No es una gran canción. Creo que ni siquiera es una buena canción. Tampoco es el mejor disco del grupo. Puede que ni siquiera sea un buen disco. Del grupo no discuto. Son buenos. Fueron buenos. Para mí, a ratos, los mejores.

Yo tenía diez años, la edad en que uno empieza a saberse raro. Hasta entonces, la crueldad había sido informe y arbitraria. A los diez años, empezaba a tener sentido, discurso y objetivo. A los diez años, uno siente por primera vez la necesidad de agarrarse a algo. Una necesidad desconcertante que ya no abandona el cuerpo nunca: la necesidad de sentirse comprendido.

Paseaba yo mis diez años (tal vez nueve, seguramente nueve, no habría cumplido aún los diez, no importa mucho) por el salón de mi casa, una de las pocas del pueblo donde sólo se hablaba castellano. Hasta hacía poco, no me había supuesto ningún problema. Había un idioma en el colegio; otro idioma, mezcla de dos, en la calle, y un tercero en la casa. Ni siquiera me había dado cuenta de que yo era el único de mi pandilla que tenía un tercer idioma en su casa, pero, a los diez años, o a los nueve, era una de esas cosas que empezaban a importar. La gente caía en la cuenta de que yo no había nacido en el pueblo. Recordaban que mis padres no eran del pueblo y no hablaban su lengua. Eran buen material para pasar de la crueldad arbitraria de la primera infancia al odio organizado de la pubertad. También había unas gafas gordas, un andar torpe, una leyenda que me atribuía un único gol en diez partidos, marcado en propia puerta, y una colección de libros de Julio Verne. El repertorio habitual que suele inventariarse a los diez años, esos diez años que paseaba por el salón castellanoparlante de mi casa en una tarde ya nocturna. La televisión estaba encendida, como siempre, y nadie la veía (como casi siempre). Iba a pasar de largo, camino de la terraza, pero me giré al escuchar la palabra water. Una voz forzada cantaba con mucho arrastre un verso que decía “en el water sentao”. Era un videoclip, uno de esos programas de videoclips que echaban entonces. Unos planos en blanco y negro y unos tipos muy serios y con pelo largo. Muy largos ellos también, estilizados, un poco fantasmales. Me quedé clavado delante de la pantalla. El guitarrista movía la melena en un plano a contraluz. ¿Qué era aquello? ¿Quién era esa gente? No se parecía en nada a los videoclips que estaba acostumbrado a ver. Y esas frases tan raras, incomprensibles. «En el water sentao, empuja el orgullo». Un rótulo al final de la canción me dio la información que necesitaba: Barricada, Correr a ciegas.

—Joder, Sergio, baja la tele, que eso no es música, eso es ruido —dijo mi madre.

Ruido. Claro que sí. Era ruido, no era música. Me habían acostumbrado a escuchar música, pero era el ruido, ese ruido en blanco y negro, lo que reclamaba mi ánimo. No entendía nada, pero era precisamente esa sensación de no entender la que me hacía sentirme comprendido. Fue la primera vez en mi vida que gocé la incomprensión, que tuve la certeza de que no era necesario entender algo para entenderlo de verdad. Que las palabras, las formas y los sonidos tienen un significado que se comunica por encima de lo explícito. Desde aquella tarde, he buscado en todo el arte que me he encontrado, en cada libro leído y en cada película, esa epifanía. Me sentía como una antena que recibe una transmisión en un código que mi cerebro no sabía descodificar, pero la transmisión llegaba bien a todo el cuerpo. No importaba que no hubiera descodificación, porque la señal llegaba. Había un mundo, un lenguaje, una actitud, incluso, de los que yo me sabía parte.

E. T. había recibido la transmisión de sus congéneres.

¿Cómo me hice con el disco, que se titulaba, programáticamente, Pasión por el ruido? ¿Cómo lo desgasté? ¿Cómo conseguí todos lo demás? Un par de años después, ya era todo un experto en Barricada, tenía absolutamente todo lo que había que tener. Tres años después, conseguí un permiso para ir a un concierto suyo. Eran otros tiempos. Un chaval de trece años podía ir a un concierto de rock y a casi todo el mundo le parecía una buena idea. Fue la primera vez que fui solo a un concierto. Cuando salí de allí, completamente alucinado, decidí dejarme el pelo largo.

Correr a ciegas no es una buena canción. Creo que Barricada nunca le tuvo mucho aprecio. Les he visto en concierto diecisiete veces, más que a ningún otro grupo, y no recuerdo que la tocaran nunca, aunque era una banda que cambiaba mucho su repertorio de directo. También era una canción cantada por el Boni, y a mí siempre me han parecido muy superiores las canciones del Drogas. Pero a mí me sigue hipnotizando como la primera vez. Desata un reflejo pavloviano en mí, dispara hormonas de placer a las que me gusta abandonarme. Desde los primeros compases, que tienen un punteo lejanamente country, impropio del estilo del grupo, y la primera estrofa, que empieza: «Como un poso en tu café, síndrome del último cigarro». Café, cigarro. Poso, último. Insinuaciones de un mundo adulto cuyos aromas y presencias ya conocía: los paquetes de Ducados, las tazas en la mesa. Un mundo de silencios, humos, sobreentendidos. Todo en blanco y negro. El mundo en el que iba a pasar mi adolescencia. No era una estrofa: era un preludio, casi una premonición. O una promesa.

Algunas de las alusiones de la canción parecen cabalísticas: «desorden de piezas en las manos», «dinamita en los pies», «simular que va muy bien, cada uno, por su atajo». Como muchas de las letras de Barricada, es críptica.

Muchos años después, en la universidad, descubrí que compartía pasión por Barricada con un amigo poeta (era poeta de verdad, no como los demás, que nos queríamos escritores por sentido trágico de la vida, él tenía un libro publicado a todo lujo, había ganado un premio importante). Empezamos a hablar de los discos y de por qué nos gustaban. Y coincidimos en la razón: nos gustaba tanto porque no entendíamos nada. ¿Qué quieren decir la mitad de las canciones de Barricada? Hay dos partes de su repertorio que sí son claras: la parte política y la parte pornográfica. Puede que tengan algunas de las letras más porno del cancionero en español. Pero, incluso en las canciones pornográficas, hay un gusto por el simbolismo más cerrado e inaccesible que roza el absurdo. Un absurdo grato, que sería pedante si no fuera porque está expresado con una sencillez de una honestidad indudable y porque siempre se aprecia en las letras del Drogas un poderoso sentido poético, incluso en sus momentos más bajos. Un sentido poético primordial que crea esa conexión. Ese sentido poético que me pegó a la tele una tarde de hace mucho tiempo, cuando yo tenía diez años.

Algunas de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida han compartido conmigo la fascinación por Barricada. Yo mismo, cuando conocí al Drogas, en dos encuentros más o menos fugaces que hemos tenido, he percibido bajo su timidez y su bonhomía un no-sé-qué que sólo se percibe delante de los genios intuitivos, los que sacan las cosas porque no les queda más remedio que sacarlas, sin estrategia ni cálculo ni método.

Me asusta pensar que mi yo de diez años tenía razón. Pasan las décadas y todo se desmorona. Todas las canciones y todos los libros iniciáticos que creíste que te acompañarían hasta el final acaban, más temprano que tarde, mostrándose amarillos, estúpidos, melifluos, burdos o ridículos. Pero esa epifanía persiste. Barricada persiste. De vez en cuando, me enchufo en el iPod una sobredosis de sus canciones y siento que me hacen mejor. No me pasa con casi nada de lo que un día me iluminó. Ninguna epifanía ha persistido más allá de su propia duración.

Así que sospecho que hay algo más que mi propio cerebro de diez años en formación. Que no me dejé impresionar por cualquier cosa, que hay algo en esa canción y hay algo en Barricada que han influido decisivamente en lo que soy en cómo soy. De una forma en que pocas cosas lo han hecho.

Y saber esto me aterra.

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