Dylan Thomas se sentía viejo el día que cumplió treinta años. No llegó a cumplir cuarenta, así que algo de razón tenía ese sentimiento. Thomas cumplió treinta el 27 de octubre de 1944. Ese día se levantó pronto y salió a pasear por la playa de Laugharne. Lo sabemos porque lo dejó escrito en uno de sus mejores poemas, Poem In October. Es el poema de un hombre viejo, alguien ya vivido, gastado, bueno sólo para el retiro y el papel.

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Treinta años y todo echado a perder. Aún no se había hecho famoso, aún le quedaba una leyenda y un récord de dieciocho whiskies seguidos por batir, pero ya estaba todo. Sólo quedaba suspirar por el paisaje, hacerse lluvia en él. Se había escaqueado de la guerra, le habían declarado medio inútil, por lo que tuvo que escribir algunos guiones patrioteros para la BBC y que nadie sospechara que se hacía el flojo. Tosía fuerte porque estaba enfermo de verdad, pero también porque quería que todos vieran lo muy flojo que era antes de mandarle al frente. Unos años antes, los alemanes bombardearon Swansea, su ciudad, y dejaron hecho cascotes el pub donde empezó a beber y a hacerse poeta, y dijo que su Swansea había muerto. Ahí estaban los cascotes de su juventud. Era un flojo, un borracho, tenía una mujer a la que no quería y una familia que no podía mantener porque nadie le daba un buen curro. Tenía treinta años, se había levantado pronto y era viejo.

Hoy ese poema es un paseo que he recorrido por Laugharne. Un reclamo turístico, unas palabras que hacen bonito en una barandilla. Una exaltación de un pueblo de Gales. Nadie subraya que aquello es una tumba, una premonición de la propia muerte, un deseo tanático (sic). La fama, los dieciocho whiskies, el Hotel Chelsea de Nueva York, el mito del delirium tremens y que un chaval de Minesota decidiera llamarse Dylan porque quería que sus canciones sonasen como esos poemas, son una coda a ese poema moribundo.

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En la Boathouse, donde vivía la familia Thomas.

He estado en Laugharne. Me gusta ver los sitios donde vivieron los escritores. Siempre que paso cerca de uno lo visito como una beata visita a sus santos. Espero que no estén muy tocados, que no los hayan santificado demasiado con la liturgia de la museificación (que se parece a la momificación).

Laugharne vive por Dylan Thomas. Todo en Laugharne es Dylan Thomas, pero cuesta creer que se hiciese notar mucho allí en vida. Un paseante más. Un viejo moribundo de treinta años, un buen cliente del pub al que alguien acompañaría a casa para que no se lo llevara la marea alta en un traspié. Laugharne es bello. No necesita poemas ni poetas. Es de una belleza que antecede y sucede a cualquier obra literaria. Por eso siento que es Laugharne quien le hace el favor a Thomas y no, como sucede tantas otras veces, que el pueblo chupe de la mojama del poeta para sacar unos cuartos mal contados a beatos librescos como yo. Hay un paseo, hay versos, hay recuerdos, hay un todo que es amor, como se ve en pocos sitios, de una elegancia acorde con la belleza del pueblo.

En el poema de su trigésimo cumpleaños, Thomas eligió Laugharne como su lugar en el mundo. No nació en él y no podía sacar nada de él. Era un amor desinteresado. Y Laugharne le ha correspondido. Cuando murió en Nueva York, tras presumir de aquellos dieciocho whiskies que nadie sabe si se tomó de verdad, Laugharne le buscó un lugar a su carcasa. Está enterrado allí, hecho paisaje al fin, como quería en su poema, hecho de Laugharne mismo, piedra y lluvia y marea.

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En 1949, Dylan Thomas reformó un cobertizo cerca de su casa. Allí escribió sus últimos libros.

Y yo, que no me sentí viejo cuando cumplí los treinta ni escribí un poema para recordarlo, entiendo que, a veces, lo que tiene que encajar, encaja. Que todo puede estar mal, pero, a veces, un hombre y un paisaje se encuentran y se hacen una misma cosa. Y eso está bien. Eso calma. De alguna manera, también cura. No tengo un Laugharne. Puede que nunca lo encuentre. Pero me da mucha paz saber que existen lugares capaces de corresponder el amor que alguien les dio.

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