[Lee aquí la primera parte de la crónica]

Por Severiano Delgado

En cierta ocasión me acompañaba un amigo iraquí, joven empleado en un ministerio. Yo sabía que su padre estaba en el ejército, que él mismo sería alistado muy pronto, y por eso, cuando sacó una foto del bolsillo -un hombre fornido, de gran bigote- y se quedó un rato mirándola, pensativo y sonriente, le pregunté si era su padre. Lo era. “¿Le quieres mucho?”, pregunté. “Como a Saddam Hussein”, dijo. Brava respuesta. Quedé un rato cavilando, sopesando la tremenda veneración que este pueblo siente por su Presidente y Caudillo. Incontables retratos de Saddam, en todos los tamaños y estilos, ilustran las calles y las carreteras de todo el país, las tiendas, los periódicos, las escuelas, las casas particulares y hasta las esferas de los relojes, compitiendo en presencia callejera con las banderas de Iraq y de Palestina, que ondean por todo el país.

No es extraño que la principal fiesta del país sea el cumpleaños de Saddam, a finales de mayo. Los comités de barrio y organizaciones populares preparan grandes verbenas callejeras donde se reparten pasteles, se canta y se baila hasta entrada la noche. Los chavales de esculpido tupé y negro bozo se pavonean ante las chicas de recatado vestuario y madre vigilante, grupos de música tradicional se suceden en los tablados haciendo variaciones de la monocorde armonía árabe, conjuntos juveniles interpretan en los rincones algo que parece rock, el comité popular de Karrada -la zona de los night clubs– saca a dos chicas tailandesas, enfundadas en maillots negros, que ejecutan su número de contorsionismo rítmico ante un público casual y silencioso, poco acostumbrado a este tipo de espectáculo, la policía militar controla la buena marcha del evento y la gente se agolpa ante los escasos chiringuitos donde es posible conseguir algo de beber: pepsi del tiempo. Por la mañana ha habido grandes manifestaciones, con representaciones de todos los sectores del país; los periódicos, las radios, la televisión, han hecho ediciones especiales glosando la figura del Caudillo Victorioso, se han colocado por las calles más retratos de Saddam y los estudiantes han desfilado por las Universidades y han hecho fiestas en los campus. Los rumores ponen la guinda: se dice que los iraníes han prometido mandar también su regalo, vía aérea, y que el Ejército ha prometido ofrecer Fao al país como regalo. Al final, como en cualquier verbena, acaba uno cansado, con los pies hinchados y sin ligar. Sobrio como una ursulina, eso sí.

Cada día, durante la campaña, la televisión emite por la noche un programa titulado Imágenes de la batalla. Cada día, desde hace dos mil y pico, el Comando General de las Fuerzas Armadas publica su comunicado militar, que Radio Bagdad FM -sólo en inglés, con música occidental- emite en inglés, francés y alemán. Cada día, en los periódicos, fotos de soldados, de madres de soldados, de esposas de soldados. Pero, si no fuera por las pancartas negras, la guerra apenas asomaría al rostro urbano. Reza la pancarta: “El heroico mártir Fulano dio su vida por la Patria el día tal, al sur de Basora”.

Y así día tras día aparecen nuevas pancartas en las fachadas de las casas, en los cruces de las calles, y día tras día las carreteras ven pasar, rumbo a Kerbalá o a Nayaf, féretros de mártires -basta madera- envueltos en la bandera, sobre la baca de un taxi o de un autobús, y al llegar a la ciudad santa donde reposan los restos de los fundadores del chiísmo -Alí, yerno de Mahoma, y sus hijos Hasan y Husein-, los hombres realizan los ritos en las mezquitas, sacan el cadáver de la caja y lo entierran envuelto en telas, con la cabeza hacia la Meca, señalada la sepultura por un simple montón de tierra sin nombre, como quiere la piedad musulmana.

En la plaza de la gran mezquita de Nayaf -ciudad donde Jomeini vivió 18 años, y de donde se fue sin pagar el teléfono, según cuentan los más viejos del lugar-, sentado yo sobre unos escalones, viendo pasar los entierros con el niño de alquiler que precede la comitiva y grita “Allah akbar! Allah akbar!” (Dios es lo más grande), veo ante mí, sentado en otros escalones, a un viejo de manos temblorosas, kufiya descolorida, descalzo y triste, que no pide nada, que no dice nada, que ni siquiera mira nada, y pienso que aquel hombre ha visto su país bajo el dominio turco, como colonia británica, monarquía, república de varios colores, ahora la guerra contra los persas, y veo sus manos, morenas y débiles, temblando, y sus ojos acuosos que no miran, y pienso que aquel hombre está a mil millas por encima de mí y de todos nosotros, que ha visto cosas que nosotros no podemos ni imaginar, que siempre veré Mesopotamia como unos ojos insondables y sabios.

Paseando un día en coche por Bagdad, vemos un grupo de soldados, ya talludos y barrigones, haciendo guardia ante una puerta. Están sentados a la sombra, charlan, beben té, los fusiles descuidadamente a mano, uno de ellos riega las plantas; más allá, los soldados de un puesto antiaéreo alinean piedras de colores sobre un terraplén para escribir una consigna. “Me gustaría”, digo, “saber qué piensa esta gente, cómo ven el mundo y su país.” “No piensan”, dice mi compañero, “les abres la cabeza y dentro no hay nada, ni una idea.” El comentario me parece cruel, pero callo. Al fin y al cabo, estamos allí para defender los intereses de nuestra compañía, no para hacer antropología barata. También conocí a otros para quienes Iraq y su gente son maravillosos. Depende de lo que quiera ver uno en el país.

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