[Artículo publicado en mi sección La ciudad pixelada, el pasado domingo 17 de abril de 2016, en Heraldo de Aragón.]

«El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando» es una frase atribuida a Miguel de Unamuno, aunque es apócrifa. Otros la atribuyen a Baroja, referida al carlismo. Es igualmente apócrifa. Pero lo apócrifo tiene mucho éxito en los tiempos de las redes sociales en que todo se expande sin que nadie pierda un segundo en leer para comprobar la fuente (no ya para curarse el fascismo). Sea de quien sea, la cita ha hecho fortuna y se repite como si fuera una verdad, pero contiene al menos tres mentiras. La primera, el axioma de que el fascismo y el racismo son enfermedades que pueden ser tratadas. La segunda, que el fascismo es una ideología de iletrados, cuando es todo lo contrario, una construcción intelectual de gente que leía mucho. El propio José Antonio Primo de Rivera era un exquisito lector con ambiciones literarias. Es ejemplar, en este sentido, la reciente novela de Patricio Pron ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’, donde se recrea un ficticio Congreso de Escritores Fascistas en la República de Saló en 1945. Ahí se puede explorar la relación entre los intelectuales y el fascismo. La tercera mentira tiene que ver con eso del racismo y el viaje: los que frecuentamos la literatura de viajes sabemos que algunos de sus mayores maestros han sido también destacados y desacomplejados racistas. Ningún pueblo ha refinado y sublimado más la experiencia del viaje que los ingleses, que han diseminado su racismo por los cinco continentes, sin que sus prejuicios se resintieran un ápice.

La frase tiene que ver con la sacralización de la cultura y con una idea de que la gente sofisticada y cosmopolita es moralmente mejor que la gente inculta y provinciana. Pero hay un arquetipo del siglo XX que destruye este lugar común: el espía.

Los agentes secretos hablan idiomas, viajan muchísimo, son cultos, seductores, muy sofisticados, visten muy bien y tienen carisma. En teoría, reúnen todos los requisitos para no sufrir las ‘enfermedades’ del fascismo, del racismo y de cualquier otro ismo basado en la burricie y la violencia hacia los demás. Y, sin embargo, un espía es un esbirro al servicio de los nacionalismos más violentos y toscos. Todo ese arsenal de inteligencia y buenas maneras es una herramienta para el triunfo de la corrupción, la dominación de unos pocos y la guerra.

Ramón Mercader es un ejemplo sublimado. Hijo de catalanes-cubanos acomodados, disfrutó de una excelente educación en la Barcelona de principios del siglo XX. Aprendió muchos idiomas y se dice que hablaba varios de ellos sin acento. Se movía sin levantar sospechas entre los círculos de la alta sociedad europea de entreguerras. Un muchacho inteligente, muy leído, simpático, el novio que toda madre de buena posición querría para su hija. Sin embargo, Ramón Mercader puso todo su bagaje al servicio de la Unión Soviética, y en el desempeño de sus funciones, llegó un día de 1940 a Coyoacán, al sur de Ciudad de México. Fue a la casa donde vivía un ruso anciano, un exiliado que pasaba sus últimos años al sol americano, y le asesinó. De una forma brutal: le clavó un piolet en la cabeza. Una muerte espantosa. El ruso se llamaba Lev Trotsky y tardó en morir, agonizó con el arma clavada en el cráneo.

Los idiomas, los viajes, los libros, la elegancia… Todo lo tenía Ramón Mercader. ¿Fue por eso mejor persona que un analfabeto del pueblo más perdido de la península?

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