«Por todo ello, tenemos —tengo— muchas razones para poder afirmar esta noche que ser y sentirse español, querer, admirar y respetar a España, es un sentimiento profundo, una emoción sincera, y es un orgullo muy legítimo.»

Felipe de Borbón, Discurso de Nochebuena de 2015

Como no vi el discurso, me entero de esta frase por el Facebook de Xavier Vidal, que la transcribió. Tres hurras por quien la redactó. O quienes la redactaron, porque intuyo en las perífrasis, los galimatías y la distorsión de la sintaxis la contribución de varios redactores, cada uno aportando su adjetivo y su matiz para que la frase suene más a engrudo seco.

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Ignoro las razones que tienen para poder afirmar (sic) algo así, como ignoro a quién incluye el plural de “tenemos” (¿a su familia? ¿Al cámara de TVE?), pero yo tengo un carromato entero de razones para poder afirmar (sic) que esa frase es una memez. Y algo más: una memez peligrosa.

No sé qué es “sentirse español”, pero “ser español” es una condición administrativa muy aséptica. Por más que miro mi DNI, me cuesta establecer una relación íntima con él. Puede que le tenga algo más de cariño al pasaporte, pero es porque, al hojearlo, aparecen sellos que me recuerdan viajes en los que fui feliz. Por tanto, en términos de afecto, el pasaporte me recuerda amores más extranjeros que nacionales, es un recordatorio de lo bien que me lo pasé lejos de España. En cualquier caso, es un documento engorroso, un instrumento de control, algo bastante antipático que pierdo a menudo y por lo que no siento el menor orgullo ni apego. Soy español porque nací en España de madre española y adquirí esa condición al nacer. A mi madre la quiero mucho, pero la querría igual si todo eso hubiera sucedido en Suecia o en Laos.

Por eso, la distinción que intuyo que Felipe de Borbón da a “ser” y “sentirse” español me inquieta mucho. Me da la impresión de que quiere hacer una caricia a aquellos que se “sienten” españoles y que no solamente lo son. Habida cuenta de que se trata del jefe de un Estado que se ha comprometido en su Constitución a garantizar la igualdad de todos los ciudadanos, percibo aquí una ruptura de la neutralidad de la que tanto ha presumido la monarquía desde 1975. ¿Insinúa que quienes se “sienten” españoles son, de algún modo, más españoles que yo? Porque la españolidad no admite grados: o se es español o se es extranjero. No se puede ser “un poco español” ni “muy español”. Arnaldo Otegi y Mariano Rajoy son españoles en el mismo grado de españolidad, el único que existe. Y yo soy tan español como ellos.

Me preocupa que quienes hacen alarde de sentimiento español quieran que el Estado les reconozca algunos privilegios, amparados en el guiño que el mismísimo rey les ha hecho. Dado que se sienten más españoles que yo, y el jefe del Estado admite que el suyo es un sentimiento “profundo, una emoción sincera, y es un orgullo muy legítimo”, se considerarán mucho más merecedores de cualquier beneficio que el Estado de la patria a la que aman tenga a bien conceder. Nosotros primero, dirán. Que tengan prioridad en la concesión de becas, que su voto valga doble, que reciban puntos de más en las oposiciones para la función pública, o que puedan agredirme cuando crean que alguien tibio como yo ofende sus sentimientos, sin que esa agresión tenga castigo.

Son cosas que se me ocurren que el Estado podría hacer para recompensar el amor de los que se sienten españoles.

Tiene que haber en marcha un plan para ofrecer esos privilegios. Si no, ¿por qué iba a dedicarles esas palabras (confusas y mal escritas, es cierto, pero palabras en fin) en su discurso?

Por mucho que Felipe de Borbón considere el sentimiento de españolidad “profundo”, el patriotismo es una de las emociones más básicas, gregarias e impetuosas que existen. Profunda es Hannah Arendt. Simples fueron los patriotas israelíes que le enviaron al Mossad para amedrentarla. El patriotismo es algo tosco que suele expresarse con vulgaridad y agresividad. Parte de la premisa irracional de que los nacidos en un sitio son mejores que los nacidos en otro. Como orgullo es igualmente tosco. Además de ser hipócrita, porque los patriotas tienden a sentirse partícipes de los logros de sus mejores compatriotas, aunque su biografía y currículum les sitúe muy lejos de ellos. Reivindican las victorias de un equipo de fútbol o los avances tecnológicos de sus científicos o la nómina de sus premios Nobel, pero cuando algunos compatriotas asesinan en masa a otros o los encarcelan o los someten, caminan de puntillas. Cosas que pasan, pelillos a la mar, no revolvamos el pasado, no seamos rencorosos.

Aducen respeto, como casi todos los que no están dispuestos a respetar a nadie (pues el modelo de sociedad por el que suspiran excluye a aquellos a quienes reclaman respeto), pero si los demás se lo concedemos es más por miedo que por convicción. Conviene respetar a un patriota porque suele estar armado o suele tener gente con armas dispuesta a defenderlo. Se le respeta como se respeta al borracho broncas del bar, porque no quieres tener problemas con él, porque no quieres que te pegue un puñetazo o rompa la botella y te apuñale con el cuello roto. Pero todo el mundo alrededor del borracho sabe que es idiota y que sólo dice idioteces.

En un país tan cruel que no sólo niega a unos ancianos que desentierren los huesos de sus padres asesinados por parte de gente que se sentía muy española, sino que les humilla, insulta y desprecia sistemáticamente, que el jefe del Estado lance guiños a los borrachos del bar en vez de a los que bebemos tranquilamente sin molestar a nadie, es preocupante. Ni siquiera pedimos que el guiño sea para todos los españoles que sufrieron la violencia de los que se sentían más españoles que ellos. Nos conformamos con tan poquita cosa que nos bastaría con que dejaran de jalearlos, que no les rieran más las gracias, y que subrayen de una vez la asepsia de la condición administrativa de “ser español”.

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