Vivo cerca de un colegio mayor femenino. El solo concepto, colegio mayor femenino, ya me espanta. Es religioso, claro. Una vez al año, según costumbre ancestral, los residentes (machos) de otros colegios mayores (machos) hacen ronda por los colegios (hembras). Van en manada, a medianoche, bramando, berreando y sobándose los genitales. Puede que despiojándose unos a otros. Se arremolinan como he visto arremolinarse a los chimpancés del zoo de Berlín (con menos elegancia) en la puerta del colegio que hay cerca de mi casa y uno grita: “¿Qué es eso?”. A lo que la manada muge: “¡Una casa de putas!”. “¿Qué son estas?”. “¡Unas putas!”. Y todos a coro gritan: “¡Putas, putas, putas, putas, putas, putas!”. Las aludidas, asomadas al balcón, les tiran baldes de agua. Creo que alguna se atreve a enseñarles una teta, en plan mardi gras, pero las más les devuelven los insultos y les tiran papel higiénico y bragas viejas y qué sé yo. La cosa dura un rato largo, hasta que todos los vecinos de la calle nos miramos por las ventanas, a medias cansados, a medias con vergüenza ajena.

Como todas las costumbres universitarias, de la tuna a las investiduras de doctores honoris causa, pasando por las novatadas, esta tiene un alto grado de idiotez, vetustez y casposidad. Hay algo premoderno, algo de la España inquisitorial y chunga que me desagrada mucho. Que me desagradaba cuando era universitario, cuando descubrí que los que mantenían vivas estas tradiciones solían ser los más tontos de la clase y los hijos de los diputados. La sociedad suele desecharlas con un gesto de condescendencia. Son tradiciones. Siempre ha sido así.

Pues resulta que no.

La Universidad de Zaragoza es muy antigua. Funciona desde el siglo XV, por lo que tiene tradiciones también muy antiguas. Sin embargo, fue una universidad exclusivamente masculina hasta los años treinta del siglo pasado. Hace pocos años que murió la primera licenciada (en farmacia). Hasta los setenta, la presencia de mujeres en las aulas era anecdótica. Por tanto, la costumbre de recorrer los colegios mayores femeninos llamando putas a sus inquilinas no es algo que se remonte a los tiempos del Lazarillo. Es, por fuerza, algo muy reciente. Puede que no tenga ni treinta años, pues antes de esa fecha no había suficientes alumnas en la universidad para que pudiera organizarse una ruta en la que se las llamase putas.

Es decir, que quienes han instituido esta monstruosidad han sido personas que viven aún, que seguramente ni siquiera se hayan jubilado. Personas que estudiaron en los setenta y en los ochenta. En una España presumiblemente democrática o a puntito de serlo. Y quienes la siguen hoy son mocosos nacidos en los noventa a los que suponemos educados en el principio de igualdad.

Nos consolamos pensando que muchas de las barbaridades que nos asquean son persistencias de otros tiempos más oscuros, pero la verdad es que muchos de ellos son fenómenos netamente contemporáneos. No podemos culpar de ellos al pasado, sino a este presente.

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