En un mundo tan lleno de “expertos”, hablar y escribir desde el más elemental de los sentidos comunes es un riesgo. Siempre habrá un “experto” que enumerará razones y citas bibliográficas allí donde tú sólo tienes una impresión o una observación vaga, pero creo en el diletantismo, creo en las voces desautorizadas, creo en la libertad de compartir lo que uno siente y le duele. Por eso escribo, o por eso creo escribir.

Mi hijo Daniel empezará en septiembre el colegio. No es una escolarización obligatoria y yo me resisto a que un niño tan pequeño tenga que asumir una carga de horarios y un conjunto de normas tan grande, aunque vengan disfrazadas de juego y espíritu de ludoteca. Pero vivimos en el centro de una ciudad, no somos ermitaños, queremos que nuestro hijo forme parte del mundo, así que debemos procurar que su vida se acompase a la del resto de niños de su edad. No le hemos llevado a ninguna guardería. El otro día, alguien le preguntó si iba a la guarde y él me preguntó a su vez qué le estaban diciendo, pues ni siquiera entendía el concepto “guardería”. Así que creemos que, aunque el Estado nos conceda un curso o dos más de libertad, es hora ya de que se integre en los hábitos del mundo en el que vive, donde lo normal es ir al cole a los tres años.

Pero esta resignación no apaga mis impresiones ni evita que me haga preguntas.

Hemos tenido suerte y hemos encontrado plaza en un colegio al lado de casa, pues la cercanía era muy importante para nosotros. La exploración del mundo debe empezar por el propio barrio, así como la exploración de los sabores debe empezar por la comida que yo preparo en casa y que Daniel va a comer gracias a que el cole está muy cerca. Hemos recibido un montón de normas y nos han enseñado el funcionamiento del colegio, y yo no he podido evitar echar cuentas, con resultados devastadores. El colegio tiene un servicio de guardería para niños cuyos padres entran a trabajar muy temprano y no pueden llevarles a la hora de entrada, las nueve de la mañana. Desde las siete, hay monitores pendientes de los niños, que dormitan o juegan dos horas hasta que llegan sus compañeros a las nueve. Luego está el muy normal y tradicional servicio de comedor, con una hora de “algo” antes de que se reanuden las clases a las tres y pico de la tarde. Tras las cinco de la tarde, hay extraescolares que se pueden prolongar hasta las ocho. Algunos padres las aprovechan para dilatar la salida del cole hasta que ellos salen del trabajo y pueden ir a recogerlos.

Serán pocos, muy pocos (espero), pero hay niños de tres y cuatro años a los que dejan en el colegio a las siete de la mañana y pueden no recogerlos hasta las siete u ocho de la tarde. Niños que pasan más de diez horas diarias en el colegio.

No será el caso de Daniel porque sus padres hemos podido organizarnos la vida de tal forma que no tenga que madrugar como un panadero, ni comer en el comedor, ni quedarse a hacer cosas que no le apetezca hacer después de las clases. No somos unos privilegiados aristócratas ni nada de eso: nos cuesta un esfuerzo considerable, económico, profesional y vital, pero creemos que merece la pena. Quizá nuestro margen de maniobra fuera mayor que el de otros, pero tomamos unas decisiones con el objetivo de evitarle a Daniel ausencias prolongadas o esa sensación de trasto que sus padres no saben dónde dejar mientras se dedican a cosas más serias e ineludibles. Es algo que tuvimos claro desde el momento en que decidimos ser padres: dado que la paternidad es una decisión libre y consciente, no tenía sentido tener hijos para no estar con ellos. Por eso trabajo en casa. En estos últimos años, he rechazado dos oportunidades laborales y me he inhibido en alguna más porque aceptarlas implicaba no estar en casa con mi hijo y tirar de guarderías y canguros. Hago lo que puedo hacer con mis condiciones actuales, estoy atado a ellas, y sé que eso puede suponer y ha supuesto una rémora profesional enorme, pero es lo que Cristina y yo decidimos, y lo hacemos con gusto.

Por eso pienso en esos niños que pasan diez, once o doce horas en el cole. Las mismas, quizá, que pasaban en la guardería. Sé de una niña de la edad de Daniel que pasa diez horas diarias en la guardería. Diez horas. Tanto la guardería como los extras del colegio, ese rato de siete a nueve, el comedor y las extraescolares, cuestan dinero. No poco. ¿Puede darse la paradoja de que alguien trabaje mucho para pagar a quienes cuidan a su hijo mientras él trabaja? ¿Puede que a alguien se le vaya medio sueldo en financiar a extraños que atiendan a su hijo? ¿Se ha planteado alguna vez pagarse a sí mismo, renunciar a ese medio sueldo que se le va en cuidados ajenos y cuidar a su hijo él mismo?

A mí me parece terrible que un niño tan pequeño pase tanto tiempo al día sin ni siquiera uno de sus padres. ¿Sólo a mí me lo parece? A veces, me da la sensación de que buena parte de la sociedad percibe el sistema escolar como un colocadero de niños. Incluso de que el propio sistema se percibe a sí mismo como tal.

La sociedad española de hoy, a través de sus instituciones públicas y privadas, fomenta la separación de padres e hijos. Mitiga, consuela o desprecia el sentimiento de culpabilidad de muchos padres atareados que quisieran tener más tiempo para estar con sus hijos y sufren por ello. Se inventan coartadas como el “quality time” (ese consuelo al que se agarran muchos: paso sólo cinco minutos con mi hijo, pero mis cinco minutos son tan intensos y entregados que valen por tardes enteras), se promueve un hedonismo de garrafón en el que se insiste a las parejas en que se dediquen tiempo a ellas mismas y triunfan pedagogías de la tortura infantil para dormir a los niños pequeños con el objetivo de que los padres puedan ver “Juego de tronos” en paz. Mientras tanto, las empresas acosan y humillan a sus empleadas embarazadas con la anuencia de todo el mundo (a veces, jueces incluidos) y se racanea con bajas por maternidad, reducciones de jornada y flexibilidad de horarios.

Quien no quiere que su hijo pequeño pase el día entre cuidadores extraños encerrado en lugares ajenos a su familia, ha de sacrificarse, renunciar a una vida profesional que podría compatibilizarse con un mínimo (mínimo irrisorio) de buena voluntad y comprensión por parte de las empresas y pasar a los ojos de parte del mundo por un adocenado, cursi y burgués. En cambio, quien no quiere estar con sus hijos (y dispone de algo de dinero y una nómina) es premiado por unas empresas que alaban su compromiso con ellas y sus oídos son regalados por psicólogos y pedagogos de todo tipo que les instan a no sentirse mal, a disfrutar de su derecho a tener también una vida propia.

De ahí vienen también muchas insistencias en la precocidad de la infancia: que los niños aprendan pronto a hacer muchas cosas ellos solos, dado que quienes les cuidan no tienen la paciencia, los medios ni el cariño para estar encima de sus necesidades. Esos destetes prematuros, esa urgencia por quitar el pañal, por dormir solos en su habitación y por tantas y tantas cosas que algunos pensamos que es mejor que se hagan a su tiempo, cuando se sientan seguros y preparados para hacerlas. Algunos idiotas pensamos que la infancia (sobre todo, la primera infancia) es un campo de maniobras controlado, una forma de apropiarse del mundo hecha desde la seguridad de la madriguera. La confianza se adquiere gracias a la certeza de que papá y mamá cuidan y amortiguan. Y esa certeza permite la osadía y la experimentación. Para eso, papá y mamá tienen que estar presentes. ¿Cómo se adquiere esa confianza si la certeza no es de presencia, sino de ausencia? ¿Cómo se forja la personalidad sabiendo que al gritar mamá o papá casi nunca viene ninguno de los dos?

Yo sólo he echado cuentas y me salen, en algunos casos, trece horas. Trece horas sin padres para niños que apenas saben mear sin pañal. ¿Ha echado cuentas el mundo? ¿Ha echado cuentas el Estado que tanto presume de velar por los niños?

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