[Publicado ayer en mi columna dominical de Heraldo de Aragón.]

[Hasier Larretxea será uno de los invitados de mi programa de radio Preferiría no hacerlo. Escucha la entrevista en este archivo de soundcloud]

[Descárgate el podcast del programa entero pinchando aquí.]

Como les pasa a todos los profesionales de algo, o a los muy apasionados y muy metidos en un campo, llega un momento en el que notas que te ha crecido en la piel una costra de cinismo. Nos sucede a los que trabajamos con los libros. Pasan tantos por nuestros ojos, estamos tan ensimismados en nuestra burbuja, que llegamos a olvidar las sensaciones de lo nuevo, ese deslumbramiento que en la primerísima juventud nos hacía leer hasta la madrugada, fascinados y rendidos al genio de las palabras. Cuando te haces mayor, inevitablemente, la ingenuidad se pasa. Has leído demasiados libros malos y conoces la trampa de los buenos. Algunos escritores abandonamos las lecturas cuando descubrimos la trampa; cuando, conocedores de nuestro oficio, nos convencemos de que nosotros podemos escribir eso mejor, que lo habríamos resuelto con más elegancia, que nos fluirían los adjetivos con más ritmo. El mundo es un poco más triste para el lector cínico e incapaz de sorprenderse. Por eso me gusta celebrar esos instantes rarísimos en que me encuentro con algo de verdad nuevo, sin sospecha de ‘déjà vu’.

Me ha sucedido con un libro poético (que contiene poemas y prosas) titulado ‘Niebla fronteriza’ y recién publicado por la editorial El Gaviero, especializada en poesía y literatura de vanguardia. Lo firma Hasier Larretxea, un poeta navarro que hasta ahora solo había escrito en vasco y que se estrena con este libro en castellano. No hace falta que lo lean para emocionarse con él. Busquen el nombre del autor en Youtube. Encontrarán unos vídeos en los que él recita versos en euskera en una librería mientras al lado, subido a un tronco, un ‘aizkolari’, un leñador de las montañas de Navarra, tala la madera con golpes secos de hacha. Las astillas salen despedidas al compás de los versos, que no entendemos quienes no sabemos vasco, pero que sabemos que hablan de algo muy íntimo. Hablan, de hecho, de ese leñador, Patxi Larretxea, el padre del poeta.

Hasier nació en el valle del Baztán, en una familia de ‘azkolaris’. Su destino eran los troncos o levantar piedras. Su padre quería que levantara piedras, aún le recuerda que tiene hechuras de levantador. Pero Hasier quería otra vida. Y huyó a Madrid. Y se enamoró en Madrid. De un chico. Y se hizo poeta en Madrid. Muy lejos de sus padres, que no entendían su asfixia ni sus ganas de respirar. Ahora, el hijo se ha reconciliado con el padre, y el padre, ese hombre de caserío, duro como los troncos que tala, acompaña al hijo por las librerías, marcando con sus hachazos el ritmo de un amor que conmueve. Patxi ha hecho un esfuerzo sobrehumano. Ha vencido una inercia de siglos de hombres silenciosos. Y Hasier ha vuelto al valle de su infancia, aceptado y querido por los suyos, reconocido como parte de una estirpe, hecho leñador desde sus versos, que golpean a ritmo de hacha. No me avergüenza decir que lloré viendo esos vídeos y que volví a llorar al leer ‘Niebla fronteriza’. Y, aunque yo no soy un ‘aizkolari’, no derrocho lágrimas. Para conmoverme, hay que golpear muy fuerte el tronco.

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