Sé que os da lo mismo, como casi todo lo que comparto por aquí, pero a mí me gusta compartirlo y vosotros podéis ahorraros la lectura, que yo me quedaré con la ilusión de que alguien lo ha leído.

Son casi las doce de la noche. Dentro de unas horas, a las siete, me levantaré. Me ducharé, prepararé un café fuerte, me sentaré frente al ordenador y, mientras apuro el café, miraré el correo y los mensajes de Facebook y de Twitter. Contestaré algunos, dejaré otros para más tarde y, si queda algo de café en la taza, echaré un vistazo rápido al muro de Facebook o a elpais.com. Luego, cerraré el navegador, abriré la carpeta con los archivos de mi libro y trabajaré en ellos hasta las ocho y media.

A esa hora entraré en el cuarto de mi hijo y le despertaré. Me costará, porque siempre le cuesta despertarse y no está acostumbrado a madrugar. Le prepararé el desayuno y le pediré que se lo tome deprisa y sin manchar el techo de la cocina de pegotes de colacao. Le lavaré la cara y las manos, le llevaré a hacer pis y le preguntaré si quiere hacer caca. Me dirá que no a lo segundo. Le vestiré con la ropa que ya he dejado preparada y, mientras me cuenta alguna de sus historias a gritos y yo le pido que hable más bajo por si hay vecinos durmiendo, bajaremos la escalera y nos encaminaremos de la mano al colegio. Pasearemos por las aceras del barrio, sortearemos a los repartidores y maldeciré las furgonetas mal aparcadas y los coches que no paran en los pasos de cebra. Casi sin enterarnos, metidos en nuestra conversación, llegaremos a la puerta del colegio. Y allí le dejaré en manos de la profe. Le diré hasta luego y le prometeré que estaré ahí mismo, plantado en esa misma puerta, cuando él salga. Le daré un beso que procuraré no note más intenso de lo normal. Intentaré despedirme con voz firme, alegre y tranquilizadora. No sé qué sucederá a partir de ese momento. No sé si llorará él o lloraré yo o ambos o ninguno de los dos. No sé qué sentiré al verle entrar y quedarme solo. Llevaré unos libros que tengo que devolver en la biblioteca y cogeré prestados otros que necesito. Tal vez me tome un café en un bar mientras empiezo a leerlos. O tal vez vuelva a casa para desayunar con Cris cuando se despierte y contarle que todo está bien, que todo es perfecto, que ha sido una mañana estupenda. Y volveré al ordenador a trabajar, y probablemente lea alguno de los mensajes que habéis puesto sobre este texto. Y le dé megusta a algunos y me enfade con algún impertinente, si es que lo hay. Y trataré de volver a concentrarme, a escribir unas páginas, a contestar unos mails, a cerrar la producción del próximo programa de radio, a pedir disculpas por entregar tarde un artículo.

Mañana será un día cualquiera. El primer día cualquiera. Ya se acabaron los días excepcionales. Esos días en que mi hijo sólo conocía aquella parte del mundo que nosotros le enseñábamos y preparábamos para él. A partir de mañana, todos los días serán un día cualquiera. Voy a añorar mucho estos días excepcionales.

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