El fin del matrimonio fue el fin también de una forma de escribir. La novela se hizo breve, polifónica y desestructurada al mismo tiempo que las relaciones en Europa empezaron a ser breves, polifónicas y desestructuradas. Anna Karenina sólo es posible en una sociedad que cree en el matrimonio y lo protege. En una sociedad con divorcios y libertad para que la gente folle con quien quiera sin dar explicaciones ni agrietar los santos cimientos de la nación, Anna Karenina se acabaría en la página diez: «Y conoció al conde Vronsky y le dijo a tu marido “ahí te quedas, pero no te preocupes, porque no sos vos, soy yo, que he cambiado”, y el marido le respondió que claro, que sin rencores, que él también tenía ganas de dormir ancho en la cama y dedicar tiempo a su colección de armas antiguas, y Anna y el conde se fueron a retozar y retozaron felices hasta que les dio la gana. Y nadie les importunó. Fin». Ni locomotoras que se acercan ni protagonistas que se tiran a sus ruedas. Ni gran novela que valga.

Tampoco se puede escribir La montaña mágica porque no quedan tuberculosos esperando la muerte en balnearios. Hay balnearios, pero la gente pasa un fin de semana en ellos. No le da tiempo a conocer al vecino de pasillo y a enamorarse de él. Hasta hace poco, las oficinas y los puestos de trabajo eran el único sitio donde permanecíamos el tiempo suficiente para hilar una narración bien cargada de conflictos y rencores. Pero la crisis económica nos ha fastidiado eso también. No pasamos en las oficinas más tiempo que en los balnearios.

Nuestra vida se presta más a aforismos y apostillas que a novelas. Y, sin embargo, un fin de semana en un balneario basta para intuir que, de la misma forma que hay muchos escritores y lectores que se resisten a abandonar el modelo novelístico del XIX, hay parejas que mantienen una fe tan fuerte en las virtudes del matrimonio que están dispuestas a sacrificar toda su felicidad, alegría y ganas de vivir por ella.

En un balneario hay muchos matrimonios mayores que no se hablan. Una pareja de ancianos mira sus teléfonos. Él habla por el aparato, muy parco. Se supone que con su hijo o hija, porque corta la conversación pasándole el teléfono a su mujer, muy desabridamente: «Se pone tu madre». No volverán a interactuar ni a mirarse en toda la velada. Otra pareja, en el lago, coloca las toallas junto a nosotros. A los cinco minutos, él le grita a ella: «Mecagüendiez», seguido de dos frases ininteligibles que no provocan la menor reacción en ella. No vuelven a dirigirse la palabra ni a mirarse en las siguientes tres horas.

Pero no son estos ejemplos de folclore matrimonial los que me fascinan mientras tuesto mi barriga al débil sol de fin de agosto, sino las parejas jóvenes, quizá de menos de treinta o rondándolos, que tampoco se hablan. Son parejas que juegan a los naipes. Ni siquiera naipes franceses: juegan a la baraja española, con sus bastos, sus copas y sus oros. Con sus sotas y sus ases. Si ya me resulta chocante encontrar a alguien menor de cincuenta años jugando a algo tan analógico y carpetovetónico, verlo como juego en pareja, y como juego en pareja casto, sin ninguna connotación sexual (porque la baraja española no deja espacio a la imaginación erótica), me desarma. No les quito el reojo de encima.

Parecen tristes. No tristes de estar tristes, sino de serlo. La tristeza como actitud. Una forma de grisura. Nosotros, que nos pasamos el día riéndonos y diciendo barbaridades y celebrando con carcajadas cada taco que se le escapa a nuestro hijo de tres años, debemos de resultarles insoportables. Estridentes. Rococós. Ellos no se ríen. Apenas sonríen alguna vez, de forma muy leve y con mala conciencia. Cuando uno gana la partida, no comenta nada, no se recochinea, no se reboza indignamente en su soberbia de vencedor, no obliga al derrotado a humillarse de ninguna forma. Simplemente, recoge las cartas, baraja, reparte y vuelve a empezar.

Tengo en mi barriga, abierto, Fuga sin fin, de mi querido Joseph Roth. Allí leo la historia del desgraciado Tunda, antiguo oficial austriaco, apresado por los rusos en 1916 y enrolado sin quererlo en la revolución bolchevique, donde se enamora de una guardia roja. Ella le enseña marxismo, pero él responde que su única motivación para luchar no es la causa del proletariado, sino que está colgadísimo por ella y quiere ir donde ella vaya:

—Pero yo lo hago sólo por ti, porque te quiero—dijo el anticuado Tunda.

—¡Amor!… ¡Amor!—exclamó Natascha—. Eso se lo puedes contar a tu novia. Yo desprecio tu amor. ¿Qué es eso? Ni siquiera lo sabes explicar. Es una palabra que te suena, la has leído en vuestros mentirosos libros y poemas y en vuestras revistas de sociedad. ¡Amor! ¡Qué bien os lo habéis organizado! Aquí, el hogar; allí, la fábrica o la tienda de comestibles finos; enfrente, el cuartel; al lado, el prostíbulo; y en el centro, el verdor del jardín. Hacéis como si fuera lo más importante de vuestro mundo, todo lo relacionáis con él, todo lo que hay en vosotros de noble, elevado y tierno, y a su alrededor queda sitio para vuestra bajeza. Vuestros escritores están ciegos o corrompidos, se creen vuestro montaje, escriben de sentimientos en vez de negocios, del corazón en vez de dinero, describen los valiosos cuadros en las paredes y no las cuentas corrientes en los bancos.

—Yo sólo he leído novelas policíacas—interrumpió Tunda, tímidamente.

—Sí, novelas policíacas en las que cogen al ladrón y triunfa la policía, o en las que el ladrón triunfa sólo porque es un gentleman, gusta a las mujeres y lleva frac. Si sólo estás con nosotros por mí, te fusilaré—dijo Natascha.

—Sí, sólo por ti—dijo Tunda.

Natascha respiró profundamente y le perdonó la vida.

Me recuesto y pienso que el amor es, al final, una forma de perdonar la vida: la conmutación de una pena, no su ejecución. Y a mi alrededor apenas veo otra cosa que parejas que cumplen condena juntas, que no se han perdonado la vida. O que han cambiado la pena de muerte por veinte años y un día de aburrimiento. He ganado. Baraja. Reparte. Te toca jugar.

Y he pensado también que es una lástima que no me quede un año entero en este balneario para poder escribir una novela sobre parejas que juegan a las cartas.

Por la noche, en la terraza del casino del balneario, cuando Daniel ya se ha dormido en brazos y nosotros aprovechamos para pedirle al camarero un gintonic de los de quitar la custodia, propongo a Cris un juego literario. Para mí, le digo, el humor es imprescindible en la seducción. No sé cómo liga la gente que no se ríe ni sabe hacer reír a nadie. ¿Cómo se gusta la gente triste? ¿Cómo se destaca de entre la grisura ambiental y hace que se fijen en ella? ¿Qué recursos utiliza?

—Afinidades electivas —me dice Cris—, la gente triste acaba por juntarse. No hay más.

—Bien, de acuerdo, pero, ¿cómo se conocen? ¿Cómo ligan? ¿Podrías reconstruirme el encuentro? ¿Podrías hacer literatura? Colócame a esa pareja en un escenario, una noche o un día concretos, y haz que se enamoren. ¿Cómo sucedió eso? ¿Quién dijo qué? ¿Cómo terminaron follando?

—A lo mejor algo tan simple como un “eres muy guapa”.

—Venga ya. ¿Cómo se va a acercar alguien a una chica a decirle “eres muy guapa”? ¿Qué mierda es esa?

—Te lo he dicho muchas veces, Sergio, vives en una burbujita. El mundo funciona con unas coordenadas distintas a las que tú crees normales. Los tíos se acercan a las tías en los bares y dicen cosas así o más patéticas. Y, de vez en cuando, esas cosas funcionan.

—No me lo puedo creer. Tiene que haber algo más. No puedo concebir que dos personas tan negadas para las habilidades sociales que ni siquiera se comunican en un contexto de intimidad y confianza puedan vencer todas las barreras de la vida cotidiana y seducir a un extraño.

—Ay, Sergio.

A Cris le parezco demasiado a menudo un ingenuo medio idiota. Pero, como Natascha a Tunda, me perdona la vida. Me la perdonó hace tiempo.

Se acaban los días de balneario y yo me voy con el misterio de los naipes sin resolver. Porque el mundo ya no está para novelas con resolución. Nuestras vidas requieren finales abiertos.

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