Un concierto es liturgia. Y una liturgia puede ser de cartón o de verdad. Puede ser un acto teatral donde se escenifican las jerarquías y quién está dentro y fuera de una sociedad, en cuyo caso no importa lo que hacen y dicen los oficiantes, pues sus actos y palabras son un pretexto para que los fieles estén ahí y se dejen ver. Lo importante es lo que sucede en los bancos: quién está y dónde se sienta cada uno. Sin embargo, la liturgia también puede ser de verdad, y tomarse en serio los salmos y las plegarias. Entonces, lo importante es lo que ocurre al frente. El público es realmente eso: público, masa indeterminada que sólo recibe la luz de los focos cuando el oficiante se acerca a ellos (y les toca con su gracia). No importa, como es mi caso, que no tengas ni un microgramo de sentimiento religioso dentro de ti. Ante una liturgia rockera de verdad, hasta el más cínico y estirado noble de Yorkshire reconoce un temblor primordial, una luz cavernaria, un gruñido casi prehomínido. Un concierto de rock es la recreación postmoderna del misterio humano, algo que no tiene tanto que ver con la música ni con la cultura, sino con orgías druídicas y simios golpeando huesos al comienzo de 2001, una odisea en el espacio.

La gente ordenadita y literalmente schopenhaueriana, que cree en el mundo como representación, tiene fobia a la animalidad de los conciertos de verdad. Prefiere una liturgia más acartonada. Miden a los oficiantes por su profesionalidad. Esperan de ellos que se comporten y toquen bien, que cumplan unas expectativas que permitan que todo sea civilizado y evaluable. Aceptan el exceso controlado, como un niño bien de Nueva York soporta una performance en una galería de arte: porque sigue un guión y es parte del ruido de fondo. Pero la presencia de lo salvaje e incomprensible les intimida y les molesta. La brutalidad es aceptable si es impostada o si representa “algo”. Cuando es gratuita e imprevisible, no.

Mucha gente, al hablar de Los Suaves, cuenta que sus conciertos son un desastre. El Yosi, cantante y sumo sacerdote, no da más de sí. Alcoholizado, enloquecido, un horror, dicen. Fui una vez, dicen, y ya no vuelvo. Qué pena, apostillan, y no sé qué les da más pena, si ellos mismos, que derrocharon tres horas de su vida en un espectáculo que no lo merecía, o ese ser llamado Yosi que debería estar siguiendo los doce pasos de Alcohólicos Anónimos y dedicándose a una afición inocua como el cultivo de bonsáis o el análisis de la perestroika.

bev-los-suaves-pato-yosi-2

No han entendido nada. Con el rock muerto desde hace mucho tiempo, reducido a lo más almidonado de su liturgia, desconectado de los gritos de la caverna, minuciosamente profesionalizado, Los Suaves ofrecían unas de las pocas oportunidades para acercarse a la liturgia primigenia de los conciertos, a eso que tiene más que ver con el exorcismo a un endemoniado o la licantropía. Si aquello es cultura, lo es sólo en un sentido antropológico.

Y eso es lo que mola.

Anoche vi a Los Suaves. Los he visto unas cuantas veces y no los hubiera visto esta vez si no fuera porque es la última (aunque a lo mejor hacen como sus interminables bises y vuelven). Y vi al Yosi, a quien vi por primera vez en concierto cuando yo tenía quince años. Impresionables quince años. Ahora soy un resabiado viejo de treinta y seis. Los veintiún años que han transcurrido hacen que entienda mejor y me maraville menos. Es decir: la emoción es mucho menos fuerte. Es terrible intuir más o menos de qué va esto, porque ya no puedes revivir esa incredulidad hormonada, ese subidón quinceañero. Pero, al mismo tiempo, disfruto mucho más creyendo que entiendo algo o que tengo alguna posibilidad de entender algo. A los quince años, todo se me escapaba (y, precisamente por eso, lo entendía mejor, porque la inconsciencia es imprescindible para participar en el rito: a los quince años, lo vivía; a los treinta y seis, lo observo).

Aquella primera vez un Yosi más pequeño y mucho más ágil se terminaba una botella de Jack Daniel’s a gollete antes de la mitad del concierto y la arrojaba al público. Tiraba micrófonos, material de sonido, se subía a los altavoces, se olvidaba de las letras de las canciones, destrozaba el escenario, se desnudaba y arrojaba la ropa al público y hasta él mismo acababa tirándose. Una de las chicas de mi pandilla, que decía ser muy fan del grupo, se enfadó mucho y salió del concierto jurando que no volvería a oírlos. Le pasó a más gente. Yo, en cambio, salí encantado. Aquel tipo enloquecido tenía algo que tienen también los líderes de las sectas: carisma. El Yosi era un gurú, papa de su propia religión unipersonal.

yosi

Anoche, un Yosi por el que han pasado veintiún años de conciertos, con la salud muy comprometida, igual de borracho que siempre, salió como de entre los muertos. Él mismo se considera un muerto en vida. Esta vida me va a matar fue su primer hit. Lleva treinta y cinco años prediciendo su muerte y aún no ha perdido la esperanza. Se lo ha currado mucho. Todos los rockeros que se han entregado como él a la pulsión tanática encontraron su destino mucho antes. Él ha sobrevivido a todos sus héroes. Su cuerpo resiste y desafía a la ciencia. Salió un Yosi grande, como de ciento y pico kilos, con una barriga poderosa que ningún jersey ancho puede disimular. Una melena blanca larguísima con un rizo a los Luis XVI que le hace parecer un lord británico que se ha escapado del Parlamento en pleno brote esquizofrénico. Se mueve con dificultad. En parte, porque va borracho. En parte, porque es un señor mayor hecho mierda.

Yosi tiene sesenta y siete años, pero es un bebé. Hasta cuatro personas del equipo de la gira estaban encargadas de controlarle durante la actuación. Controlar que no se tirara al público. Controlar que no tirara a los otros músicos. Controlar que no tirara el micrófono al público. Había dos biombos a cada lado del escenario que el Yosi quería tirar una y otra vez (lo que habría abierto la cabeza de la gente de la primera fila). Los roadies sujetaban con fuerza los biombos metálicos mientras Yosi tiraba del otro lado. Todo me recordaba a un bebé que se mueve por el salón de su casa buscando cosas que destrozar. Con la impunidad que da saber que es un bebé, que nadie va a reprenderle, que lo único que los demás pueden hacer es vigilarle de cerca y evitar que se haga daño o se lo haga a otros. Al final, se hizo daño. Se cayó al suelo y no se pudo levantar. Tuvieron que sacarle a rastras del escenario, esos ciento y pico kilos de borrachera. Quizá se quedó dormido en el acto. No salió en el último y ritual saludo de la banda al retirarse del escenario.

Rodeándole, cuatro músicos excepcionales y en forma. Sobrios y perfectos. Un guitarrista, Alberto Cereijo, que es un prodigio de precisión, no falla una nota, serio, diligente, fiel a su perfil de músico de conservatorio acostumbrado a tocar el repertorio barroco en una guitarra clásica. El resto de la banda, más que solvente, engrasadísima y compenetrada, ejecutando las canciones con una perfección que llega a ser un poco antipática. ¿Cómo es posible que unos músicos tan buenos y tan profesionales se vean obligados a aguantar, noche tras noche, a ese bebé borracho que nunca tuvo el menor prurito profesional, que no sabe cantar y no lo intenta, que boicotea los conciertos y que pone en peligro a todo el mundo con sus payasadas imprevisibles?

Creo que lo saben: porque ellos no importan. Porque el concierto no va de ellos. Porque eso ni siquiera es un concierto: es un rito pagano, un recordatorio de nuestra humanidad: una catarsis. Y eso es algo que Yosi entendió siempre. Lo entendió de tal forma que se ha inmolado por ello. Ha dejado su cuerpo y su vida en ello. El rock and roll era el Yosi. Como bien entendieron los punkis y como no han sido capaces de entender todos los virtuosos y aplicados héroes de la guitarra.

yosi (1)

Si el rock ha sido la cultura más importante de los últimos sesenta años no ha sido por músicos como Alberto Cereijo, que brillarían más ante el público culto y burgués del Auditorio Nacional. El rock lo han hecho gurús como Yosi. Son bestias de la naturaleza como él quienes, al reproducir en su cuerpo la pasión cristiana, con su a menudo mortal sacrificio, le han dado forma ritual y mágica. Músicos buenos hay muchos. Personajes que se creen mesías de la destrucción, muy pocos. Y el rock no fascinó a millones de personas en todo el mundo por sonar bien, sino por sus promesas de apocalipsis.

Es extraño para quienes creemos vivir en un mundo sin manías religiosas, pero precisamente somos nosotros, los soberbios racionales, quienes más necesitados de catarsis paleolíticas estamos. Por eso era tan importante para mí ver a Los Suaves antes de que de desaparezcan.

Anuncios