué otro día? Si estás viajando sin parar. Si no te los haces mañana, no llegas a la consulta. Anda, ve a hacértelos que te cambio los horarios». Cuelgo musitando un “sí, señora” y tengo suerte de que no me vea poner morritos de niño disgustado. Es mi sino, pienso: rodearme siempre de mujeres sensatas que consiguen que haga las cosas de las que siempre intento escaquearme. Si repaso someramente mi vida, en todo momento he tenido al lado a una mujer con mucho sentido común que me ha librado de incontables desastres. Si no fuera por ellas, eludiría hasta el trámite más sencillo. A estas alturas, viviría en un cajero con un carrito de supermercado lleno de libros viejos. En el cajero que hay debajo de mi casa reside una señora muy loca que grita mucho a los transeúntes y se pasa el día bebiendo cava Anna de Codorniu caliente. Lo bebe a gollete e increpa a la gente que espera para cruzar, pero es muy amable con mi hijo Daniel, siempre le dedica una sonrisa y le dice algo cariñoso. Yo también le tengo mucho cariño a mi loca del cajero. A veces, cuando paso junto a ella, pienso que podría haber sido mi pareja indigente si yo no hubiera tenido la suerte de ser atendido por tantas mujeres maternales y pacientes. Lo que separa su vida en el cajero de mi vida en un domicilio con referencia catastral es, quizá, un puñado de personas amables, empezando por mi pareja, que ha sabido cuidar de mí. Porque cualquiera que me conozca un poco sabe que estoy profundamente incapacitado para mi cuidado personal.

Deliro, claro, porque pienso esto mientras leo en ayunas y con el pinchazo en el brazo en el tren camino de Barcelona, tan ensimismado que no me entero de que viajo casi al lado de María Casas, la directora literaria de Debolsillo, los libros de ídem de Penguin Random House. Es ella la que me ve cuando nos desperezamos para salir a la estación de Sants. Vamos juntos a por Melca, que ha llegado en el tren de antes y me espera en la puerta.

—Bueno, Sergio —me dice María Casas—, ya veo en los resúmenes de prensa que nos mandan que el libro está teniendo eco, enhorabuena.

—Pues la verdad, María, no tengo ni idea. Llevo muchos días metido en una burbuja de entrevistas y presentaciones. Sé que hablo con mucha gente, pero no he seguido nada de lo que va saliendo, no sé si es mucho o poco, ni bueno o malo. Sólo sé que no paro de hablar con gente, así que supongo que eso será bueno.

María insiste en que tengo que estar contento, que la cosa va bien, que aguante y siga gastando saliva. Le hago caso: también ella parece una mujer sensata. Por lo demás, sigo en ayunas, y en mi cabeza sólo hay sitio para el sándwich mixto y el café negrísimo que espero desayunarme tan pronto salgamos del taxi. Esos sándwiches que en Barcelona llaman bikinis, vaya usted a saber por qué, ya que no se me ocurre cosa más disímil con un bikini que dos lonchas de pan con jamón y queso dentro.

Hago la primera entrevista con la boca llena. Anna Maria Iglesia, que ya me entrevistó unos meses atrás para Revista de Letras y tituló con una de mis tonterías («Lo más radical hoy es leer a Proust»), soporta estoica mi hambre voraz. Respondo devorando el sándwich y la compadezco por tener que transcribir frases que a mí me suenan así: «Mif abuelompf fue a la ferra y fe le fofió la fida». Debo de sonar terriblemente idiota, pero no me importa porque ya he dejado de escucharme, hablo sin pensar. Quizá por eso le queda luego una entrevista que gusta mucho, que se retuitea un montón y corre por Facebook como una ardilla saltarina.

El gran Álvaro Colomer se apunta a comer. Y yo me descubro aún con hambre, como si los análisis me hubieran vaciado el contenido de diez estómagos. Álvaro es un tipo elegante, un periodista cultural de la vertiente stajanovista, esa gente amena que sabe moverse en dos mundos, el de los escritores y el de los periodistas, y sabe reírse de ambos. Nos cuenta que su pareja, que también es periodista, no se fía de él cuando le pide nombres de autores para sus trabajos. «Claro —dice Álvaro—, vienen a cenar a casa, los ve emborracharse, y luego me dice que siempre quiero colarle a mis amigotes borrachos para sus artículos. Pero yo le respondo: cariño, es que ese tipo que se emborracha cuando viene a cenar no es sólo mi amigote, es también un escritor excelente». Y yo pienso en la jarana que tuvimos hace unas semanas en Madrid con Manuel Jabois y en cómo hablamos de la desmitificación, del peligro de conocer a la gente que admiramos. Pienso también que, de todas las desmitificaciones, la etílica es la mejor. Álvaro y yo nos desmitificamos tiempo atrás bebiendo whisky. Es una pena que sea mediodía y que a mí me queden unas entrevistas después de comer, como Melca tiene a bien recordarme, pidiéndome que apure el café, porque me está apeteciendo mucho pedir una ronda de whiskies para brindar con Álvaro, en plan amigotes borrachos.

La última entrevista de la tarde es en una librería que yo he elegido, la +Bernat, a la que Vila-Matas dio lustre literario en su novela Aire de Dylan. La elijo porque allí solía quedar con mi agente los meses negros que pasamos en Barcelona con mi hijo Pablo. Allí escuché cosas bonitas cuando todo lo que oía era de espanto. Al sentarnos en el café de la librería, me fijo en que tienen mi novela bien destacada, lo que termina al fin con el hambre que sentía y que ni la comida con Colomer y Melca ha saciado, por lo que concluyo que era un apetito metafórico, un vacío de ego, nada que ver con la nutrición.

Foto: Santiago García Tirado / Blisstopic

Foto: Santiago García Tirado / Blisstopic

Santiago García Tirado, el entrevistador, es hombre de radio. Viene de Radio 3, de grabar una recomendación de mi novela, y monta casi un estudio en la mesita. No pasamos desapercibidos: el micro es delator, todo el mundo sabe que estamos haciendo una entrevista. Incluida Montse, la librera, que se mueve por su casa con su silla de ruedas y nos vigila de reojo. Al terminar, no se reprime y me pregunta: «¿Quién eres?». Y yo, que estoy justo al lado de mi novela expuesta, cojo un ejemplar y le respondo: «Este soy». Montse se acerca con el entusiasmo de los buenos libreros, me felicita, se alegra mucho de conocerme, sabe que al día siguiente presentamos en La Central del Raval. «Te conozco, pero no te ponía cara», y yo temo el momento de la desmitificación, que deje de verme como el autor de una novela que merece un huequito de honor en su librería para que me vea como ve a los escritores la pareja de Álvaro Colomer, como el amigote borrachuzo.

Con Melca y Montse en +Bernat. Foto: Santiago García Tirado / Blisstopic

Con Melca y Montse en +Bernat. Foto: Santiago García Tirado / Blisstopic

Charlamos un rato y, al salir, Melca me acompaña al restaurante donde he quedado con Ella Sher, mi agente y amiga (supongo que ya tengo que escribirlo en orden inverso, amiga y agente), su pareja y su hijo, el pequeño gran Nuno. Se nos va a unir Jordi Corominas, que me presenta al día siguiente en La Central, y hemos planeado una velada muy tranquila y familiar. Es familiar sobre todo para Ella, que viene con toda la familia. Yo me siento al lado de Nuno, que aspira a zamparse unas cuantas croquetas, y Melca empieza a decir que no se quedará mucho, que se toma una cervecita y se marcha. Sí, Melca, claro, Melca.

Jordi llega tarde, como siempre, y viene contando historias de Barcelona que saca de los papeles que lleva en los bolsillos. Jordi es un hombre que lleva los bolsillos siempre llenos de papeles y la cabeza llena de libros. A veces, también saca libros de los bolsillos. Le caben bibliotecas y archivos en las americanas. Nos avasalla con sus historias, sube el tono de lo que hasta su llegada era una estampa familiar, casi intimista.

Así que cenamos, cotilleamos un poco sobre los ausentes, me ponen al día de las vidas literarias de los amigos barceloneses, nos reímos mucho y Nuno canta canciones en italiano y come croquetas. Melca sigue diciendo, hacia los postres, que se va a ir pronto, pero quienes se retiran pronto son Ella y familia. Es lunes, es el Eixample de Barcelona. No hay casi ningún sitio al que ir. Jordi, que vive en Gracia, no controla bien lo que él llama la zona burguesota, así que acabamos en la terraza del José Luis, en la Diagonal, que es como acabar en un mes de febrero de 1972. Melca sigue diciendo que se irá pronto, pero ya hace tiempo que dieron las doce de la noche y nosotros seguimos ahí, desmitificados perdidos, amigotes borrachuzos, dando la razón a la mujer de Álvaro Colomer.

Al llegar al hotel, sigo teniendo hambre. Así que no era hambre metafórica. No tenía que ver con el ego del escritor. Pero no hay nada para comer a esas horas en esa Barcelona.

[Próxima entrada del diario: segundo día en Barcelona]

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