Pasen de mí, no me hagan ningún caso, porque lo que yo siento por la literatura de António Lobo Antunes es indefendible en lo racional. Ni siquiera me voy a esforzar en convencer a nadie de su grandeza ni de su profunda necesidad porque lo que siento tiene más que ver con el amor que con la devoción religiosa. Los enamorados no hacemos proselitismo, nos quedamos con nuestro amor para nosotros, egoístas e íntimos. No tomen mis palabras por propaganda. Esto no es una recomendación, sino un monólogo, una forma de entenderme yo mismo y mis lecturas.

lobo

Sobre los ríos que van, su último libro traducido al castellano, podría etiquetarse en la categoría de literatura de la enfermedad. Mientras lo leía, pensaba en libros sobre la enfermedad. Me venía a la cabeza uno que no tiene nada que ver con las intenciones ni las formas ni las obsesiones de Lobo Antunes: El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard. Pero las etiquetas le sientan mal a Antunes. Antunes no admite otra etiqueta que la de literatura. Hable de lo que hable, incluso cuando no habla de nada, hace literatura. Sin calificativos ni ramas. Toda su obra es puro tronco.

Este libro es una especie de alucinación sostenida durante dos semanas de hospital. Es un libro que no existiría si su autor no hubiera superado un cáncer y no hubiese conocido el tedio y el miedo de un hospital. Pero no es un libro sobre la enfermedad, de la misma forma que En el culo del mundo o Fado alejandrino no son libros sobre la guerra aunque sean de ambientación bélica y tengan protagonistas militares, ni Tratado de las pasiones del alma o Mi nombre es Legión son novelas policiales o de intriga aunque en sus tramas haya terroristas, jueces y policías.

António Lobo Antunes es un caso de escritor-límite. No se molesta nada en ponérselo fácil al lector, no tiene la menor consideración con él. Parece como si no le importase si le acompaña a la siguiente página o se detiene en las primeras diez, mareado y confundido. Él compone como le parece y es el lector quien decide si hace el esfuerzo de seguirle el ritmo. Como un jazzman en las últimas que toca con los ojos cerrados sin importarle si hay alguien escuchándole. A António Lobo Antunes no se le lee por seducción ni a la espera de una recompensa vacua en forma de sorpresa en la trama o cualquier otra complacencia de lector vago. A Lobo Antunes se le coge cariño a su pesar. Si nos esforzamos y arrastramos nuestras dioptrías por su discurso tan entrecruzado de planos, tiempos verbales y diálogos fantasmales (creo que esas líneas de diálogo que marcan el ritmo de la prosa como un metrónomo son psicofonías que le saltan en el texto), lo hacemos porque, desde el primer párrafo, tenemos la certeza de que la poesía y la estructura del libro no son caprichos ni juegos formales. Aquello no tiene nada que ver con la pirotecnia verbal ni con el ilusionismo. António Lobo Antunes hiede a verdad. Hay en sus palabras una emoción inexpresable y hondísima que sólo puede manifestarse de esa forma. El lector se convence conforme las páginas avanzan. Llega un momento en el que alcanza un estado alterado de conciencia. La cadencia, la puntuación y el ritmo le hipnotizan, y entonces entiende. Entonces, ve las cosas como las ve António Lobo Antunes, y siente su frío, su soledad, su humanidad herida, no tan distintas ni menos asustadas que las de cualquiera.

Lo que pasa con Lobo Antunes es algo parecido a lo que pasa con Fernando Pessoa, aunque de otro modo radicalmente distinto. Tiene que ver con la periferia. Tiene que ver con Portugal, un país culto y con tradición literaria, pero una tradición hecha en los márgenes de Europa. Tiene que ver con escribir en un sitio que no le importa a nadie, sin presiones ni modas estéticas, sin influencias, autocrático. Sólo en un país como Portugal pueden nacer escritores como Pessoa o Lobo Antunes. O como Gonçalo M. Tavares, que comparte con sus otros dos compatriotas su carácter inclasificable y único. Los autores únicos sólo pueden crecer en los eriales. En los grandes focos de la cultura, la propia cultura les contaminaría y les haría mucho menos interesantes. En París o en Nueva York, Pessoa, Lobo Antunes y Tavares querrían escribir como un escritor de París o de Nueva York. En Lisboa, sólo podían escribir como Pessoa, como Lobo Antunes y como Tavares.

Casi he llorado con Sobre los ríos que van. Y mi casi llanto equivale al llanto de otros lectores, porque yo ya lloro por muy poquitas cosas, apenas soy capaz de enumerar dos o tres situaciones que podrían hacerme llorar. He llorado por su belleza, por la forma en que todo fluye y resbala en estas páginas que son ríos. El río Mondego en su nacimiento, casi en la frontera con España, en ese Portugal interior y feroz al que tanto mira Antunes. La medicina que resbala por los tubos del gotero es metáfora del río Mondego, y no al revés. Hay un continuo fluir entre pasado y presente, entre infancia y vejez, a través de líquidos que se escurren y de trenes que no paran en las estaciones. Todas las imágenes tienen que ver con Heráclito, con el tiempo que se va, con lo que no podemos controlar ni detener.

Entre los líquidos hay también líquido amniótico. El enfermo, en la mesa de operaciones con la anestesia entrando en la nariz, se siente huérfano y revive el tacto de la madre:

«[…] el recuerdo más antiguo era dormirse en su regazo, no de golpe, sumergiéndose y volviendo con la carraspera de la abuela que lo obligaba a llorar porque le impedía desaparecer en un bienestar templado y con encajes para volver a ser él y no le apetecía ser él, le apetecía formar parte de aquel cuello, de aquellos brazos, de la nuca que agarraba su mano y que la abuela dificultaba al estremecer el silencio, odiaba a Alda por apartarlo de su madre.»

Lobo Antunes es a la vez un ideal estético y un escritor inimitable. Lo que consigue (esa fusión de emoción y belleza formal) no se puede repetir, pero, a la vez, debería ser la guía de todo escritor que aspire a algo más que a encadenar aforismos y juegos de palabras.

Le amo, aunque a él no le importe.