[Artículo publicado el domingo 14 de diciembre en mi columna dominical “La ciudad pixelada”, en Heraldo de Aragón.]

‘Cachitos de hierro y cromo’ es un programa de La 2 de TVE que se emite los domingos y que constituye prácticamente toda mi dieta televisiva. Tirando del archivo insondable de la tele pública, ofrece trozos (cachitos) de actuaciones musicales que agrupa en torno a un tema e hila con mucho sentido del humor. Ahí está, la tele de mi infancia y de la infancia de mis padres, la música que salía cuando no había mil canales y la única elección era entre UHF y VHF. ‘La bola de cristal’, ‘La edad de oro’ o incluso los muy convencionales (para la época) ‘Tocata’, el ‘Rockopop’ de Beatriz Pécker o el ya prenostálgico e hiperconvencional ‘Qué noche la de aquel año’, de Miguel Ríos. Eran programas que veía todo el mundo, y estaban llenos de excéntricos, histriones, enloquecidos y raros. En el último ‘Cachitos’, dedicado a los locos, incluían una actuación de un grupo inclasificable cuyo cantante actuaba con un casco en forma de ojo humano tocado con una chistera. El rótulo que acompañaba el ‘cachito’ decía: «¿Se imaginan encender la tele en 1983 y encontrarse con un ojo haciendo una coreografía?». Y yo pensé: sí, lo imagino. E imagino la normalidad con la que ese ojo era recibido en 1983. No lo imagino en 2014. Hoy, lo raro solo existe como motivo de burla.

Lo raro, de hecho, ha sido apartado de la televisión. Cualquier expresión cultural que no responda a los muy chatos criterios del ‘mainstream’ es arrinconada a los últimos canales del dial (con suerte) o directamente ninguneada. Nuestra televisión está limpia no solo de ojos con chistera que cantan, sino de poetas, escritores que no sean gurús de la autoayuda, adictos a la performance, dandis, exaltados, blasfemos y punkis. Y, lo que es peor: cuando aparecen, lo hacen bajo la etiqueta de ‘friki’. Hay un programa de mucho éxito en la televisión catalana llamado ‘Alguna pregunta més?’, donde, bajo la excusa de ofrecer un muestrario de todo lo excéntrico que aparece por la tele, se lanza un mensaje que en el fondo resuena beatón: no se celebra la diversidad de lo raro, sino que se ridiculiza desde la atalaya de una ‘normalidad’ satisfecha y rancia. La etiqueta ‘friki’, con su carga peyorativa sin desactivar, marca una barrera entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. Y nosotros, los normales, no somos como ellos. Les miramos como los visitantes de un zoo contemplan las cabriolas de los chimpancés. La televisión es el cristal de la jaula del zoológico.

¿No era más sana y más libre una tele que celebraba la diferencia sin someterla a juicio? ¿No hemos retrocedido? ¿No son quienes hacen la tele de hoy más tristes, más aldeanos, más ignorantes? O tal vez lo son porque creen dirigirse a un público más triste, más aldeano y más ignorante, incapaz de tolerar que un ojo con chistera cante en un escenario y cuyo sentido del humor está ocupado exclusivamente en reírse del otro.

A mí, ‘Cachitos’, me deja un sabor agridulce. No puede ser que mis padres fueran más modernos y más libres que yo. No debería ser así.

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