Que Irene Villa no se ofenda ofende a unos cuantos, que se lanzan como energúmenos. El rizo máximo: ofenderse porque alguien no se ofende. Sí, es España, donde el tema del terrorismo mezcla la moral con el oportunismo político. Sí, es Twitter, donde cada hijo de puta encuentra el altavoz para su mierda. Pero el fenómeno trasciende España y trasciende Twitter. Es un asco universal.

Sé que no tiene nada que ver, pero tal vez sí. Recuerdo a Natascha Kampusch. Quizá ustedes no lo recuerden: Kampusch desapareció en Viena en 1998 cuando tenía diez años. La encontraron en 2006. Había pasado ocho años secuestrada en un zulo, hasta que consiguió escaparse y alguien la encontró agazapada en un jardín de las afueras de la capital de Austria. La noticia espantó al mundo. La historia llenó portadas y horas de programación. Hasta que Kampusch y sus diecinueve años empezaron a no gustar. Kampusch sonreía en público. Se presentaba ante la prensa afable y risueña, como si tuviera unos diecinueve años normales. Kampusch no bajaba la vista, miraba de frente, no tartamudeaba, no lloraba, no entraba en una catarsis de ópera. Y eso no gustó. Aquello no era España, y Twitter, si existía, nadie se había enterado. Sin embargo, los rumores fueron igual de asquerosos. Las reacciones, muy parecidas. Se insinuaba, desde pestilentes papeles de prensa y desde blogs bocazas, que había algo turbio en esa chica. Que no se comportaba con “normalidad”, que había muchas cosas en su historia que no encajaban, que a ver si en el fondo lo había disfrutado y era al final más hija de puta que su propio secuestrador (que se arrojó a las vías del tren antes de que lo trincaran, por cierto).

En el fondo, a Natascha Kampusch y a Irene Villa les pasa algo parecido: no encajan en el arquetipo de víctima. No se comportan como se espera de ellas. No tienen los tics ni dicen las frases del guión. Decepcionan. Las masas quieren compadecerse de ellas y ellas sonríen y no lo ponen fácil. No son frágiles, no babean ni lloran. Hablan firmes y resueltas.

El mundo es de los llorones. Hace tiempo que me convencí de ello. El mundo los privilegia, les adula, los ensalza. Estamos tan acostumbrados a la escenificación banal, plana y arquetípica del dolor, que no sólo no lo reconocemos en personas fuertes o que lo viven de forma más compleja que una comparsa de plañideras, sino que ni siquiera lo toleramos.

Para alguna gente muy burra, hay algo molesto en las víctimas que no dejan que otros cuenten su historia, que deciden contarla a su manera o no contarla en absoluto. Es un problema de encaje.

Anuncios