[Hablaré más adelante de esta maravilla libresca. De momento, estos apuntes con los que compuse mi último artículo dominical de «La ciudad pixelada».]

Creo que ya he traído de turismo a esta ciudad pixelada a Joseph Roth, escritor austríaco de principios de siglo XX, autor de ‘La marcha Radetzky’. Un escritor tiene sus obsesiones, y de sus lectores no solo espera indulgencia para con ellas, sino que se contagien de ella, de ahí la reincidencia en temas, nombres y lugares como una forma de proselitismo. En fin, que me apetece volver a escribir de Joseph Roth, de quien ando leyéndome todo (por suerte, escribió mucho).

soma

En esta semana del libro de viajes y bolos literarios que los escritores sufrimos y disfrutamos a partes iguales, me he llevado por estaciones y vagones ‘Huida y fin de Joseph Roth’, de Soma Morgenstern, un escritor casi olvidado, amigo de la infancia de Roth. Allí recoge los recuerdos de su amistad y hace un retrato emotivo, triste y adictivo del fin de una época, la Europa que devoró la Segunda Guerra Mundial. Pero no me quiero fijar en eso, sino en un pequeñísimo detalle sobre la dignidad y el honor.

Roth murió en París en 1939, poco antes del comienzo de la guerra. Refugiado del nazismo (era judío), alcohólico, desahuciado y lleno de deudas. En sus últimos años vivió del sablazo y, tras su muerte, el amigo Morgenstern se dedicó a visitar todos los cafés, restaurantes, hoteles y amigos a los que había dejado a deber dinero. Se hizo un fondo para liquidar las deudas de Roth. Cuenta Morgenstern que se presentó en Chez Louis, un restaurante checo de París que Roth frecuentaba mucho y en el que se sospechaba que jamás pagó una cuenta. De todos los hosteleros y comerciantes que visitaron, “Louis fue el único que respondió con un no rotundo”, escribe Morgenstern, quien insistió, porque sabía bien que su amigo había dejado a deber una pequeña fortuna, el dueño del restaurante dijo, tajante: “No me dejó nada a deber. Y si lo hizo, fue un honor para mí”.

Postal del desaparecido Hotel Foyot de París, junto al Senado de Francia. En 1938, el ayuntamiento parisino ordenó su demolición para ensanchar la Rue de Vaugirard. Roth, que llevaba años viviendo en el Foyot, protestó con una carta en Paris Soir exigiendo que derribaran el Senado en vez del hotel para ensanchar la calle, ya que el hotel era mucho más importante. No le hicieron caso, la piqueta tiró el Foyot y Roth se tuvo que mudar. Unos meses después, como si no supiera vivir fuera de su hotel, también él murió.

Postal del desaparecido Hotel Foyot de París, junto al Senado de Francia. En 1938, el ayuntamiento parisino ordenó su demolición para ensanchar la Rue de Vaugirard. Roth, que llevaba años viviendo en el Foyot, protestó con una carta en Paris Soir exigiendo que derribaran el Senado en vez del hotel para ensanchar la calle, ya que el hotel era mucho más importante. No le hicieron caso, la piqueta tiró el Foyot y Roth se tuvo que mudar. Unos meses después, como si no supiera vivir fuera de su hotel, también él murió.

No pude reprimir la emoción al leerlo. En un mundo al borde de la extinción, en un París a punto de ser engullido por los nazis, en medio de un sálvese quien pueda, todos lobos contra lobos, ese hostelero checo, de quien Morgenstern había olvidado el apellido, se erigió en baluarte de la humanidad. Fue un honor para mí, dijo. Fue un honor, me imagino, haber dado cobijo a una persona admirable en su hora de necesidad. No me parece disparatado pensar que Louis se sentía agradecido y orgulloso por haber dado calor y coñac a un hombre que él consideraba grande (y que lo era).

Son estas personas de las que luego nadie recuerda sus apellidos quienes desarman a los cobardes y a los viles, a los que se encogen de hombros, a los que piden comprensión a quien dejan a la intemperie (lo siento, es mi trabajo, no puedo hacer otra cosa, lo dice la ley, etcétera). Un solo Louis desacredita a cien mil personas entregadas a la obediencia debida y al no es nada personal.

Fue un honor para mí, dijo Louis. Y no me cabe duda de que así fue. Ojalá en nuestro derrumbe podamos resguardarnos un rato de la lluvia en nuestro Chez Louis particular, que nos sirvan un buen gulash y que, al pedir la cuenta, nos respondan con un gesto desdeñoso.

[Publicado en Heraldo de Aragón el domingo 26 de abril de 2015]

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