Son veinticinco segundos de vídeo. Que yo recuerde, la única vez en que Mariano Rajoy ha hecho público algo de su intimidad familiar. Y en tan poquito rato le ha dado tiempo a mostrar como padre la misma incapacidad que demuestra a diario como gobernante. Esa forma de verse dominado por la situación en vez de dominarla.

Rajoy propina una colleja (dos, en realidad) a su hijo en público. Antes, le agarra del brazo para separarle del micro. ¿Qué ha hecho el niño? Responder a una pregunta y ceñirse al protocolo. Es el niño quien domina los códigos de la situación que está viviendo y quien responde correctamente a ellos: le han hecho una pregunta y le han acercado el micro. Por tanto, toma la palabra que le ha sido concedida por el presentador. No ha cogido el micro por su cuenta ni ha irrumpido extemporáneamente. Además, contesta con agilidad y concreción. Contesta mejor de lo que su padre ha contestado nunca a nadie en público. Sin titubeos, con claridad y transmitiendo lo que de verdad piensa. Y no sólo eso: da una respuesta adecuada en el contexto de jolgorio tabernario que hay en el estudio. Por eso todos se ríen. El niño ha entendido el contexto y se desenvuelve socialmente mucho mejor que el padre.

La represión a la que le somete papá presidente revela los nervios y la incomodidad que Rajoy siente ante cualquier situación pública. Cree (erróneamente) que su hijo ha meado fuera del tiesto, cuando el extemporáneo es él, el que no entiende los rudimentos de la comunicación humana es él. Debería dejar que su hijo hablara por él más veces: ha demostrado una agilidad, una empatía y una capacidad de conexión con el entorno millones de veces superior a la suya.

Es lógico que alguien tan acartonado y con tan poquísimas tablas reaccione con brutalidad y torpeza ante la espontaneidad y la gracia de su hijo. Pero lo que me escama de todo esto es que a nadie le parece mal. Si hubiera reaccionado así ante un comentario chistoso de su mujer, España entera habría caído sobre él en un linchamiento ensordecedor. Pero darle un par de collejas a su hijo ante millones de personas, según he llegado a leer, incluso le humaniza.

Que sí, que sí, que son sólo unas collejas, me dirán. Eso apunta todo el mundo. Yo veo que, en una sociedad donde cada gesto de los políticos y los personajes públicos se escruta de tal modo que se escenifican y guionizan sus apariciones en los medios para que respondan a un arquetipo aceptable, Rajoy no ha tenido empacho en agarrar del brazo a su hijo para que no siga hablando y en arrearle dos collejas. Le preocupa que Manolo Lama se moleste, pero no le preocupa lo que la gente pueda pensar de sus aptitudes pedagógicas.

Eso es lo que me escama. Que a alguien tan mirado y tan preocupado por el qué dirán (especialmente, por el qué dirá Manolo Lama) no le preocupe en absoluto que sus posibles votantes le vean como un padre torpe y un punto brutal o bruto.

Porque, es cierto, no tiene de qué preocuparse. Le ha dado un par de collejas, ¿y qué? ¿Quién no ha atizado un collejón a su hijo? ¿A quién no se le ha ido la mano? En un país donde triunfan los discursos que califican a los niños de dictadores, consentidos, príncipes sin trono, caprichosos, tiranos, mimados e insoportables, que un padre ejerza de tal a la antigua reconforta al electorado. Seguro que los asesores de Rajoy ya han medido el impacto en número de votos de esas collejas. Y sale a su favor.

Si Rajoy se hubiera reído con normalidad (no con ese ataque de histeria que le dio, desencajado y sudoroso) y no hubiese censurado lo que no era censurable (pues el niño estaba actuando perfectamente bien en función del contexto social), no habría caído bien. Incluso si hubiera tratado a su hijo como un interlocutor de igual a igual (como hacían el presentador y el resto de miembros de la mesa), a ojos de muchos de los que apelan a los límites en la educación habría pasado por un blandengue consentidor, un pelele adocenado por la pedagogía sesentayochista, prácticamente un hippie. Con sus collejas, Rajoy ha demostrado ser un padre que se viste por los pies, que no está dispuesto a tomar en serio ninguna cosa que salga por la boca de un imberbe, que cuando seas padre y presidente, comerás huevos.

Rajoy, cuando ha tenido veinticinco segundos de ocasión para mostrarse como padre, ha escogido ser un padre español y ganarse el aplauso de los que creen que los niños de hoy vienen muy subiditos y que alguien tiene que parar los pies a tanto criajo respondón.

Pocas veces Rajoy ha sido tan español como en esos veinticinco segundos.

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