Últimamente, mis escasos paseos por este blog tienen que ver con música en directo. Qué le voy a hacer si mi vida adocenada de padre (y atontada, a decir de varios artículos publicados en las últimas semanas donde se relaciona la paternidad con la idiocia) ve como extraordinarios y dignos de unas líneas momentos que antes eran cotidianos y abundantes. Este sábado estuve viendo a Tachenko en Las Armas. Presentaban su último disco, El comportamiento privado. Jugaban en casa, con público entregado, en un lugar que ellos mismos han convertido en nuevo foco cultural de la ciudad, así que no había razón para que el concierto no fuera soberbio. Sonaron muy bien, calentaron a la gente y consiguieron esa conexión que el rock sabe crear con su liturgia cuando se oficia bien. Electrizaron. Lo pasamos muy bien.

Sergio Vinade dijo: “Estas canciones son de nuestro nuevo disco, El comportamiento privado, que, en nuestro caso, es como el público, pero con zapatillas de estar en casa”. Ahí estaba el secreto. La falta de pose, el nulo amaneramiento, la elegancia que surge de la naturalidad en la expresión. No necesariamente de la sencillez: Tachenko tienen sofisticación y la manejan muy bien. No se trata de proyectar desde el escenario la imagen de que son unos buenos chicos (que lo son) con los que apetece pedir otra cerveza, sino de estar como se vive y vivir como se está. De no aspirar a ser representativos más que de sí mismos, de no ser voceros generacionales, de clase o de barrio. No hay banderas, sólo proyecciones públicas de sus cuartos de estar. Y esa es la razón tanto de su éxito al conectar con su público esa noche como de la dificultad de enganchar a un público de masas: porque no juegan a la representación. Cualquier pelanas que se abra paso como príncipe del pueblo, voz de los sin voz u orgullo de una nación, tiene muchas más posibilidades de llenar un estadio.

Aunque quizá me engaño y sí que son representativos de algo porque yo me identifico con ellos. Su rollo es mi rollo. Yo también tengo un comportamiento privado que apenas se distingue del público. Abomino de la pose y no la practico. Quizá Tachenko sí representen a un tipo de persona que, precisamente por no ir envuelta en banderas ni en clichés, rara vez se siente parte de un colectivo. Rara vez nos reconocemos los unos en los otros.

Miren, yo vivo feliz en mi ciudad. Si me marcho a otra será porque me siento expulsado o porque me resulte imposible llevar aquí la vida que quiero llevar. Pero, a veces, me canso mucho. Este sitio me fatiga. Me cargan muchos de sus tics. Hay veces en que el ruido del ambiente me asfixia y llego a plantearme qué pinto aquí, qué se me ha perdido en una ciudad que a veces se deforma y pincha y hiere hasta hacerse irreconocible. Hay mañanas en que me cuesta reconocer incluso las calles. Me siento ajeno a todo lo que sucede, me aburren muchísimo las polémicas que encienden a tanto vecino y siento que hay instantes en que un paletismo mostrenco y avasallador domina de tal forma el aire que no deja sitio para nada más.

Tengo que hacer muchos esfuerzos para reubicarme. Me digo a mí mismo que yo también soy de aquí, que yo también vivo aquí y que no tengo por qué resignarme a un sucedáneo de clandestinidad. Que también puedo llevar una vida pública. Que debo, incluso, porque tengo el mismo derecho que cualquiera a encontrar mi lugar (que lo tengo ya construido desde hace años) y a vivirlo y a celebrarlo.

Si el concierto del sábado fue hermoso lo fue, en parte, porque me reconcilió con muchas cosas que creía haber perdido de esta ciudad. Me recordó por qué soy feliz aquí, las cosas que me gustan. Saludé y abracé a personas geniales que, para mí, hacen que la vida sea fabulosa. No tropecé con los zafios que vocean, no resbalé en ningún charco de bilis, no me estampé con la intransigencia gañana que tanto me fatiga y me deprime. Ahí estaba mi ciudad. No había desaparecido. Estaba en ese concierto de Tachenko, celebrando con la misma normalidad y ausencia de pose que los músicos en el escenario. Felices, borrachos, ingeniosos, entrañables, cariñosos. Como cuando me enamoré.

No sé si le pasó a más gente. Puede que se deba a que salgo muy poco y he perdido el contacto con cosas que para mí eran esenciales. Lo eran para mi salud mental, como se está viendo. Puede que sólo lo sintiera yo, pero me dio la sensación de que Tachenko crearon un pequeño acontecimiento zaragozano que merecería guardarse bien en la crónica de la intrahistoria local. La noche en que la Zaragoza en la que yo vivo y en la que fui feliz resucitó por unas horas en el corazón del Gancho. Lo mejor de esta ciudad, que es muy bueno, celebrándose a sí mismo sin que la otra ciudad, la que resuena con cazas de vuelo rasante, la que se pone en plan fatua iraní con la Virgen del Pilar y la que protesta por las bicis y por cada pequeña mierda que incomoda su vida triste, se entere ni se dé por aludida.

Ni falta que hace. Sólo necesitaba saber que seguía allí, que no había sido devorada por un canónigo o un general de brigada. Gracias, Sebas Puente y Sergio Vinade, por recordárnoslo.

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