Qué daño nos hizo Maquiavelo. Qué daño nos hizo Shakespeare. Qué daño nos hizo Expediente X. Qué daño nos hicieron los periodistas que perseguían un Watergate. Entre todos nos han hecho creer que quienes mueven los hilos del poder lo hacen con manos finísimas, que son jugadores de ajedrez de afiladísima inteligencia que citan a Confucio y a Hobbes y tocan el violín mientras conspiran en habitaciones enmoquetadas.

Es un consuelo, ciertamente: ya que nos tenemos que dar por jodidos, siempre es preferible que nos joda alguien más listo que nosotros. Así podemos aducir la imposibilidad de la resistencia, así podemos resignarnos y ser medianamente felices. No podemos luchar contra una inteligencia superior. Por eso se hace muy cuesta arriba descubrir que muchos de quienes nos sojuzgan son sensiblemente más tontos que nosotros. ¿En qué lugar nos deja eso? ¿Cómo hemos llegado a dejarnos dominar por lerdos? Era mucho más cómodo creer en supervillanos megainteligentes del Club Bilderberg.

No pueden ser tan tontos, pensamos. Nos dicen: el rey es un fino estratega, un ambicioso que ha sabido conseguir y mantener la corona gracias a hábiles maniobras y sutilísimos equilibrios. Nos cuesta creerlo, porque la imagen que nos llega es la de un señor que, después de medio siglo dando discursos, no ha llegado a dominar ni los más básicos resortes de la oratoria o de la retórica, que ni siquiera sabe leer en voz alta. Y si se ha revelado incapaz de dominar una tarea tan rudimentaria, parece difícil que sepa desenvolverse con soltura en esferas mucho más complejas.

Pero nos decimos: es fachada, realmente tiene que haber una inteligencia portentosa encerrada en ese cuerpo. Seguro, vaya que sí. Sin embargo, el hombre sigue proyectando una imagen huraña, de habilidades sociales poco desarrolladas, que manda callar groseramente a un jefe de Estado en una conferencia de jefes de ídem y que abronca campechanamente a los periodistas cuando cuentan cosas que no le terminan de hacer gracia. Durante muchos años, hemos creído que su parquedad, su planitud y esa forma de mantenerse siempre en un segundo plano eran síntomas de discreción. Así nos lo han dicho, que todo formaba parte de una estrategia para que la monarquía se consolidara, pero empezamos a sospechar que a lo mejor no decía nada porque no tenía nada que decir.

Desde luego, una persona de inteligencia maquiavélica no se dejaría hacer esta foto.

Y no es el único: el poder, que tan glamouroso nos parecía, se parece mucho más a una partida de guiñote que a una de ajedrez. Observen las caras, modales, palabras y actitudes de tantos y tantos poderosos, de esos que deciden, de los que tienen capacidad para joder una parte sustancial de nuestras vidas. Esos rostros abotargados, esas miradas ovinas, esa notable incapacidad retórica. Fíjense bien en ellos y plantéense si detrás hay algo más o son realmente tan poco inteligentes como aparentan.

Mi teoría es: si se mueve como un pato, hace cuacua como un pato y parece un pato, lo más probable es que sea un pato. Mientras llegamos a esa convicción, consolémonos y sigamos pensando que hay una gran inteligencia escondida en algún lugar de esas cabezas de prócer.

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