Cada vez estoy más convencido de que las sinopsis no sirven para nada. Lo tendríamos que haber sospechado desde su etimología griega, su soberbia morfológica de vademécum. Sinopsis. Autopsia. Sepsis. Esas intervenciones sobre algo vivo, esas pes antes de las eses tan propias de catedrático de provincias, de maestro de pueblo pequeñito que caza mariposas y descuartiza (disecciona) niños a la hora de merendar. Yo no sé hacer sinopsis. No es que no sirvan para nada, me corrijo: sirven para banalizar, para reducir lo complejo y sutil a algo burdo y mitinero ante lo que un idiota pueda asentir o expresar asco o desprecio. Más a menudo, lo segundo. Nunca he comprado un libro por la sinopsis. Tampoco he visto una película por eso. Hay muchos otros criterios de lectura más fiables: la tipografía, el origen austrohúngaro del autor, la forma de mirar de los actores del reparto, qué sé yo. Cualquier cosa antes que una sinopsis. Guiarse por las sinopsis es vulgar. Grosero, incluso. Una de las preguntas más estúpidas que se pueden hacer ante una obra narrativa es “de qué va”, porque sólo genera respuestas igualmente estúpidas: las narraciones nunca van de lo que van. Hablo de las narraciones buenas, de las que te sacuden, las que dejan moratones en los ojos, no las que se digieren y excretan sin que pase nada en el cuerpo porque nada ha pasado en el cuerpo de quienes las han escrito, más allá de un montón de horas de trabajo de oficinista diligente.

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¿De qué va Loreak?, podemos preguntar, poniéndonos zafios. Y la crítica nos responderá que va de la incomunicación en la pareja, de la soledad, del vacío cotidiano, de la insoportable crueldad sorda de la monogamia. Qué sé yo cuántas chorradas más se pueden decir para que quien las diga parezca que dice algo o que ha entendido algo. Pero Loreak son flores en euskera, y Loreak, si va de algo, es de flores. ¿De qué va Loreak? De flores. Supongo que, como sinopsis o reclamo, le falta punch. Una película sobre flores que se titula Flores. Pero si opinan eso es porque pertenecen a esa parte grosera del mundo que no merece flores. Loreak no habla de flores: Loreak son flores. Relación de identidad. La película es flores. No es un leitmotiv, no es un macguffin, no es una figura retórica. Son flores.

Las flores, las que van por interflora, están tan clavadas en nuestra cultura, que no se me ocurre mejor forma de hablar absolutamente de todo que hablando de ellas. Las flores están en el amor, están en la casa y están en la muerte. Son todo lo que somos, las flores. Hablar de las flores es hablar de todo, con la ventaja de que no hay que hablar de ello, porque las flores, con sus formas y sus perfumes, lo dicen solas.

Loreak es una película de pocas palabras y composiciones hopperianas lentas que se espesan en la retina como una salsa en la lengua. Planos fijos que se suceden sobre caras sin interlocutor, con una elegancia suave, una forma de susurrar la historia y una delicadeza que sólo puede lograr alguien que entiende de verdad el poder de lo más sencillo. «Son sólo flores», dice una florista en una secuencia. Eso es, sólo flores.

Loreak es una película que no explica y apenas muestra. Una película sorprendente en un mundo empeñado en que le exliquen todo y en ser explicado. Una película que no subraya, no guía, no señala. Como les sucede a los personajes, es una película que no quiere ser entendida, sino aceptada.

Pero no me hagan caso. La he visto con mis ojos, que fueron los mismos con los que escribí La hora violeta, y no he podido evitar encontrar asociaciones estéticas muy fuertes, aunque nada claras, entre esa película y mi libro. Una cierta sobriedad. Un cierto compromiso con la mirada de frente y plantada en un trípode, sin temblores de steady cam posmoderna. Un cierto compromiso con la limpieza gramatical. Una cierta fijación por la textura de lo mínimo.

Loreak es, probablemente, una película que no nos merecemos. Una obra por encima de la mayoría de nosotros. Un regalo absolutamente desproporcionado para nosotros, gente zafia que pregunta de qué van las películas. Lo tengo tan claro que pienso que cualquier ensayo de comprensión crítica es una grosería, incluido este comentario estúpido que ya se está alargando demasiado.

Gracias, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, por darnos Loreak.

PS.- Una apostilla banal, pero necesaria: si no la han visto, no cometan el error de verla doblada en un castellano engolado y falso. Hay que verla en su euskera original, no teman a los subtítulos.

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