Como parece que Amazon se va a comer crudas a todas las editoriales del orbe (ver aquí para creer), resulta imposible hablar con un editor de cualquier otra cosa que no sea el inminente Apocalipsis. Pero como yo tengo una novela a punto de publicarse, me preocupan otras cosas. Que son las cosas que, en circunstancias normales, concernían a los editores.

La corrección de los textos, por ejemplo.

Cuando la correctora de la editorial me pasó las pruebas, confirmé que había hecho un trabajo soberbio (ya lo había comprobado cuando preparó la versión definitiva del manuscrito antes de volcarlo en la maqueta), pero constaté también que no había aceptado varios de mis empeños ortotipográficos. El principal, mi empecinamiento en que las palabras inglesas aparezcan en redonda, y no en cursiva, como dicta la norma de la Real Academia Española.

«Es que lo dice la RAE» es el equivalente editorial del «rebota, rebota y en tu culo explota». Es la sentencia zanjadiscusiones: se invoca al altísimo, a la RAE nada menos. ¿Y quiénes somos nosotros para zaherir la voluntad del Innombrable?

Yo, que soy ateo lingüístico, solicité negociar. Ni para ellos, ni para mí. Acepto que la editorial asuma las normas de la RAE para la edición de sus libros y quiera mantener una coherencia ortotipográfica en todos sus títulos. De hecho, así lo he firmado. Pero pido indultos. Hay palabras que no pueden ir en cursiva porque la cursiva subraya su extrañeza y saca al lector del relato. Son como coches que circulan en dirección contraria con las largas puestas. Te puedes cruzar con uno muy de vez en cuando y acordarte de sus padres, pero si te están deslumbrando constantemente, al final te sales de la carretera. Con las cursivas, lo mismo: una o dos diseminadas por ahí son soportables, pero encontrártelas en cada página repele al filólogo más purista.

Mis argumentos convencieron y logré el indulto para whisky (ya anteriormente había evitado el horrible güisqui, que no hay quien se lo beba ni quien se lo lea) y para otras expresiones, como rock, pero los editores insistieron en conservar las cursivas de las palabras inglesas más raras y menos reiteradas.

Bien, vale, acepto barco. Quid pro quo, celebrémoslo con un whisky sin cursivas y con un hielito para mí. Sólo uno (lo digo porque el purista de Mario de los Santos se los toma sin, machote que es él).

Hasta ahí, todo normal. Una discusión civilizada sobre usos lingüísticos dentro de una relación de lo más normal entre autor y editores, defendiendo cada uno su trabajo. Pero, una vez alcanzado el acuerdo, seguimos platicando sobre estas cosas y sobre el papel de la RAE en este embrollo. Y mi editor aludió a la responsabilidad de los escritores para con el idioma, que no deberíamos usar tantos palabros en inglés y que deberíamos buscar sus equivalentes castellanos. En vez de crooner, por ejemplo, cantante melódico.

Pero es que un crooner no es un cantante melódico. Un crooner es un crooner.

Yo disiento radicalmente. No creo que el escritor tenga responsablidad ninguna para con el idioma. No es ni su guardián ni su divulgador. El idioma es simplemente un material y una herramienta de trabajo. Es más, reniego de cualquier responsabilidad social del escritor, lingüística o de ningún tipo. Su actitud para con su lengua puede ser conservadora o destructiva, admirativa o despreciativa, arcaizante o extranjerizante. Pero siempre tendrá una motivación individual, no tiene por qué ampararse en un fin superior a la propia escritura. Porque la escritura (y el arte en general) no ha de justificar su propia actividad.

Otra cosa son los periódicos y otras escrituras públicas de carácter utilitario. Esas sí que se deben a otros objetivos. Pero la literatura pertenece a otro ámbito, autorreferencial y estanco. La literatura no tiene que dar ejemplo, ni ser didáctica, ni servir para nada. La literatura sólo tiene que ser literatura. Y sólo siendo literatura conseguirá interesarnos a quienes vivimos apasionados por ella.

En un empeño a mi juicio delirante por preservar la pureza de la lengua (una lengua que nace y crece gracias al contacto con otras lenguas; si no, aún hablaríamos en latín), la RAE ha emprendido una campaña para incorporar fonéticamente muchas voces y siglas inglesas que utilizamos frecuentemente. Ya hemos visto escritos los horribles parquin y márquetin, y los pasables (quizá por costumbre) cedé y deuvedé. Es ridículo, porque la grafía original de esas palabras es sabida por todo el mundo, y su castellanización suena mostrenca y brutal.

¿Qué problema hay por incorporar palabras del inglés? Llevamos siglos y siglos calcando términos de las lenguas dominantes. Hasta los animales de bellota medievales asimilaron un montón de palabros del por entonces mucho más culto, expresivo e imperial árabe. De haber existido la RAE entonces no tendríamos azafrán, alacena u ojalá. Las cursivas y las castellanizaciones de la grafía no hacen más que retardar y acartonar un proceso de asimilación natural.

Lo que me lleva a confesar que no estoy de acuerdo con el tradicional matrimonio que se da en España, por influencia francesa (la RAE no es más que el más pedorro de los galicismos), entre lengua y literatura. Que filólogos y escritores compartan una misma institución y un mismo hueco en el mundo académico es un despropósito. Los arquitectos también trabajan con fuerzas físicas y materiales, pero no se sientan al lado de los físicos, y los pintores trabajan con compuestos químicos, pero no tienen cátedras en sus facultades.

Un escritor, por razón de su oficio, puede tener un conocimiento lingüístico muy superior al de un hablante medio, pero sus destrezas y talentos no le convierten en un experto en la materia. También un ingeniero de caminos aplica principios de unas ciencias a cuya academia no pertenece: entender las leyes que permiten construir un puente y construirlo según esas leyes no te convierte en físico. De la misma forma que entender las sutilezas idiomáticas y construir una obra literaria basada en ellas (en rasgos dialectales y sociolectales, por ejemplo) no te convierte en lingüista ni te capacita para participar en la redacción de un diccionario. ¿Qué tiene que ver estudiar las variedades dialectales de las Antillas menores con escribir Alatriste? ¿O ser una eminencia en lexicografía con componer versos alla maniera de Eliot?

Por suerte, conforme los estudios lingüísticos han avanzado y se han especializado, desde la gramática generativa a las más modernas escuelas, la brecha entre ambos mundos se ha hecho mucho más evidente, pero sigue sin serlo del todo para el común de los mortales.

La diferencia entre el ingeniero y el escritor es que, si el primero no aplica bien las leyes de la física, el puente se caerá, mientras que si el escritor se merienda las normas de la RAE… ¡no pasa absolutamente nada! Bueno, quizás algún viejo académico sufra de acidez estomacal, pero la tragedia no pasará de ahí.

Lo único importante de una transgresión es que sea consciente y buscada. Sólo así es una transgresión. Si no, es pura ignorancia. Me pasó hace poco cuando me pidieron ser jurado de un concurso de relatos. Dudé si defender un texto que me había provocado sentimientos encontrados. Dije: si la confusión es intencionada, se trata de un recurso genial, el cuento es brillante; pero, si no, es una cagada gordísima. Sospechaba más lo segundo, pero era tan grosero que no podía ser involuntario. Quiero decir, que yo acepto la voluntad del escritor siempre que esa voluntad no sea expresión de una incapacidad.

Y todo lo demás es vanidad.

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