La nueva traducción de La tierra baldía de T. S. Eliot que acaba de editar Andreu Jaume en Lumen ha ocupado parte de mis fuerzas y pasiones últimamente. Quienes me siguen saben lo que significa ese poema para mí, lo mucho que he hablado de él, lo metido que está en mis letras.

En el último programa de Preferiría no hacerlo, dedicado a los traductores, he incluido una entrevista a Andreu Jaume, que podéis escuchar aquí:

El programa entero, con entrevista a Sandra Santana, experta en Karl Kraus, una intervención de Juan Domínguez y una coda sobre Ernest Hemingway, aquí:

Todos los podcasts de Preferiría no hacerlo, pinchando aquí.

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Pero no acaba aquí la cosa. A continuación, pego mi última columna dominical y pixelada de Heraldo de Aragón, dedicada a este libro.

La tierra baldía

Uno de los libros-regalo más apetecibles (o que a mí más me gustaría regalar y que supongo que regalaré) ha salido en la cuesta de enero, cuando ya no hay crédito en las tarjetas para gastar (permítanme un inciso: si les gusta mucho un autor o un libro y quieren contribuir a que se conozca y se disfrute, no se limiten a comprarlo, eso lo doy por descontado: regálenlo, esparzan un poco de felicidad y hagan feliz a quien a usted le ha hecho feliz. Fin del inciso). No es una novedad, pues su autor lleva muerto cincuenta años. Es ‘La tierra baldía’, el poema que T. S. Eliot publicó en 1922, revolucionando la poesía y la literatura. Se trata de una nueva edición en castellano (en la editorial Lumen), al cuidado del crítico y editor Andreu Jaume, que ha traducido de nuevo el texto y lo ofrece en versión bilingüe y con un interesante y detallado prólogo.

Jaume insiste mucho en la actualidad del poema y, más allá del oportunismo comercial que pueda haber tras esas palabras, yo también lo creo. Eliot escribió ‘La tierra baldía’ como reacción al mundo perdido tras la Primera Guerra Mundial, al final de una Europa, de una cultura, de una civilización. El ‘baldía’ del título en castellano es una licencia del primer traductor argentino que se ha impuesto y respetado, pero no da la medida de la dimensión de la obra. ‘La tierra devastada’ o ‘La tierra agostada’ serían más apropiados, ya que hablarían de un paisaje que fue algo y ya no es nada porque alguien lo ha destruido. Eliot lamenta la acción humana, no se limita a contemplar el paisaje. Por eso es actual, porque hay muchos paralelismos entre el mundo que vivió el poeta americano y el que vivimos nosotros. Como él, nos alzamos sobre un paisaje desolado. Creo de verdad que volver a leer ‘La tierra baldía’ puede ayudarnos a movernos por el mundo inestable y blando de hoy. Y si no a movernos, a mirarlo mejor, con menos miedo. O con más, pero un miedo consciente. No es una lectura fácil. Eliot recurre a la mitología, construye imágenes muy elaboradas y usa un simbolismo críptico sobre el que discuten muchos eruditos, pero no importa no entender del todo lo que dice, porque su efecto es tan poderoso sobre la conciencia y la sensibilidad, que uno tiene la sensación de estar cayendo en un hechizo.

Eliot nos ha hechizado a muchos. Lleva casi un siglo embrujándonos con sus imágenes y sus instantes llenos de calma y nervio, en los que pasa todo sin que pase nada. Ha inspirado cientos de novelas y decenas de canciones. Si buscan en Google cualquier verso del poema, seguro que les salen varias novelas tituladas con ellos. Yo no he escapado. Mi libro más duro lleva una imagen de Eliot como título. Es irresistible.

Tenemos suerte de que alguien con la erudición, el buen gusto y el talento de Andreu Jaume haya decidido actualizarla en nuestro castellano. Hay muchas traducciones de ‘La tierra baldía’, y eso significa que sigue vivo, que seguimos necesitándolo, que persiste en sus páginas un enigma que aún no hemos resuelto. Algo que nos hace mucha falta.

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