DÍA 8. BARCELONA (SEGUNDA PARTE)

Casi veo a la pobre Elena Hevia, periodista cultural de El Periódico de Catalunya, morir atropellada en un paso de peatones de la Diagonal. Yo estaba junto al fotógrafo, que acababa de llevarme de paseo por el barrio buscando un fondo interesante (porque la forma, que era yo, no debía de inspirarle mucho y necesitaba darme profundidad con algunos colores y texturas que disimularan mi intrascendencia), así que podríamos haber documentado muy bien el suceso. La muerte de Elena Hevia, toda una institución cultureta barcelonesa, atropellada por un autobús urbano, una cosa digna de Gaudí, algo legendario. Y estuve a punto de verlo y de contarlo. Pero Elena sorteó grácilmente el tráfico que amenazaba con arrollarla y el fotógrafo enfundó de nuevo su cámara. Presentí su nervio, el del fotógrafo, ese dedo que rondaba el pulsador, la mano firme y deseosa de obtener una foto para presentar al World Press. Maldición, sentí que pensaba: otra vez será.

Yo lo agradecí. No sólo porque me desagrada mucho que la gente muera violentamente delante de mí, sino porque me apetecía que me entrevistase Elena. Creo que voy a publicar libros con la única finalidad de tener una excusa para que Elena Hevia me entreviste. Charlar con ella es muy grato, se apasiona por los libros, hace preguntas que me fuerzan a cambiar de postura en el sofá y a pensar bien la respuesta. Con esas conversaciones, un poco anárquicas y sorpresivas, compone luego unas piezas en estilo indirecto que me gustan mucho.

La despido con lástima porque va a ser mi último momento plácido del día. Después viene Jordi Corominas para hacerme una entrevista-río, tan río que tiene que ser publicada en dos capítulos. Voy a pasar el día con Jordi, ya que es él quien me presenta por la tarde en La Central del Raval. Nos hemos despedido unas horas antes, en la terraza del José Luis, y no estoy seguro de que él se marchara a su casa. Empieza a sacar papeles y libros y grabadoras de sus bolsillos y me enseña un libro, a cuyo autor entrevista al día siguiente, donde me citan. Me lo abre por el párrafo donde aparezco. No sé si es bueno o malo que vayan citando párrafos de mis libros en otros libros. Ni siquiera sé si es bueno o malo que me entere. Anoto autor y título para comprarlo luego (me olvidaré, aún no lo he comprado).

Lo que hace Jordi se parece más a la gimnasia que al periodismo: su propósito es extenuar al entrevistado, sacarle todo lo que lleva dentro hasta desfondarlo. Yo siento que me vacía. Más que como entrevistador, le percibo como un entrenador que me jalea para que suelte titulares. No se da por vencido hasta que no tiene la frase que busca. Me siento su sparring. Al final, tras lo que mi cuerpo siente como diecisiete horas de conversación, le suplico que nos vayamos a tomar una cerveza. Un vermú, por dios, que echo de menos la liturgia del vermú.

Estoy en Barcelona, no es una parada más de la gira. Estoy en los cuarteles generales de la editorial, así que aprovecho para ver a Claudio López de Lamadrid, que me lleva a comer. Claudio es imponente, hábil y rápido. Si mi último libro es como es, también se debe a él. Me hace sentir confiado, y eso es una virtud de editor que lleva toda su vida entre libros y escritores, algo de oficio innato. Claudio edita, no produce libros. Su intervención e influencia puede ser sutil, pero existe, y en mi caso es muy positiva. Y otra cosa que se le da bien es juntar a gente, organizar encuentros. De pronto me veo rodeado por editores queridos, en plural (mi amada Mónica Carmona, jefa ahora de Reservoir Books, que fue quien firmó el contrato de La hora violeta y quien primero se entusiasmó por el libro, y Miguel Aguilar, baranda de Debate, un tipo torrencial y listísimo, de conversación vertiginosa y risa contagiosa), todos recién vueltos de la Feria de Frankfurt, todos con anécdotas frankfurtenses. Tantas, que estoy por pedirme una salchicha de ídem, pero Claudio no me deja (además, en la carta no tienen). En los restaurantes, Claudio ejerce mucha autoridad. Autoridad positiva, pero autoridad. En nuestros encuentros, yo he podido comer lo que me ha apetecido gracias a él. Cuando todos los demás comensales insisten en que pida tal cosa o tal otra porque ahí la hacen muy buena, él corta tajante y magnánimo: «Dejadle que pida lo que quiera». Si no fuera por él, acabaría pidiendo la especialidad de la casa. Y eso sí que no.

Antes de la comanda, Claudio dispara uno de los selfies con escritores que se hace en Instagram.

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La galería de selfies de Claudio vale por una serie de Mordzinsky. Su móvil contiene más caras de escritores que una enciclopedia ilustrada.

Hace calor en el veranillo de octubre, así que por la tarde esperamos la hora de la presentación tomando unas cañas en una terraza cerca de La Central del Raval. Con Jordi, claro, siguiendo la conversación infinita que empezó la noche anterior y que seguramente no termine ya, porque para eso es infinita. Entre la multitud que cruza la calle a esas horas, adivino el paso veloz de Rodrigo Fresán. Le llamo, convencido de que es él. Sé que presenta a Juan Villoro en la librería Laie casi a la misma hora que presento yo, pero no sabía que iba a encontrar un momento para acercarse a darme un abrazo antes de volar con su amigo mexicano. Hablamos un rato. Me felicita por el libro y yo me ruborizo, aunque la barba no deja que se note. Es una de las cosas bonitas que me han pasado como escritor: ser leído por alguien a quien admiro mucho. Ya lo he escrito en alguna ocasión, no me voy a repetir. Ya saben ustedes que en esta casa somos muy fresanianos. Para mí, que Fresán me lea y me comente sus impresiones de lectura (y que le guste lo que escribo) es como si la chica más popular del insti de la que siempre me escondí y a la que deseé en secreto me invitara años después a subir a la habitación de su hotel (donde compruebo que está incluso más buena que en mis sueños onanistas). Es una sensación rara a la que no termino de acostumbrarme. Rodrigo, que tiene un talento agudo para calificar con el adjetivo indiscutible, define lo que hago como “realismo no realista”, y yo le compro el concepto. Es muy ambiguo, pero creo que cualquiera que me lea entiende perfectamente lo que quiere decir.

Como el Mister Trip de su última novela, Fresán vuela a Laie y nosotros nos quedamos haciendo tiempo y dejando que se amontonen más amigos, que se sientan a una mesa que va encogiéndose. Me quedaría toda la noche en esa mesa. Ya me he acomodado y tengo la lengua suelta y las cañas saben buenas y están bien tiradas. Estoy por pedir que suspendan la presentación, que la hagan sin mí, que me traigan más cerveza y patatas fritas. Pero no es posible. Alguien me empuja o tira de mí, y en un momento me veo sentado en una mesa con un micro y un Jordi Corominas al lado. Detrás de nosotros, una estantería rotulada “religió”. Muy apropiado, dirá Jordi, porque vamos a hablar de cosas sagradas. Yo pienso más bien en el carácter de liturgia de las presentaciones de libros, en su forma de misa de pueblo. También pienso que a Jordi, en sus performances poéticas, le gusta vestirse de papa y repartir bendiciones y bulas.

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El sarao es una prolongación de la conversación con Jordi por otros medios, como la guerra era para Lenin la continuación de la política por otros medios. Creo que digo que ser un escritor barcelonés es una putada, porque Barcelona no se puede contar después de Juan Marsé. ¿Qué te queda? Volverte literariamente loco, como Vila-Matas. En Barcelona todos los escritores tienen que estar locos porque no queda un resquicio literario por explorar. Tienen la ciudad llena de letras apretadas. No debemos de actuar del todo mal porque al final el público se arranca con preguntas y todo. Gonzalo Torné dirá luego en tuiter que le gustó la forma en que reproché a la gente culta las caricaturas que tienden a hacer de los pobres e incultos, a propósito de un pasaje de mi novela. Creo que dije algo así como que deberían meterse con los de su tamaño, que me incomoda mucho cierta tendencia a la ridiculización de lo popular.

Pilar Argudo, maestra de maestros y presentadora de uno de los mejores programas literarios de la radio de este país, si no el mejor (Punt de Llibre, en la Ser de Catalunya), grabó la presentación con un equipo de la Ser. No sé cómo sonará ni si le habrá servido, pero me aterra que quede constancia de lo que dijimos.

Antes de ponerme a firmar algunos libricos, me disculpo y cojo el móvil. Lo tenía en silencio sobre la mesa, pero alguien no había parado de llamarme. Eché un vistazo en medio de la presentación y vi que era mi amigo S. de Zaragoza. Insistió tres o cuatro veces más, por lo que me puse nervioso. Alguien se ha muerto, pienso con mi alegría habitual. Así que le llamo en cuanto puedo, respirando hondo para recibir la noticia terrible que seguro que había acontecido.

—Tío —digo—, ¿qué ha pasado?

—Nada, que estoy en Barcelona, ¿dónde es tu presentación?

La madre que te parió, S., qué susto. Y qué alegría a la vez. Me apetece que se una a esa noche de tascas barcelonesas, que conozca a Ella. Me gusta que la gente que quiero se mezcle y se entienda.

Porque la noche, claro, es de tascas del Raval. Antibarcelonesa, o de una Barcelona anterior a la Barcelona internacional, de cuando el Raval era el Barrio Chino, una Barcelona que sólo se conserva en estrofas de Peret, en las reediciones de los tebeos de Ivá y en las canciones que Loquillo ya no se atreve a cantar. S. se reconcilia con la noche barcelonesa en esas tascas, aunque dice que le dieron garrafón. Yo no lo creo. Más bien, me parece que ya no sabemos bregar con la Barcelona anterior al 92. Se nos indigesta como nos empachan ciertos guisos de nuestras abuelas y ciertos aguardientes de nuestros abuelos. Hemos perdido el hábito. Para disfrutar sin resaca de esa Barcelona hace falta haber pasado una mili, y ninguno de los que estamos allí ha limpiado nunca un cetme.

Borrachos y exaltados, acabamos invocando a Casavella, que era hijo del otro lado del Paralelo, de Poble Sec, muy cerca de allí. Jordi y yo acabamos gritando Watusi. O si no lo gritamos, pensamos que lo gritamos. Yo pierdo la cuenta de los Jack Daniel’s con hielo que me pido y por un instante que apenas logro retener, me reconcilio yo también con una ciudad donde fui tan feliz y tan miserable a la vez. A veces, no sé cómo puedo caminar tan tranquilo por una ciudad donde he sufrido tanto, cuyas baldosas me escuecen tanto. Deberían quemarme, debería no poder pasearla. Pero aquí estoy, una noche más, borracho en sus tascas, tan lejos de los pasillos de hospital y de los médicos con caras de suspiro. Esa ciudad terrible e interior que ninguno de los que me rodean ha visto. Al volver al hotel, en el taxi, las luces del Tibidabo me parecen menos hoscas, casi amables, y en la habitación pienso en el silencio que seguirá espesándose un montón de calles hacia el norte, en ese Vall d’Hebron que no he vuelto a pisar.

Barcelona, ya lo he escrito, no era una parada más en la gira.

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